Una vez más, el Carnaval de Oruro, Obra Maestra del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, confirmó su capacidad de asombro. La peregrinación en honor a la Virgen de la Candelaria fue, nuevamente, un despliegue de fe, disciplina y arte en movimiento. Las danzas no solo narraron siglos de historia; dialogaron con la modernidad. La incorporación de recursos tecnológicos, iluminación, transmisión digital y una puesta en escena cada vez más sofisticada elevó la experiencia colectiva a un nivel que trasciende fronteras. Oruro no solo conserva tradición: la reinventa sin perder su esencia devocional.
No menos espectacular resultó el Corso cruceño. La coronación de Camila I quedará en la memoria por su carisma natural y su autenticidad, cualidades que conectaron con una ciudadanía exigente. Punto alto para la comparsa coronadora, Los Testarudos, que apostaron durante años por un proyecto cultural e histórico que fue más allá del brillo de los trajes y la imponencia de las carrozas. Hubo mensaje, hubo conciencia y hubo una narrativa que invitó a reflexionar sobre el presente y el futuro del departamento. Cuando la fiesta dialoga con la identidad, deja huella.
Más allá del espectáculo, el Corso volvió a demostrar su capacidad de convocatoria y organización. La participación masiva de familias, comparsas y espectadores confirmó que se trata de una celebración profundamente arraigada en el tejido social cruceño. La fiesta deja de ser solo entretenimiento y se convierte en afirmación cultural.
Días antes, en Tarija, la Fiesta de Comadres volvió a demostrar que crecer no significa diluirse. Cada año más grande, más difundida y mejor organizada, se consolida como una celebración con proyección nacional e internacional. Vivir con identidad y amor por lo propio no es un gesto folclórico; es una apuesta estratégica. Tarija compite hoy con mayor fuerza como destino atractivo en el calendario carnavalero del país. Enhorabuena por esa convicción.
Lo que estos ejemplos revelan es un valor estructural de Bolivia: su diversidad. Entre lunes y martes de Carnaval, cada rincón del territorio vivió la fiesta a su manera. Música, juegos, bailes y gastronomía propia de cada provincia, de cada pueblo y de cada barrio. Desde el churrasco hasta el puchero, el país celebró con acentos distintos pero con un mismo pulso festivo. Esa pluralidad es fortaleza y patrimonio vivo.
El movimiento económico generado en estos días será, sin duda, positivo. Hoteles, restaurantes, transporte y comercio registraron un dinamismo que oxigena la economía y fortalece el turismo interno. Corresponde ahora que las autoridades de todos los niveles planifiquen desde ya la próxima gestión. La improvisación es socia del fracaso, y el Carnaval, por su dimensión cultural y económica, exige previsión, coordinación y visión de largo plazo.
Es justo reconocer también el despliegue de la Policía Boliviana en todo el territorio nacional para garantizar la seguridad ciudadana. Sin embargo, los excesos derivados del abuso del alcohol volvieron a empañar algunos episodios. No puede haber un vigilante junto a cada ciudadano irresponsable. Combatir esa conducta es una asignatura pendiente que interpela a familias, instituciones y sociedad en su conjunto.
La fiesta ha concluido. Queda la satisfacción de haber celebrado lo que somos. Pero tras el último acorde regresan los grandes desafíos: una economía que demanda estabilidad y crecimiento sostenido, unas elecciones autonómicas que pondrán a prueba liderazgos y una política que necesita altura y responsabilidad. El Carnaval fortalece el espíritu colectivo; el futuro del país exige trabajo, madurez y decisiones firmes.