A medida en que nos acercamos al 17 de agosto, fecha en que realizarán las elecciones generales, la necesidad de recuperar las prácticas de un buen periodismo se hace perentoria. No sólo se trata de esforzarse por mantener, a la hora de informar, un buen control de los sentimientos personales para ser veraces mensajeros entre los hechos y la ciudadanía, sino se asumir con valía ese papel.
No es fácil. En muchas oportunidades hemos creído tener atribuciones para no cumplir apasionadamente nuestro papel de mensajeros, convertirnos en difusores de lo que “creemos” que sucede antes que de lo que “vemos” que acontece, sentirnos voz de los sin voz, estar destinados a provocar polémica antes que certezas y exigir, no sé en mérito a qué autoridad, acciones específicas a otros actores de la realidad nacional sobre los cuales debemos informar.
Esta tendencia no es casual. Hay demasiados actores de la vida nacional que, al no cumplir su papel en la vida social, dejan vacíos que permiten que los periodistas, generalistas por esencia, caigamos en tentaciones que nos desvían de nuestra misión de ser buenos mensajeros en circunstancias en las que ese papel adquiere mayor importancia por la avalancha de informaciones de todo tipo y calidad que circula a través de las redes sociales y que tiende a narcotizar a la gente.
Cuando más necesario es cumplir la tarea, más tentaciones hay para no hacerlo o para subestimar esa misión y asumir otras responsabilidades que, como periodistas (no como ciudadanos) no nos corresponden.
Así nos encontramos cuando el país se enrumba a la etapa central de esta sui generis campaña electoral, en la que priman entre la ciudadanía, si nos atenemos a las tendencias mostradas por las encuestas autorizadas por el Órgano Electoral Plurinacional (OEP), la incertidumbre y la desorientación, abonadas por la guerra sucia y la desinformación que circula profusamente a través de las redes sociales.
A lo señalado se debe agregar que los intentos de usar a los periodistas en defensa de intereses parciales crecen geométricamente en estas circunstancias, como se constata en el caso del presidente en funciones del Tribunal Supremo Electoral (TSE). Como una primicia, se publicó que éste había renunciado irrevocablemente. A las pocas horas, se comunicó oficialmente que no lo hizo, sino que pidió licencia por razones de salud. Más allá del intríngulis (que tiene importancia, indudablemente), pareciera que los documentos que respaldan la renuncia o la licencia de la autoridad electoral fueron obtenidos de manos anónimas que deseaban que sean difundidos y no por requerimiento periodístico como tal, y fueron utilizados como los informantes deseaban que se lo haga.
Es obvio que los periodistas debemos resguardarnos de intereses de diversa índole. Empero no se debe olvidar que como todo ciudadano tenemos cabeza, corazón e hígado que guían nuestra vida. Y ahí está el más importante desafío: cómo en el proceso de elaboración de la información que difundiremos (que comienza con la selección del hecho sobre el que se informará) podemos dominar nuestros propios sentimientos y convicciones para cumplir adecuadamente nuestra función de mensajeros, que es lo que demandan nuestra profesión y la sociedad.
No es fácil responder positivamente a ese desafío en la práctica cotidiana del oficio, que también nos llega a los jubilados convertidos en opinadores, pero debemos hacerlo, más aún en circunstancias como las que estamos atravesando en las que, definitivamente, estamos caminando sobre huevos.