MSc. Alberto Limpias Calvimontes
“El cerebro es un cognitive miser, un tacaño cognitivo que procura gastar la menor energía posible en resolver problemas.” – Susan Fiske y Shelley Taylor
En las últimas semanas, en charlas con profesionales de diferentes universidades y de distintas áreas, coincidimos en una misma preocupación: la creciente dependencia de los estudiantes hacia la inteligencia artificial. Muchos compartieron experiencias similares. Al solicitar proyectos o investigaciones apoyadas en herramientas de IA, recibieron trabajos impecablemente redactados, pero carentes de comprensión real. Durante las defensas orales, varios estudiantes no pudieron explicar los métodos empleados ni justificar sus resultados. La sorpresa fue general. La frustración también: la tecnología había sido usada como un sustituto del razonamiento, no como una vía para fortalecerlo.
No se trata de rechazar la inteligencia artificial. Al contrario, su potencial para ampliar el acceso al conocimiento, mejorar la productividad académica y personalizar el aprendizaje es innegable. Pero su verdadero valor depende del uso que se haga de ella.
El gran desafío hoy no está en dominar la tecnología, sino en formar mentes capaces de pensar, analizar e interpretar en un entorno donde las respuestas parecen estar siempre a un clic de distancia.
La UNESCO ha propuesto un marco de competencias que orienta a docentes y estudiantes en el uso ético y efectivo de la inteligencia artificial. Este marco abarca cuatro dimensiones: el pensamiento centrado en lo humano, la ética de la IA, las técnicas y aplicaciones, y el diseño de sistemas. Entre todas, la ética y el pensamiento crítico son las que más nos interpelan como educadores. No se trata de restringir el uso de la tecnología, sino de integrarla sin perder la esencia del aprendizaje: el razonamiento, la comprensión y la construcción de significado.
Hoy más que nunca, es necesario repensar nuestras prácticas docentes. Si seguimos evaluando solo los productos finales —informes bien redactados, gráficos precisos o conclusiones impecables—, corremos el riesgo de premiar la apariencia del conocimiento, no su profundidad.
En una reciente capacitación sobre IA, un formador expresó algo muy cierto:
“Hoy los docentes no podemos medir solo por resultados, porque las inteligencias artificiales pueden generarlos fácilmente; debemos volver a valorar el proceso, el camino que llevó a ese resultado.”
Esa frase resume el cambio de mirada que necesitamos. Evaluar el proceso significa acompañar al estudiante en su recorrido intelectual, valorar su esfuerzo por comprender, su interpretación personal y su capacidad de argumentar. Significa volver a poner en el centro del aprendizaje la curiosidad, la reflexión y el pensamiento propio.
Con ese propósito, propongo tres líneas de acción que pueden fortalecer la labor docente frente a este nuevo escenario:
1.- Evaluar el proceso, no solo el resultado.
Pedir evidencias del trabajo —Avances y justificaciones del uso de IA— permite verificar la comprensión y promover la honestidad académica.
2.- Reforzar la defensa oral y el análisis crítico.
Las presentaciones deben centrarse en el “por qué” y el “cómo” de los resultados, más que en repetir información generada por una herramienta.
3.- Fomentar la alfabetización digital y ética en IA, tanto en docentes como en estudiantes.
No basta con enseñar a usar la tecnología; es necesario formar criterio sobre su uso responsable y sus límites.
El contexto universitario boliviano enfrenta un doble desafío: integrar la innovación tecnológica y al mismo tiempo, preservar el desarrollo del pensamiento crítico. Algunas universidades ya avanzan en la incorporación de la IA en el aula, pero todavía falta una socialización más profunda y una capacitación sistemática que contemple los aspectos éticos y pedagógicos.
La formación docente debe ser continua y flexible, porque las herramientas tecnológicas evolucionan con rapidez, y con ellas también los riesgos de dependencia y desinformación.
En este proceso, las universidades tienen un papel decisivo. En el caso de la Universidad Tecnológica Privada de Santa Cruz (UTEPSA), su compromiso con la formación integral, el uso ético y responsable de la Inteligencia Artificial constituye un ejemplo de avance institucional. Iniciativas como ésta demuestran que es posible equilibrar innovación con pensamiento crítico y tecnología con humanidad.
La docencia del siglo XXI exige equilibrio y propósito. No se trata únicamente de enseñar a usar una herramienta, sino de enseñar a pensar con ella: comprender sus alcances, reconocer sus sesgos y emplearla para potenciar el aprendizaje. La inteligencia artificial puede ser una aliada extraordinaria, siempre que los estudiantes comprendan que pensar sigue siendo una tarea insustituible.
Mi llamado es claro: no renunciemos al pensamiento humano en la era de la Inteligencia Artificial. Nuestra misión no es competir con la tecnología, sino formar personas capaces de interpretarla, cuestionarla y utilizarla con sentido.
La educación debe seguir siendo ese espacio donde la inteligencia —humana y artificial— dialogan, se complementan y construyen conocimiento auténtico.
La tecnología no es la enemiga. La verdadera amenaza es la pereza cognitiva.
Y frente a ella, nuestra mejor respuesta seguirá siendo enseñar a pensar en esta era digital.