En el teatro de la política moderna, pocas acusaciones resuenan con tanta indignación y condena como la de "guerra sucia". Al ser una herramienta de desinformación y destrucción masiva, distorsiona la realidad y desvía la atención de los verdaderos debates, evocando imágenes de engaños deliberados y ataques personales que buscan socavar tanto la candidatura de un oponente como de su misma dignidad.
En un conflicto armado, en una guerra, es ampliamente aceptado que la primera víctima sea la verdad. Es, por lo tanto, irónico que, en el campo de batalla electoral, nos indignemos cuando la verdad, sea cual fuera, es cuestionada y/o suplantada.
Probablemente el problema radica en que el umbral de lo que se considera "sucio" es profundamente subjetivo y, a menudo, políticamente conveniente. Lo que para una campaña es un ataque legítimo a las vulnerabilidades de un oponente, para el otro es una "guerra sucia" inaceptable. Esta ambigüedad permite que la acusación misma de "guerra sucia" se utilice estratégicamente para victimizarse y desacreditar cualquier crítica, por válida que sea, como parte de una conspiración maligna y, por ende, injusta.
Poco importa si la acusación tiene fundamento; el simple hecho de que se haya emitido una denuncia de "guerra sucia" ya es suficiente para captar la atención. Este ciclo vicioso se alimenta a sí mismo: unos lanzan la acusación, los otros se indignan y la denuncian, los medios la difunden, y el público queda atrapado en un torbellino de especulación y desconfianza, donde la sustancia de la crítica original se pierde por completo.
Giuliano da Empoli, en su lúcida obra "Los ingenieros del caos", profundiza en cómo, por ejemplo, Steve Bannon—una figura controvertida y principal estratega de la primera campaña electoral que llevó a la presidencia a Donald Trump—ha perfeccionado el arte de la política pos-verdad, de la “guerra sucia”, donde la verdad fáctica es menos relevante que el impacto emocional y la narrativa disruptiva. No se trata necesariamente de medias verdades o mentiras completas, sino de crear una atmósfera de confusión y sospecha, donde la indignación moral por las "tácticas sucias" eclipsa cualquier debate sobre políticas o rendimiento. Bannon y sus émulos comprenden que, en la era digital, la velocidad de difusión de la difamación supera con creces la capacidad de la verdad para contrarrestarla.
No obstante, esta realidad comunicacional y la inmediatez de su implementación que ha hecho una metástasis muy eficiente en el aparto político en el mundo entero, uno de los vocales del Tribunal Supremo Electoral en Bolivia indicaba que se necesitan “medidas inmediatas, porque la desinformación puede destruir la credibilidad electoral en cuestión de horas”. Entre las medidas inmediatas estuvo la exigencia “que las grandes plataformas respondan en tiempo real … no puede ser que una denuncia tarde días, cuando el daño electoral es inmediato.”
Pretender controlar redes sociales asumiendo que los partidos y/o candidatos lo pueden hacer comprometiéndose a un acuerdo contra la guerra sucia, demuestra que viven en una realidad disociativa. Se desentienden que las redes sociales exponen opiniones diseminadas en miles de usuarios que se realimentan del sentir preponderante y su control es técnicamente casi imposible.
Aprovechando de esta imposibilidad, los políticos se aprovechan de la "guerra sucia" al enmascarar la verdad bajo un velo de indignación. Al centrar el debate en las "tácticas" en lugar de los "hechos", se despoja a los electores de información necesaria para que hagan preguntas relevantes para tomar sus decisiones. La acusación misma de "guerra sucia", utilizada estratégicamente por políticos renuentes a enfrentar verdades incómodas, se convierte en el verdadero "juego sucio": un ataque contra la transparencia y la integridad del proceso democrático. En este entorno, para que la verdad sea expuesta, es imperativo que el público ejerza un escepticismo crítico ante acusaciones y denuncias, si le provoca hacerlo.
En el actual entorno de la política como espectáculo, si tomamos la rica simbología de Jorge Luis Borges, esta "guerra sucia" no es más que otro de sus laberintos, donde cada acusación y contra-acusación nos desvía de la salida principal: el debate sustantivo de la verdad. En este juego de espejos y pasillos intrincados, la verdad no solo es la primera víctima, sino que se fragmenta en innumerables percepciones subjetivas, impidiendo una comprensión clara que es esencial para una democracia saludable.