Bolivia se encuentra en una coyuntura estratégica delicada y decisiva. La reciente aproximación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a varios mandatarios latinoamericanos, incluyendo a Rodrigo Paz, en Miami no es un gesto protocolar más: es parte de una redefinición geopolítica en la que América Latina vuelve a ser escenario de competencia entre grandes potencias. En paralelo, China consolida su presencia comercial y financiera en la región, incluyendo proyectos de infraestructura de alto impacto como el Corredor Ferroviario Bioceánico de Integración. En este contexto, Bolivia no puede darse el lujo de improvisar ni de actuar por impulsos ideológicos; debe actuar con visión estratégica.
Los datos son claros. China y Brasil se han convertido en pilares del comercio exterior boliviano, tanto como destinos de exportación como fuentes de importaciones. Estados Unidos, aunque hoy no es el principal socio comercial, sigue siendo un mercado relevante y una potencia financiera y tecnológica de enorme influencia. El 70% del comercio exterior boliviano se concentra en un puñado de países entre los que destacan China, Brasil, Argentina, Perú, India, Japón y Estados Unidos. Esta estructura revela una verdad incómoda pero evidente: Bolivia es interdependiente y vulnerable a los vaivenes externos.
China se ha consolidado como uno de los principales socios comerciales de Bolivia. Las exportaciones bolivianas hacia el mercado chino superaron los $1.300 millones de dólares en 2024, mostrando un incremento del 350% en cuatro años, y con la contraparte importadora que se sitúa incluso por encima de ese nivel, convirtiendo a China en el principal socio comercial de la economía boliviana. En la industria de litio, Bolivia ha avanzado junto al consorcio chino CBC Investments en la construcción de dos plantas industriales con una inversión de aproximadamente 1.030 millones de dólares para producir cerca de 35.000 toneladas anuales de carbonato de litio, consolidando la cooperación en un recurso que en el futuro será cada vez más valioso a nivel global. Más allá del litio, la empresa china Sinosteel, aunque con serios problemas por resolver, lideró la construcción de la siderúrgica del Mutún, un proyecto de alrededor de $546 millones de dólares que busca industrializar el hierro boliviano y reducir la dependencia de importaciones de acero. En infraestructura, contratos de obra pública con empresas chinas podrían sumar varios miles de millones de dólares en carreteras, plantas industriales y otros proyectos, aunque estos montos totales pueden variar según la ejecución de contratos y etapas de obra.
En el plano regional, la inserción de Bolivia como miembro pleno del Mercosur representa otro factor determinante. La adhesión a este bloque, que incluye a Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, implica compromisos de apertura comercial progresiva, armonización de normas y cooperación económica con los países que conforman el mercado común. Brasil, en particular, es un socio de enorme importancia: no solo es uno de los principales destinos de las exportaciones bolivianas, sino también un socio clave en iniciativas de infraestructura, energía y conectividad. Las relaciones bilaterales con Brasil se han fortalecido en sectores como el comercio de combustibles, la interconexión eléctrica y la cooperación logística, con complementos importantes en materia agrícola.
Esta doble inserción —en el Mercosur y en acuerdos bilaterales con China— sitúa a Bolivia ante una oportunidad singular para ampliar mercados y atraer inversiones. Un ejemplo paradigmático es la aspiración de consolidar el Corredor Bioceánico de Integración, una vía ferroviaria que conectaría el Atlántico con el Pacífico a través de Brasil, Bolivia y Perú. Este corredor no solo dinamizaría el comercio regional y reduciría costos logísticos, sino que podría colocar a Bolivia en una posición estratégica como plataforma de tránsito continental. China ha mostrado interés en participar en este tipo de iniciativas, aportando financiamiento y tecnología, lo que podría traducirse en inversiones que superen los 10.000 millones de dólares si se consideran las diversas etapas de diseño, construcción y operación de la infraestructura.
El reto para Bolivia consiste en navegar ese espacio con una política exterior equilibrada y pragmática. No se trata de elegir indiscriminadamente entre grandes potencias, sino de maximizar beneficios y minimizar riesgos. Esto implica negociar con China acuerdos que aseguren transferencia de tecnología, cláusulas de sostenibilidad ambiental y reglas claras de financiamiento, al mismo tiempo que se exploran oportunidades de colaboración con Estados Unidos en sectores donde Washington puede aportar valor agregado, inversión privada y acceso a innovación tecnológica.
La pertenencia al Mercosur también exige una visión estratégica. La integración regional con Brasil y otros socios no solo amplía mercados, sino que fortalece la posición negociadora de Bolivia frente a terceros. Un Mercosur sólido puede convertirse en interlocutor más potente para atraer inversiones externas, negociar condiciones favorables y consolidar cadenas de valor regionales en sectores como energía, agroindustria y manufactura ligera.
En definitiva, Bolivia debe perseguir una política exterior que preserve su autonomía estratégica. Apostar a relaciones diversificadas con China, Brasil, Estados Unidos y otros socios, sin subordinarse a la lógica de bloques ni alineamientos ideológicos, es fundamental. La historia económica boliviana demuestra que la dependencia de un solo socio o recurso rara vez conduce a desarrollo sustentable. En un mundo cada vez más interconectado y competitivo, Bolivia tiene una oportunidad única para posicionarse como puente —no como peón— entre regiones y potencias, tomando decisiones informadas, transparentes y orientadas al largo plazo.