Las Cabañas del Río Piraí es uno de los lugares más emblemáticos que conserva a la Santa Cruz de antaño, donde la gente puede degustar de los sabores típicos, pasear a caballo y recrear juegos tradicionales. Este rinconcito que está en las riberas del río mantiene las chozas antiguas, pero los propietarios y los visitantes demandan mayor seguridad y alcantarillado sanitario.
Los que nacieron en esas casas de horcones de madera y techo de motacú relatan la historia de este paseo que ha sido declarado Patrimonio Cultural y Turístico Departamental. “Somos la historia viviente de la Santa Cruz de antaño”, manifiesta con orgullo Humberto Bauer (54), desde su cabaña El Tucán, lugar donde nació. Relata que en los años 1970 se gestó este lugar con la oferta gastronómica. “Un día mis padres (Nilda Gonzales y Andrés Bauer) llevaron al río a mis hermanas Zadia y María y entre las cosas que cargó mi madre estaba una olla con todos los ingredientes para un majadito. Mientras mi padre y mis hermanas jugaban, mi madre se afanaba con el almuerzo. Contaba mi mamá que cuando acabaron de comer, se acercó una pareja a preguntar si les vendía un poco de comida. Al principio se rehusó, pero luego notó que la mujer estaba embarazada y terminó vendiéndole. El hombre le pagó con un billete de Bs 20, que por ese entonces era mucho dinero. Justo en ese momento nació la iniciativa”, relató Humberto. Por esos años, agregó, el río Piraí era muy concurrido por familias enteras. Todos iban a chapotear un rato y se volvían, cada quien llevaba su ‘tapeque’, pero no faltaba quien se quedaban mirando. “Nosotros vivíamos por el barrio 4 de Noviembre, pero la visión de negocio de mi mamá hizo que nos traslademos hasta las orillas del río. Aquí nací yo y mi hermana (Rossy)”, asegura Bauer. Lo que comenzó con un simple paseo, terminó como una cabaña de motacú, con banquetas cuyas patas estaban enterradas en la arena, donde se ofrecía horneados, locro y majadito. “Se llegaron a instalar algo de ocho cabañas. Todo iba bien hasta el 18 de marzo de 1983 cuando llegó la riada y arrasó con todo a su paso”, relató Humberto. “No quedó nada y ni siquiera era agua, era lodo que se llevó todo a su paso, desde las cabañas hasta personas. Varios perdieron la vida”, relató Alfredo Fortunatty (64), otro hijo de cabañero que estuvo asentado en la zona antes de la riada. Para Alfredo recordar esos momentos aún le genera angustia. “Lo perdimos todo”, aseveró a tiempo de indicar que fueron trasladados a otras zonas como el Plan Tres Mil. “Pero nosotros somos cuerudos y decidimos volver. Además, en esas carpitas el espacio era pequeño y la gente comenzó a enfermar”, manifestó. Cuatro décadas después Casi 40 años después, las cabañas están compuestas por medio centenar de emprendimientos. Algunos fieles al estilo costumbrista ofrecen solo los horneados y comidas típicas y otros han implementado platillos nacionales y hasta musicones con bebidas alcohólicas. “Eso es lo que no me gusta. Promovemos un lugar turístico, antes venían familias al río y luego pasaban por su buen majadito y de paso se llevaban cuñapé o sonso. Ahora, vienen a comer y toman (alcohol) hasta que no pueden más. Si prohibieran el consumo de alcohol sería excelente”, confesó don Alfredo, quien además aseguró que los excesos generan inseguridad en la zona. Añadió que, a pesar de contar con dos puestos policiales, la presencia de los uniformados es escasa. Sin embargo, aclara que ahora hay más patrullaje que antes. “Desde que denunciaron robos y atracos por esta zona las autoridades han intentado hacer algunos controles. Pero, todavía es inseguro transitar a altas horas de la noche”, indicó Fortunatty. A la inseguridad, se suma otra gran necesidad y es el alcantarillado sanitario. En el inicio del mes cívico, la Asamblea Legislativa Departamental declaró a las Cabañas del Río Piraí como Patrimonio Cultural y Turístico de Santa Cruz. La finalidad de la normativa es preservar, conservar y difundir las costumbres del pueblo cruceño e incentivar a la población a continuar con las costumbres y tradiciones.
Fue así que tres meses después del desastre ya había una familia instalada en las orillas del río, los Bauer Gonzáles. “Mi madre fue la pionera en los años 1970 y lo hizo otra vez después de la riada”, aseguró Humberto.
“Cada cabañero cuenta con su cámara séptica, pero no es lo mismo. Nosotros también pagamos servicios básicos y tributamos como actividad comercial, no puede ser que no contemos con alcantarillado”, reclamó don Humberto.
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