En las carreteras bolivianas, el rugido de los motores se confunde con el eco de una tragedia que se repite sin cesar. Cada día, la imprudencia al volante escribe nuevas páginas de dolor en las estadísticas nacionales. Recientemente, en Cochabamba 16 personas perdieron la vida y 30 resultaron heridas cuando un bus de servicio interprovincial se precipitó a un profundo barranco por la aparente impericia de su joven conductor de 23 años.
Y así, los accidentes de tránsito, lejos de ser simples hechos fortuitos, se han convertido en una epidemia silenciosa que golpea con mayor fuerza a la juventud del país. La alta mortalidad vial no solo refleja fallas en la infraestructura o en los controles, sino un profundo problema cultural: la normalización de la irresponsabilidad al conducir. El año pasado, más de 1.700 personas, jóvenes en su mayoría, murieron en las vías de circulación del país, lo que equivale a la pérdida de casi cinco vidas por día. Santa Cruz, con el más grande parque automotor nacional, lleva el mayor registro de esos lamentables y dolorosos hechos.
Según datos recientes del Observatorio de Seguridad Ciudadana del Ministerio de Gobierno, los accidentes de tránsito constituyen una de las principales causas de muerte en Bolivia, con miles de víctimas fatales cada año y un número mucho mayor de heridos. Pero el dato más alarmante es la edad de quienes pierden la vida: la mayoría son jóvenes entre los 18 y 35 años. Detrás de esas cifras hay familias destrozadas, sueños truncados y una sociedad que parece habituarse a la tragedia.
El denominador común de la mayoría de estos siniestros es la imprudencia. Conducir bajo los efectos del alcohol, exceder los límites de velocidad, usar el celular al volante o no respetar las señales de tránsito son comportamientos cotidianos que convierten cada viaje en una ruleta rusa. En muchas ciudades del país, la cultura del “manejar a lo macho” -como se dice coloquialmente- sigue siendo símbolo de valentía, cuando en realidad es una expresión peligrosa de irresponsabilidad.
La falta de educación vial es otro eslabón roto en esta cadena. En Bolivia, aprender a conducir no siempre implica entender el sentido cívico del tránsito. Muchos conductores obtienen su licencia sin una formación integral ni una comprensión clara de las normas de seguridad. Los cursos, cuando existen, se reducen a trámites burocráticos más que a verdaderos procesos de concienciación.
A ello se suma la débil fiscalización. Las sanciones por infracciones graves suelen ser mínimas o, peor aún, eludibles mediante sobornos. La ausencia de controles efectivos en las carreteras interdepartamentales -especialmente durante feriados y fines de semana- deja campo abierto a la imprudencia. ¿Cuántas vidas más deberán perderse antes de que la seguridad vial se asuma como una prioridad nacional y no como un asunto secundario?
El problema, sin embargo, no puede atribuirse solo a los conductores. La precariedad del transporte público empuja a muchos jóvenes a adquirir motocicletas o autos sin las condiciones adecuadas de seguridad. Las carreteras mal señalizadas, los baches y la falta de iluminación agravan el riesgo. Pero nada de eso justifica la imprudencia: los números muestran que, incluso en vías urbanas bien conservadas, los accidentes fatales son mayormente producto de errores humanos evitables.
Bolivia necesita un cambio profundo en su relación con el volante. No bastan campañas ocasionales ni controles esporádicos. Se requiere una política pública sostenida que combine educación vial desde la escuela, control estricto y sanciones ejemplares. Debe promoverse una nueva cultura de respeto en las vías, donde manejar no sea un acto de poder sino de responsabilidad colectiva.
Cada cruz al borde del camino recuerda una historia inconclusa. Jóvenes que no volverán a casa, familias que no encontrarán consuelo. Mientras el país no asuma que la imprudencia es tan mortal como cualquier epidemia, los caminos seguirán siendo cementerios extendidos sobre el asfalto.
La lucha contra la mortalidad vial no puede esperar. Es una cuestión de vida o muerte y, sobre todo, de conciencia.