El fin de una prisión indebida e injusta. La liberación de Jeanine Áñez, tras casi cinco años de encierro, pone punto final a uno de los capítulos más oscuros de la justicia boliviana. El Tribunal Supremo anuló su condena y dispuso juicio de responsabilidades, lo que en teoría repara una distorsión jurídica, aunque en la práctica parece un giro conveniente al nuevo clima político. Se hace justicia, sí, pero a destiempo, y solo cuando cambian los vientos del poder. El “caso Áñez” queda como símbolo de un sistema que castigó sin sentencia firme y liberó cuando le resultó útil. Ironías del Estado de derecho.
El último presente griego de Luis Arce. En el ocaso de su gestión, el Gobierno reglamentó la ley que suspende embargos por seis meses y difiere el pago de créditos sin capitalizar intereses. Una medida social en apariencia, pero que deja un sabor a populismo financiero de despedida. El alivio es real para deudores, pero la carga futura caerá sobre la banca y el nuevo gobierno. Como en los mitos griegos, el regalo puede esconder un caballo de Troya: un gesto amable que se paga caro cuando ya no hay quien responda por la factura.
El dólar baja… por ahora. El descenso del dólar paralelo, tras meses de escalada, da un respiro y cierto aire de optimismo. Pero conviene no confundir una leve mejoría con una recuperación estructural. Si la confianza se basa solo en expectativas políticas, el espejismo durará poco. El mercado tiene memoria corta y reacciona más rápido que la economía real. Ojalá no sea una ilusión pasajera, porque en Bolivia las burbujas suelen desinflarse justo cuando empezamos a creer que eran reales.