Por Harold Suárez Llápiz, crítico e investigador de arte cruceño
Tito Kuramotto Medina (1941- 2026) fue un destacado artista de origen japonés nacido en Santa Cruz en 1941. Realizó estudios en la escuela de Bellas Artes "Víctor F. Serrano" de su ciudad natal, posteriormente en la antigua Escuela de Artes Plásticas, con el multifacético artista húngaro Jorge Rózsa, y grabado en el Atelier 17, junto al reconocido William Hayter en París, Francia.
Kuramotto fue dueño de una obra tan ecléctica como camaleónica. A lo largo de su carrera transitó por diferentes corrientes estéticas: desde el Cubismo (fascinado por Picasso), Pop art, Expresionismo (fuera de la pintura de caballete, hizo sus conocidos carros de carnaval), un hiperrealismo costumbrista (durante más de dos décadas que le brindó un gran éxito comercial), hasta finalmente llegar a convertir su obra en una neofiguración de tendencia expresionista que en el último tiempo recae con frecuencia en un expresionismo abstracto, (acercándose más a Jackson Pollock que a Mark Rothko, dentro de la escuela norteamericana que cultivó esta corriente ).
Su pasión por la fotografía lo llevó a sumergirse dentro del hiperrealismo. Son notables en este período sus “Nubes” de 1979, que parecían ser avistadas desde la cabina de un avión en pleno vuelo. A partir de entonces –y durante los siguientes 20 años– plasmó en sus lienzos su conocida figuración costumbrista, (que gustó mucho a sus ocasionales clientes), muchas veces establecidas en paisajes bucólicos y costumbristas.
Las obras "Pitillera", “Vendedora de mangos” (1981), “Beatriz, la hamaca" (1982) y “Nino en el Paúro” (1986), son tan solo algunas de las tantas representaciones del costumbrismo esotérico que caracterizan su trabajo y que relatan las escenas cotidianas de la emergente Santa Cruz de la época.
Después de dedicarse a trabajar pinturas hiperrealistas y a diseñar y construir carros de carnaval en las décadas de los años 80 y 90, descubrió que su obra terminó estancada en un costumbrismo figurativo, muchas veces muy académico en su ejecución e inevitablemente complaciente. Los maestros Herminio Pedraza y Marcelo Callaú ya habían llevado su arte a dimensiones más universales, (el primero reflejado en la pintura de los maestros Henri Matisse y Paul Gauguin y el segundo adoptando a través de la madera la escultura geométrica de Víctor Vasarely).
Es por ello que en el inicio de este milenio Kuramotto decide renunciar al prototipo de obra que le había dado un nombre en la plástica nacional, para fusionar la figura humana con la naturaleza. Su obra ya buscaba recorrer otros senderos.
En el año 2003 realiza la serie de Los árboles, que me parece mucho más interesante, sino la más sobresaliente de toda su carrera, un trabajo sentido que indudablemente revaloriza y recupera nuestra flora cruceña como elementos plásticos protagónicos en una obra de arte (destaco en este grupo de obras: la luz, la plasticidad de las formas y el buen manejo del color). En estos cuadros no encontramos un frío ejercicio de pintor académico, sino naturaleza misma llena de calor y vida, aparentemente hiperrealista, pero a la vez expresionista. Es que gracias a precisas y depuradas manchas de pura filigrana cobraban fuerza y obtenían una prodigiosa luminosidad.
Poco tiempo después, realizó una notable serie donde fusionaba las cortezas de estos árboles con figuras abstractas. A mi parecer, esto fue lo más destacable entre la vasta producción de este artista, (además de sus antiguas nubes y algunas piezas de su etapa figurativa hiperrealista). Es que en esta serie, Kuramotto no se limita a hacer de su pintura una simple copia de lo que ve, sino que a partir de lo que observa lleva a cabo una selección y una recreación de las imágenes. Denota un estudio dedicado y apasionado de la rica flora de nuestra región. Devenido en un pintor botánico, Tito se tomó la tarea de investigar minuciosamente cada árbol y cada planta del oriente boliviano. A mi entender, se trata de un caso parecido al del destacado pintor cochabambino Mario Unzueta Urquidi (1905-1983). Sin duda se trata de la mejor época del maestro cruceño, menos comercial pero mucho más arriesgada y propositiva. Puedo afirmar categóricamente que a través de ella el maestro cruceño refleja toda su madurez técnica y plástica plena.
Referente al periodo de los árboles, destaco su serie de los Toborochis, un símbolo regional, que incluso forma parte del escudo cruceño. Nadie pintó la “Ceiba camba”, especie única del oriente boliviano, mejor que Tito Kuramotto, quien supo valorar y aprovechar muy bien las cualidades plásticas de sus formas sensuales femeninas y particulares texturas.
Para materializar sus creaciones, Kuramotto siempre tuvo predilección por el uso de los lienzos y bastidores de formatos grandes; fue indudablemente un artista consagrado al taller y muy trabajador. Casi siempre a fines de año nos sorprendía con una novedosa y numerosa serie.
Indagando más adentro de su reciente producción artística, me parece que la pintura de nuestro pintor en cierta etapa recayó en un conflicto plástico-estético existencial, al apartarse de su figuración hiperrealista, para buscar nuevos lenguajes de expresión, más contemporáneos que los simples cuadros fotorrealistas que realizó durante las pasadas décadas. Esta ruptura abrupta, lo condujo a una suerte de experimentación, una aventura poco afortunada en ciertos casos que lo llevó a alejarse de su verdadera identidad plástica, (esto lo hizo deambular casi sin rumbo por una serie de estilos y corrientes estéticas).
A decir verdad, en un principio no pude encontrar coherencia en el sentido de sus más recientes propuestas estéticas, sin embargo, con el pasar de los años comprendí que Tito fue un creador audaz, un verdadero buscador incansable, que alejado de su “zona de confort” buscó y se reinventó sin temor a equivocarse o ser cuestionado por sus detractores, aportando variadas temáticas al arte regional como ningún otro pintor cruceño. Incluso su decisión de abandonar la figuración hiperrealista o los ya mencionados paisajes bucólicos del “Santa Cruz de antaño”, le costó dejar de vender su obra con la misma frecuencia que solía hacerlo en años anteriores.
Kuramotto pretendía transmitir a través de una neo figuración expresionista la creación artística, haciendo que el subconsciente se manifieste mediante símbolos de las vivencias internas y externas de su propia vida. Los personajes plasmados en sus lienzos se hacen presentes en su mundo más íntimo, desvelando y haciendo surgir recónditos ensueños ocultos del propio artista. Es que actualmente su obra se ha tornado emotiva, intimista, además mucho más simbólica y por lo tanto representativa.
En sus series más recientes vemos grotescos monigotes y peculiares adefesios, que incluso en ciertas telas, acompaña de letras y recurrentes símbolos que me remiten al arte grafitero del norteamericano Jean-Michel Basquiat, magnífico artista nacido en Brooklyn y contemporáneo de Andy Warhol, quien expresara mediante sus pinturas y escritos sus ideas con una gran carga poética y filosófica, pero sobre todo satírica. Parece hacerle frente al mundo real tan impersonal y clónico que hoy nos toca vivir.
Una de las piezas que destaco de la última etapa es “Los zafreros", la misma fue trabajada con cierta violencia, utilizando un juego de ocres aplicados en todo el espacio del lienzo, que le otorgan portentosa luminosidad. También juega con verdes, azules y algunos toques rojos y blancos que consiguen contrastar una armoniosa composición.
En el enorme lienzo "El rio Piraí", las embravecidas olas más bien parecen una especie de iceberg polícromo, puesto que carecen de movimiento. “La cantante de Rock", es otra tela que retrata a un verdadero monstruo. “El espíritu lo es todo”, (otro enorme lienzo), no tiene sentido de composición ni de color. Las piezas tituladas: “Nueva identidad”, “Homenaje a Arquímedes”, y “Supermercado incaico” nos revelan una maraña de grafismos y colores mal contrastados que nos evocan (con las prudenciales distancias) al ya citado Basquiat.
Son notables los grabados en metal, (algunos de los originales fueron ya realizados hace más de 40 años), entre ellos, son dignos de mencionar: “Gran Minero”, “Polución de Dioses”, “El metal y la carne”, “Espacio”, “La bomba H” y las xilografías, aunque varios de estos trabajos denotan falta de práctica en el oficio y no son convincentes, (fue muy loable que después de mucho tiempo Kuramotto volvió a retomar esta técnica).
A todo esto, debo enfatizar en el hecho de que Tito Kuramotto no consigue una composición cromática coherente en buena parte de las piezas que expuso en los últimos 15 años. Tampoco los elementos plásticos que complementan las composiciones de las mismas son congruentes con lo que pretende mostrar. Por su naturaleza grotesca, cualquiera de estas telas recientes de Kuramotto bien podrían haber sido material válido para que Humberto Eco ilustrara su libro: "Historia de la fealdad".
Teóricamente una verdadera obra de arte no tiene que ser necesariamente bonita o decorativa, pero al menos debe proporcionarnos cierto placer estético para sobrevivir como tal. La obra pictórica neofigurativa que realizó Kuramotto en los últimos años es tan sólo una sombra de lo que alguna vez fue, pues se revela carente de una buena técnica, certera composición, buen color, dibujo, plasticidad, frescura y finalmente creatividad. Se convierte inevitablemente en una propuesta muy abigarrada en la representación, que pese a estar auxiliada por un exagerado discurso literario, (que en ciertos casos hasta se convierte en un simple alegato), no transmite ni proporciona deleite visual alguno.
Pienso que después de haber abandonado durante bastante tiempo la trabajosa figuración hiperrealista, a Kuramotto le costó bastante retomarla con el mismo oficio que demostró en años anteriores.
A pesar de las luces y sombras en su producción artística, Tito Kuramotto es y será un referente cruceño indiscutible de las artes visuales en nuestro país. Al ser poseedor de una vasta trayectoria de más de seis décadas, su obra y su labor docente con los estudiantes de arte influyeron a varias generaciones de artistas. No cabe duda que su legado creativo ha dejado una huella imperecedera en el arte boliviano.
En fin, a raíz de la lamentable partida del maestro Tito Kuramotto, llegué a la conclusión de que actualmente (y por increíble que parezca), se extinguieron las otrora llamadas vacas sagradas que alguna vez habitaron los campos del arte plástico cruceño; actualmente tampoco puedo avizorar los tales sapos grandes en charcos chicos.