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No fue fácil su pontificado, pero mostró grandes transformaciones históricas. Cuando el 13 de marzo de 2013 Jorge Bergoglio fue electo sucesor del papa Benedicto XVI, la imagen de la Iglesia se encontraba dañada tras una sucesión de escándalos de corrupción, abusos y conflictos internos.
Fue el primer líder de la Iglesia católica proveniente de un país latinoamericano.
En febrero de 2014 estableció la Secretaría de Economía para supervisar las finanzas de la Santa Sede. Tan solo un mes antes un clérigo italiano de alto rango había sido acusado de lavar millones a través del Banco del Vaticano.
El papa destacó el aporte de las mujeres y les dio protagonismo. Nombró a la monja franciscana Raffaella Petrini, como gobernadora del Vaticano, el principal cargo en la administración civil de este territorio.
También Simona Brambilla, de 59 años, fue nombrada como prefecta del Dicasterio para la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, un organismo de la Santa Sede. Brambilla se convirtió en la máxima autoridad de una institución religiosa para supervisar las órdenes religiosas, tanto para hombres como para mujeres, y las relaciones con sus fieles.
Según Vatican News, el porcentaje de mujeres pasó de representar el 19,2% en 2013 al 23,4% en 2023. Para eso fue necesaria la reforma de la Constitución de la Santa Sede de 2022, que permitió a los laicos, incluidas las mujeres, dirigir un dicasterio y convertirse en prefectos.
Francisco “abrió la Iglesia al mundo exterior de maneras que ninguno de sus predecesores había hecho antes”, escribió Mathew Schmalz, profesor de estudios religiosos del College of the Holy Cross (EEUU), en un análisis publicado en The Conversation en febrero.
El Papa tuvo constantes acercamientos a otras religiones, incluyendo encuentros históricos con líderes del Islam y del judaísmo.
Fue el primer Papa que aceptó que tomen la comunión los católicos divorciados.
Una de las frases más famosa de su papado fue: “Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”, refiriéndose en concreto a los sacerdotes homosexuales, pero también a todas las personas de la comunidad LGBT en general.
Francisco incluso se mostró abierto con las uniones civiles entre personas del mismo sexo, autorizando a los sacerdotes a bendecir a las parejas homosexuales.
Todo esto significó un quiebre grande si se tiene en cuenta que su antecesor, el papa Benedicto XVI, consideraba que había un “mal moral intrínseco” en las personas homosexuales.
Prometió “no escatimar esfuerzos” para llevar ante la justicia a los sacerdotes abusadores y a los obispos que encubrieron sus crímenes. No obstante, los grupos de sobrevivientes lo acusaron de seguir respaldando y acogiendo a clérigos denunciados.
Creó la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, a la que exigió un informe anual sobre cómo procede la batalla contra los abusos.
También realizó decenas de intervenciones de carácter legislativo y obligó a las diócesis de cada país a ocuparse del tema, algo que, sin embargo, está fallando, pues no en todos los países la Iglesia se ha tomado en serio obligaciones como la de crear centros de atención a las víctimas, mientras que en el Vaticano sigue faltando rapidez y transparencia para informar sobre los casos y las sentencias a los sacerdotes implicados.