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¡Adiós don Tito Kuramotto! Lo que dijo en una de sus últimas entrevistas

Lunes, 26 de enero de 2026 a las 18:27
Foto tomada de su muro de Facebook

Hace 10 años, Vicente 'Tito' Kuramotto dio una de sus últimas entrevistas en profundidad y desde la intimidad de su hogar. Le abrió las puertas a EL DEBER, y desde aquella mañana en su casa de la Paraguá, rescato lo que descubrí del hombre detrás del genio del lienzo y las pinceladas.

 

Hace 10 años hice una de las últimas entrevistas en profundidad a Vicente 'Tito' Kuramotto, el maestro y artista plástico (pintó acuarela, trabajó sobre madera, hizo grabados, pero siempre se mantuvo fiel al óleo sobre lienzo). Fue para EL DEBER, cinco páginas, más la portada, cuando él prácticamente se había autoconfinado en su casa. Me dijo que echaba de menos a sus amigos de tertulia, pues Marcelo Callaú y Herminio Pedraza ya habían partido -dos mecenas de la plástica en Santa Cruz- y la muerte de su esposa, Teresa, era lo que más le dolía aún.

Después de eso tuvo salidas esporádicas, en su cuenta de Facebook hizo alguna que otra presentación de sus obras, las comentaba y explicaba lo que lo inspiraba o por qué se había decantado por tal o cual figura. En octubre de 2024 se lo vio públicamente cuando acudió al festejo de los 50 años del Taller de Artes Visuales del que fue su director y maestro, y en marzo de ese mismo año recibió un homenaje de la Secretaría Municipal de Cultura durante la celebración por los 33 años del Museo de Arte Contemporáneo, donde se realizó una de sus últimas exposiciones. Y un año antes de eso, los domingos por la tarde, en la plaza frente al colegio Británico acudía a pintar al aire libre y a compartir sus conocimientos gratis, "para disfrutar del arte juntos".

Cuando me abrió las puertas de su hogar en la zona de la avenida Paraguá para la entrevista de cinco páginas, había transformado un mueble de madera sólida en altar, ahí tenía un cuadro de grandes dimensiones en el que su amada estaba, también algunas de sus pertenencias, como un frasco gastado de su perfume de Oscar De La Renta. Su 'no estar' marcaba el presente del pintor en ese entonces. La nombró muchas veces a lo largo de la entrevista, desde la partida de Teresa la casa ya no fue la misma y tampoco el pintor. Para colmo de males, su loro también había fallecido, pero don Tito había encontrado la forma de mantenerse en pie, tal como los toborochis que pintaba.

En su estudio, unos 250 cuadros acumulaban polvo, pero él no se arrepentía de no haberlos vendido. Me dijo que se habían quedado en su poder porque ya no había compradores, y que él se rehusaba a pintar algo impuesto o por encargo. "Voy a pintar hasta el final de mi vida lo que yo quiero", me dijo, y le creí.

Hijo de migrante japonés, que llegó a forjar una importante billetera como comerciante asentado en el barrio entre las calles Aroma y Caballero, llegó a tener que pintar paredes y a comer locro 'ralingo' porque eran ocho hermanos. Así me lo confesó, al igual que me dijo sin reparos que no tenía religión, pero que sí creía que hay una fuerza y energía en el universo.

Afirmó también que estaba seguro de que todos tenemos un alma y que eso es lo que somos en realidad, no la carne ni la mente. Honrando sus palabras, le digo hasta pronto a ese alma sensible que marcó un antes y un después en el el arte cruceño, lamentando que las nuevas generaciones no hayan podido disfrutarlo, seguramente ahora, donde está, sigue pintando más toborochis y haciendo gala de su don de gente. 

En aquella visita de EL DEBER, don 'Tito' exhibió con orgullo una obra en construcción, ya se notaba lo que iba a estar sobre el lienzo, sería un toborochi de dimensiones descomunales, pues se trataba de cuatro paneles, que sumaban seis metros de largo por dos y medio de alto. Actualmente ese cuadro es su foto de portada de Facebook, ahí ya se ve la obra terminada, en la que se tomó la licencia de escribir a un lado del lienzo: "El toborochi preñado de lunas, parirá estrellas".

El abultado vientre de ese árbol tan característico de nuestra tierra cruceña le hace justicia a lo que ha sido el legado de Kuramotto, una obra prolífica de más de seis décadas de trayectoria, que gestó y repartió mucho arte plasmado en obras que bien pueden estar en las paredes de un banco, una fundación, un caserón o una universidad. 

Una reseña de la Manzana 1 da cuenta que preparaba sus lienzos y con caballete en brazos salía a pintar a El Arenal y al Tao. "Hasta entonces del único que se sabía que pintaba era de Armando Jordán. En 1958 coincidieron en una exposición, en el Club Social de Santa Cruz, probablemente la primera del siglo XX. Participaron Jordán, Jorge Rozsa, Herminio Pedraza y Tito Kuramotto". 

Su fértil creatividad lo llevó a hacer escenografías para teatro e incluso hasta carros de Carnaval -recuerdo bien que durante la entrevista se quejó de que ciertos comparseros le seguían debiendo los carros de reina.

A don 'Tito' no era raro verlo caminando por el barrio, primero lo hacía en bicicleta, después, cuando a esta la invadió el óxido, no la botó, la dejó sumar años a un lado del patio y optó por caminar. Pero después tuvo que quedarse en casa, donde una silla con ruedas que él mando construir le servía para resistir horas y horas frente al lienzo. 

En ese entonces, él me dijo que se sentía solo, se refería a que cada vez le costaba más encontrar con quién hablar de arte. Pasaron diez años volando y ahora, con seguridad, debe estar pintando a esa fuerza y energía del universo de la que siempre fue consciente de que existía y que lo movió a ser un creador que transitó diversas técnicas y estilos. ¡Buen viaje don Tito!

 

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