Sin embargo, tal exhortación resulta paradójica cuando quien la emite ha demostrado, de manera reiterada, una preocupante carencia de madurez emocional y de formación política, sustituyendo el ejercicio reflexivo del poder por la inmediatez superficial de las redes sociales, particularmente TikTok, plataforma desde la cual comunica decisiones, gestos y posturas que exigen mayor rigor institucional.
No puedo evitar mirar este escenario a través del prisma de la pedagogía de Immanuel Kant y la visión política de Aristóteles. Ambos pensadores coincidían, desde perspectivas distintas, en que el gobernante debía ser producto de un proceso formativo profundo, orientado no solo al conocimiento técnico sino al cultivo moral. Kant sostenía que la educación debía conducir al ser humano desde su estado de animalidad hacia la autonomía racional, formando sujetos capaces de pensar por sí mismos y actuar conforme a principios universales. ¿Cómo conciliar este ideal con una práctica política que reduce la comunicación pública a fragmentos virales y discursos diseñados para la aprobación instantánea?
Cuando el vicepresidente Lara transforma la política en espectáculo digital, no solo trivializa la función pública, sino que erosiona la noción misma de pedagogía del poder. Gobernar no es entretener; gobernar es educar con el ejemplo. En Kant, la madurez no es una pose discursiva ni una etiqueta moral que se proclama; es un proceso arduo de autogobierno, una disciplina interna que se traduce en responsabilidad exterior. Desde esta óptica, apelar a la “madurez del pueblo” mientras se actúa desde la impulsividad mediática, resulta una contradicción que roza lo grotesco.
A ello se suma la crítica emitida esta semana por la vocera presidencial, quien señaló que “de 14 días de gestión, 6 estuvo fuera”, en referencia a los viajes del vicepresidente. Más allá de la veracidad administrativa que las instancias competentes deberán esclarecer, el acto mismo de ausentarse de las labores mientras se exige madurez a otros, deja al descubierto un desfase ético entre el discurso y la acción.
Aristóteles, por su parte, concebía la política como la forma suprema de la ética, pues su finalidad era el bien común. El gobernante debía ser un humano virtuoso, dotado de phronesis, esa prudencia práctica que permite discernir lo justo en cada circunstancia concreta. La virtud no se improvisa ni se viraliza: se ejerce con mesura, palabra precisa y presencia responsable. Cuando el poder se diluye en la búsqueda de likes y aprobación inmediata, se abandona la racionalidad deliberativa que da sentido a la polis y se sustituye por la teatralización del liderazgo.
El problema no es únicamente estético ni generacional; es profundamente filosófico. Estamos asistiendo a una pedagogía invertida del poder, donde el ejemplo ya no forma, sino que deforma; donde la política deja de ser escuela cívica para convertirse en escenario de autoafirmación narcisista. En lugar de educar al ciudadano hacia la autonomía crítica —como proponía Kant— se le seduce con mensajes simplificados que apelan más a la emoción que al razonamiento.
La madurez política, tan mencionada por Lara, no se construye en videos de pocos segundos ni en discursos moralizantes dirigidos a otros actores mientras se descuida el propio ejercicio de responsabilidad. La madurez se evidencia en la coherencia, en la capacidad de asumir errores, en la disposición al diálogo sin victimismos ni poses de superioridad ética.
Aristóteles advertía que cuando la política se divorcia de la virtud, degenera en demagogia. Hoy, Bolivia enfrenta no solo una crisis de liderazgo, sino una crisis de formación ética en quienes ostentan el poder. La figura del vicepresidente, lejos de convertirse en referente pedagógico de la ciudadanía, se diluye en una estética de lo efímero, donde la solemnidad institucional es reemplazada por la frivolidad comunicacional.
No cuestiono el derecho del vicepresidente a usar nuevas plataformas, sino la pobreza conceptual con la que se las utiliza. No se trata de modernizar el poder, sino de dignificarlo. No se trata de hablar más, sino de pensar mejor. La palabra política debe ser espacio de reflexión, no de entretenimiento.
El pueblo, efectivamente, espera madurez. Pero no la madurez impostada que se proclama desde la comodidad del poder, sino aquella que se construye con ética, presencia y coherencia. Y esa madurez, como nos enseñaron Kant y Aristóteles, empieza por uno mismo.
Bolivia no necesita gobernantes que sermoneen desde la pantalla; necesita estadistas que comprendan que el poder también educa, y que cada gesto, cada palabra y cada ausencia dejan huella en la conciencia colectiva. Mientras esa comprensión no exista, la pedagogía del poder seguirá siendo una asignatura reprobada en la más alta esfera del Estado.