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Educación y empleo: el desafío de hablar el mismo idioma

Sabado, 21 de febrero de 2026 a las 09:50

Por Redacción

La desconexión entre el sistema educativo y el mercado laboral se ha convertido en uno de los principales nudos críticos para el desarrollo productivo del país

El diploma ya no garantiza empleo. En Bolivia, miles de jóvenes culminan sus estudios superiores con expectativas de inserción laboral que chocan con una realidad marcada por la informalidad, la sobrecalificación y la falta de correspondencia entre lo aprendido y lo que exigen las empresas. La desconexión entre el sistema educativo y el mercado laboral se ha convertido en uno de los principales nudos críticos para el desarrollo productivo del país.

El informe Youth Pulse 2026 del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) confirma que el 57% de los jóvenes considera que la creación de empleo juvenil de calidad es la prioridad número uno de política pública. En el contexto boliviano, esta demanda se cruza con una brecha estructural: más del 70% de jóvenes ocupados trabaja en condiciones de informalidad, y muchos no logran emplearse en áreas acordes a su formación.

La brecha que frena la empleabilidad

Carlos estudió ingeniería con la convicción de que el mercado requería su perfil. Al egresar, descubrió que las empresas pedían experiencia en herramientas digitales específicas, certificaciones técnicas y competencias blandas que nunca fueron parte central de su formación. Su caso no es aislado.

Las empresas señalan dificultades para encontrar talento con habilidades técnicas actualizadas, dominio de herramientas digitales, pensamiento crítico y capacidad de adaptación. Al mismo tiempo, jóvenes titulados enfrentan barreras para acceder a su primer empleo formal. El resultado es una paradoja: vacantes sin cubrir y profesionales sin oportunidades.

Pedro Sáenz, vicerrector en la sede La Paz de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), advierte que el problema no es solo de cantidad de empleos, sino de pertinencia formativa. “Existe una brecha evidente entre las competencias que desarrolla el sistema educativo y las habilidades que demanda el mercado laboral. Si no alineamos ambos mundos, seguiremos generando frustración en los jóvenes y limitando la competitividad del país”, sostiene.

Habilidades que el mercado sí está demandando

La transformación tecnológica ha acelerado el cambio en los perfiles profesionales. La digitalización, la automatización y la expansión de la inteligencia artificial redefinen procesos productivos y exigen nuevas capacidades.

Según Sáenz, el desafío es doble. “Necesitamos fortalecer habilidades técnicas vinculadas a tecnología, análisis de datos y entornos digitales, pero también desarrollar competencias socioemocionales como liderazgo, trabajo en equipo, comunicación efectiva y aprendizaje continuo”, afirma.

La empleabilidad ya no depende exclusivamente del conocimiento disciplinar. Las empresas buscan perfiles capaces de resolver problemas, adaptarse al cambio y aportar innovación. “El título es el punto de partida, no la meta. Lo que marca la diferencia es la capacidad de actualización permanente”, enfatiza.

Educación que dialogue con el sector productivo

La falta de articulación entre universidades, empresas y Estado profundiza la desconexión. Planes de estudio desactualizados, prácticas profesionales limitadas y escasa retroalimentación del sector productivo dificultan la construcción de perfiles pertinentes.

Para Sáenz, el camino pasa por una transformación educativa basada en evidencia. “Las universidades debemos escuchar al mercado, incorporar certificaciones, fomentar la experiencia práctica y promover una formación flexible que permita responder con rapidez a los cambios”, explica.

La educación superior enfrenta el reto de integrar metodologías activas, aprendizaje basado en proyectos y vinculación temprana con el entorno laboral. Solo así se puede reducir la brecha entre formación y empleo.

Informalidad y subempleo: consecuencias visibles

La desconexión entre competencias y demanda laboral no solo afecta trayectorias individuales; también impacta en la productividad nacional. Jóvenes subempleados o trabajando en sectores distintos a su formación representan una pérdida de capital humano.

Invertir en empleo juvenil y en educación pertinente no es una medida aislada, sino una estrategia de desarrollo económico. Cuando la formación responde a las necesidades reales del mercado, se fortalece la competitividad, se promueve la innovación y se reducen los niveles de informalidad.

“El desafío no es únicamente generar más empleo, sino generar empleo de calidad acorde a las competencias del siglo XXI”, remarca Sáenz. “Eso implica repensar el sistema educativo y asumir que el aprendizaje debe ser continuo”.

Un cambio impostergable

Bolivia cuenta con una población joven con alto potencial de adaptación y vocación emprendedora. Sin embargo, sin una alineación efectiva entre competencias educativas y habilidades demandadas por el mercado laboral, ese potencial puede diluirse.

Cerrar la brecha requiere diálogo público-privado, actualización curricular constante y políticas laborales orientadas a la empleabilidad juvenil. El futuro productivo del país depende, en gran medida, de la capacidad de conectar formación y oportunidades reales.

El diploma sigue siendo valioso, pero ya no es suficiente. La clave está en transformar la educación para que responda a un mercado laboral dinámico y exigente, donde las habilidades, más que los títulos, determinan las oportunidades.

 

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