Por razones que huelga explicar, el aeropuerto internacional de Viru Viru -principal puerta de entrada y salida aérea de Bolivia- debería ser una buena vitrina del país. Pero basta recorrerlo para que esa imagen quede empañada. Unas estrechas vías de conexión externas, a oscuras y llenas de baches, son la primera señal de un descuido inadmisible. No es solo una cuestión estética porque la falta de iluminación en un largo tramo de la ruta principal y el deterioro del pavimento representan un riesgo real para conductores y pasajeros que, en medio de la penumbra, avanzan a barquinazos.
Una señalización escasa y deficiente acentúa la sensación de abandono. Quien llega a la terminal aérea por primera vez difícilmente sabrá por dónde entrar, salir o simplemente estacionar. Y por si fuera poco, la maleza crecida en las rampas del viaducto de ingreso y salida completa un paisaje propio de una infraestructura que parece haber quedado fuera del radar de los encargados de la administración y mantenimiento de Viru Viru.
En el edificio terminal, la situación tampoco es mejor. Espacios incómodos, servicios limitados y otras deficiencias se combinan para generar una experiencia frustrante tanto para los viajeros nacionales como para los extranjeros que intentan formarse una primera impresión del país. Al respecto, el silencio institucional es ensordecedor. Mientras Viru Viru se deteriora gradualmente y hasta podría dejar de reunir los estándares mínimos exigidos para su funcionamiento a escala internacional, nadie ofrece explicaciones ni anuncia soluciones. Y así, el aeropuerto que debería ser símbolo de modernidad y eficiencia es reflejo de una desidia apabullante que, lamentablemente, se ha vuelto rutina habitual.