Desde hace cerca de un mes se veía venir este momento, cuando los casos positivos de Covid-19 comenzaban lenta pero sostenidamente a crecer, y hoy el dramático cuadro se cuenta con los números más altos desde que llegó la pandemia: Santa Cruz tuvo ayer 3.278 nuevos contagios y 20 personas fallecieron. Las autoridades estiman que aún no es el pico, porque la ola seguirá creciendo.
Los centros de diagnóstico de la ciudad se han llenado de interminables colas de personas que llegan por centenares desde horas de la madrugada para hacerse una prueba de antígeno o PCR y las filas de vehículos en el cambódromo llegan hasta el cuarto anillo.
Los responsables de Salud han tenido que pedir a la población que no acuda a esos lugares si no presentan los síntomas característicos de la enfermedad. Sin embargo, contra la desesperación de la gente no hay recomendación que valga, ni siquiera porque escasean las pruebas.
“No es una prueba de control, es una prueba de diagnóstico”, repiten los responsables de Salud en su afán de contener las oleadas de personas que acuden a uno de los 36 centros habilitados en la ciudad, a veces incluso al día siguiente de haber tenido algún contacto con alguien que dio positivo al virus.
A estas alturas ya no hay secretos y la gente debiera saber que tienen que pasar entre cinco a siete días desde el momento del contacto con una persona enferma para determinar con precisión si hubo contagio. Antes de los cinco días, las pruebas darán negativo y llevarán a riesgosos equívocos, al margen de dificultar el trabajo del personal de Salud y perjudicar a las personas que sí presentan síntomas y probablemente darán positivo.
El inusual número de contagios debe tener una explicación científica. En la mayoría de los países donde se está produciendo una escalada similar, la evidencia es contundente: se trata de la variante ómicron, que como se anunció, se caracteriza por su mayor transmisibilidad y aparentemente su menor letalidad.
Esto último, sin embargo, ha sido relativizado por estudios que demuestran que no es que ómicron sea menos peligrosa que las anteriores variantes, sino que llega al mundo en un momento en que los índices de vacunación en la mayoría de los países han superado el 50 por ciento de la población.
Ómicron en cuerpo vacunado no es letal, no por la debilidad del virus, sino porque el organismo ya tiene las defensas de la vacuna para impedir que los efectos sean graves como en los tiempos en que no existía la inyección inmunizante.
Autoridades del Ministerio de Salud descartaron la anterior semana que ese nuevo tipo de virus haya llegado al país, pero las cifras de cada noche parecen poner en duda esa afirmación. Que ómicron esté en Bolivia no es un triunfo ni un fracaso de nadie, de modo que no debiera haber un cálculo político en algo tan delicado.
Desde La Paz una viceministra de Salud atribuyó el rápido aumento de contagios en Santa Cruz a que supuestamente no se está haciendo un diagnóstico oportuno y temprano, y recomendaba realizar pruebas masivas para diagnosticar oportunamente y hacer un corte en la transmisión de casos.
El caso es que un índice tan alto de pruebas positivas como el de Santa Cruz, donde 38 de cada cien pruebas resultan positivas, debe merecer la máxima atención y preocupación de los tres niveles de gobierno municipal, departamental y nacional. Es necesario emprender acciones contundentes para que la transmisión del virus no se salga de control en la región.