La alimentación de los estudiantes influye directamente en su memoria, concentración y rendimiento académico. Lo que comen, cómo se nutren en cada etapa escolar y el entorno alimentario que los rodea —desde el desayuno hasta los kioscos y el ejemplo en casa— cumple un papel determinante en su desempeño en el aula.
Cuando un estudiante se distrae, se cansa con facilidad o pierde la concentración, muchas veces la causa no está en la falta de interés, sino en lo que ha comido —o dejado de comer— antes de entrar al aula.
La docente de la carrera de Medicina en la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), Magaly Bishop, explica que la clave del aprendizaje no está solo en los cuadernos, sino también en el plato.
“El cerebro consume aproximadamente el 20% de la energía total del cuerpo, y su principal fuente es la glucosa de absorción lenta”, explica Bishop, que tiene una especialidad en nutrición.
Por eso, la alimentación de un estudiante debe ser equilibrada, variada y suficiente. No se trata de comer más, sino de comer mejor. Los hidratos de carbono complejos, presentes en cereales integrales, legumbres y tubérculos, permiten mantener niveles de energía estables durante la jornada escolar. Las grasas saludables, como el Omega-3 que se encuentra en pescados azules, nueces y semillas, son cruciales para la sinapsis neuronal, es decir, para que el cerebro procese y conecte la información.
A esto se suman micronutrientes determinantes para la memoria y la concentración. El hierro es fundamental para el transporte de oxígeno al cerebro, mientras que el zinc y las vitaminas del grupo B son esenciales para los procesos cognitivos, aclara la médico.
La alimentación cambia entre primaria y secundaria
No todos los estudiantes necesitan lo mismo. La nutrición varía según la etapa de crecimiento.
En primaria, el enfoque está puesto en el crecimiento lineal y en la formación de hábitos saludables. En esta etapa, el calcio y la vitamina D son imprescindibles para el desarrollo óseo.
En secundaria, el escenario cambia drásticamente. La adolescencia es una etapa de aceleración biológica. “Es un periodo de estirón y cambios hormonales donde las demandas calóricas aumentan significativamente”, señala Bishop. En el caso de las adolescentes, el hierro se vuelve aún más importante debido a la menarquia, mientras que el magnesio cumple un rol clave en el desarrollo muscular y óseo.
Las consecuencias de una mala alimentación
El cerebro infantil y adolescente es extremadamente sensible tanto a las carencias como a los excesos.
“Una mala alimentación o la desnutrición provocan fatiga crónica, irritabilidad y dificultad para procesar información compleja. Una anemia ferropénica, por ejemplo, puede reducir el coeficiente intelectual y la capacidad de atención”, advierte la especialista.
Pero el problema no termina ahí. El sobrepeso y la obesidad, cada vez más frecuentes en edad escolar, también afectan el rendimiento académico ya que se asocian con una inflamación sistémica de bajo grado que puede afectar la neuroplasticidad y generar baja autoestima, lo cual impacta directamente en el desempeño escolar.
Kioscos escolares: entornos que juegan en contra
Uno de los mayores obstáculos para una buena alimentación en edad escolar se encuentra dentro del propio colegio: los kioscos.
“Lamentablemente, la mayoría son entornos obesogénicos donde predominan los alimentos ultra procesados”, señala Bishop.
El exceso de azúcar provoca picos de glucosa seguidos de caídas bruscas, lo que genera somnolencia, falta de foco, irritabilidad y déficit de atención a media mañana. A esto se suman productos con grasas trans y exceso de sodio, que no aportan valor nutricional y afectan la salud a largo plazo.
“Es imperativo regular estos espacios hacia kioscos saludables que ofrezcan frutas, frutos secos y lácteos naturales”, enfatiza y añade que un problema frecuente es que quienes venden estos productos priorizan la ganancia económica sin considerar el daño que pueden causar a corto y largo plazo en los estudiantes.
El rol clave de los padres en la educación alimentaria
La educación alimentaria empieza en casa y se construye con el ejemplo.
“El niño no comerá brócoli si ve al padre con una gaseosa. Debemos predicar con el ejemplo”, afirma Bishop.
Llevar a los hijos al mercado, cocinar con ellos, sentarse a comer en familia e involucrarlos en la preparación de los alimentos aumenta notablemente la aceptación de opciones saludables. También es importante no usar la comida como premio o castigo, ya que esto altera la relación emocional con los alimentos y los mecanismos naturales de saciedad.
Para Bishop, la nutrición en edad escolar no puede seguir siendo vista como un tema secundario. Una alimentación adecuada no solo mejora el rendimiento académico inmediato, sino que previene enfermedades crónicas que podrían afectar a la persona y a su familia durante años. Lo que un estudiante come hoy tiene un impacto directo en su capacidad de aprender, desarrollarse y construir su proyecto de vida mañana.
“Un niño bien alimentado no solo obtiene mejores calificaciones, sino que es un niño con un cerebro protegido para el futuro. La nutrición es la mejor inversión en capital humano que un país puede hacer”, concluye la docente en la carrera de Medicina en Unifranz.