El silencio también habla. En el estudio del programa Aquí Estoy no pesa la ausencia de palabras, sino el tiempo que se toma cada una para existir. Leonardo Landívar escribe con las miradas. Una computadora traduce sus pensamientos en una voz metálica que no le pertenece. No es su voz. Pero es su mensaje. Y alcanza.
Tiene 35 años. En 2020 recibió el diagnóstico de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Desde entonces, su cuerpo se ha ido apagando de a poco, como una casa donde las luces se apagan una por una. Se moviliza en silla de ruedas y necesita asistencia permanente. Sin embargo, cuando la pantalla reproduce lo que piensa, la fragilidad cambia de lugar. Lo que aparece es otra cosa: claridad.
“Soy una persona que aprendió a mirarse con honestidad”, escribe. Más allá del cuerpo, se define por lo que siente, por cómo ama y por la manera en que elige vivir cada día. Para él, la vida no se mide por su duración, sino por la profundidad con la que se la habita.
El diagnóstico fue una ruptura. Una cuenta regresiva que nadie enseña a enfrentar. “Nadie te enseña a vivir sabiendo que todo puede acabarse pronto”, reconoce. El tiempo, que antes parecía una promesa abierta, se convirtió en una amenaza constante. Durante semanas y meses respiró con miedo. Cada tratamiento llegaba acompañado de preguntas, de enojo, de una sensación de injusticia difícil de sostener. “El aire entra, pero no alcanza”.
Respirar, con el tiempo, dejó de ser un reflejo. Se volvió una decisión. “Si seguía respirando desde el miedo, ya estaba perdiendo la vida antes de tiempo”. El miedo no desapareció, pero dejó de mandar. Sigue ahí, pero ya no gobierna los días ni define el sentido. “No se trata de eliminarlo, sino de no permitir que me quite la posibilidad de vivir con propósito hasta el último día de mi vida”.
Antes de la enfermedad había planes, metas, una vida proyectada hacia adelante. Hoy la plenitud se mide de otra forma. “Vivir una vida plena es poder habitar el ahora sin postergarlo. Disfrutar a las personas que amo, agradecer lo cotidiano y entender que no hace falta tenerlo todo para sentir que la vida está completa”.
El duelo fue doble. El del cuerpo, visible y diario, que no da tregua. Y el del futuro imaginado, silencioso y más profundo. “No lloras solo lo que no vas a hacer, sino lo que creías que ibas a hacer”. Una despedida sin ritual ni testigos. “Es una muerte sin funeral”.
En ese punto, Leonardo entendió que el dolor no se supera: se aprende a llevar. Que hay días en los que el cuerpo pesa más y otros en los que el alma sostiene. Descubrió que la vida no siempre avanza hacia adelante: a veces se profundiza. Que la fragilidad no anula el sentido, sino que lo vuelve más urgente. En la pausa forzada por la enfermedad, el ruido del mundo se apagó y aparecieron preguntas esenciales: a quién amar, qué agradecer, cómo estar. No hubo respuestas rápidas, solo una certeza que se fue formando con los días: mientras haya conciencia, hay posibilidad de vivir con verdad.
Cuando el futuro se rompe, el sentido de la vida debe reconstruirse desde cero. No es inspirador. Es crudo. Pero también es ahí donde, si se sobrevive, se aprende a vivir de verdad.
En ese trayecto, el amor se volvió ancla. Valeria, su esposa. Su hija. Presencias que sostienen cuando todo parece moverse. “El amor no te cura, no te promete nada, pero no te suelta”. Devuelve dignidad cuando el cuerpo se debilita y recuerda quién se es cuando la enfermedad intenta ocuparlo todo.
Descubrió una forma de amor que no conocía. Un amor que se cansa, que aprende a ser fuerte en silencio, que elige quedarse aun sabiendo lo que viene. “Entender que alguien elige quedarse te cambia para siempre”.
Amar sin miedo es no permitir que el miedo robe lo que todavía existe. “Cuando el tiempo se vuelve tan valioso, el amor deja de ser un sentimiento bonito y se vuelve un acto de valentía”. Elegirse cada día. Decir lo importante a tiempo. Abrazarse sin apuro.
Leonardo ya no se levanta para pelear. “La pelea constante también es una forma de negación”. Mantiene ocupado, pero no permite vivir. El giro llegó cuando dejó de preguntarse contra qué luchar y empezó a preguntarse cómo quería vivir. “Aceptar no fue resignarme. Fue hacer espacio para la vida real, imperfecta, limitada, pero profundamente valiosa”.
La felicidad, en su caso, no es cómoda ni liviana. “Es una felicidad que nace con lágrimas en los ojos”. Convive con el miedo y el cansancio, pero es real. Aparece en gestos mínimos: una mirada que sostiene, un abrazo que no intenta arreglar nada, el simple hecho de despertar y saber que todavía importa.
Las cosas simples se volvieron gigantes. Despertar. Respirar. Mirar a quienes ama. “Nada está garantizado”. Entenderlo cambia todo. Agradecer dejó de ser una costumbre y se volvió una necesidad diaria.
La enfermedad no llegó con lecciones bonitas. Golpeó y obligó a frenar. En esa pausa forzada se apagó el ruido de la prisa y aparecieron verdades incómodas. “Lo urgente casi siempre roba lo importante”.
Cuando piensa en lo que debería aprender el mundo de su historia, no aparecen consignas, sino advertencias. “Nadie está tan lejos del final como cree”. Vivir como si el tiempo fuera infinito es una forma sutil de desperdiciarlo. El amor no se posterga. Estar presente es una responsabilidad profunda.
La última vez que pensó qué hermoso es estar vivo fue en un instante mínimo. Silencio. Su familia frente a él. “Nada de esto está garantizado, y aun así hoy lo tengo”. Antes esperaba que ocurriera algo grande para sentirse feliz. Hoy entiende que grande es eso: estar.
Trascender, para Leonardo, no es dejar un nombre, sino una huella. “No ser recordado por grandeza, sino por verdad”. Que su historia no se lea desde el diagnóstico, sino desde el amor.
Sus sueños ahora son simples y sagrados. Estar. Acompañar. Que su hija recuerde su amor más que su ausencia. “Que cuando piense en mí, sienta abrigo y no vacío”.
La esperanza aparece en la fe, en lo cotidiano, en la certeza de no estar solo. No borra el dolor ni elimina el miedo, pero ofrece algo esencial: paz para atravesarlo.
Hay días en los que el cansancio pesa, pero también hay otros en los que la gratitud se impone. Leonardo no idealiza la enfermedad; simplemente decide no permitir que le robe la capacidad de amar y estar.
Leonardo cumplirá 36 años en agosto. No celebra la duración de la vida, sino su profundidad. “Mientras hay vida, hay amor”. La frase queda suspendida en el estudio, dicha con una voz que no es la suya, pero que lo representa por completo. Y sigue resonando mucho después de que el silencio vuelve a ocupar el lugar.