Nuevos y viejos asambleístas se preparan para iniciar, el 4 de noviembre, la legislatura. Ese día conoceremos las mesas directivas de ambas cámaras (Senado y Diputados), aunque ya se filtran los nombres de los posibles presidentes de ambos hemiciclos. Las primeras discusiones partidarias, las que debían definir a los jefes de las bancadas, han mostrado fricciones al interior de los diversos frentes. El malestar de quienes han quedado al margen de estas designaciones ha sido público y notorio.
El ejemplo que deja la Asamblea saliente se constituye en un manual de todo lo que no se debe hacer en el Legislativo. La lista de ‘comportamientos no deseables’ es larga. Más allá de las rupturas internas en cada bancada, el ‘legado’ que deja esta asamblea es lamentable. Basta observar la última sesión de la ALP, ayer viernes, y el persistente cruce de insultos que impide un normal diálogo en las sesiones. Gritos, ofensas y confusiones sobre cómo proceder durante la sesión demuestra que ni Choquehuanca, ni las directivas, ni gran parte de los asambleístas comprendieron el valor del debate de ideas que caracterizaría a un buen hemiciclo.
Las disputas por las bancadas, al menos de las dos primeras bancadas, son una señal de alerta sobre lo que puede suceder en la nueva Asamblea. Más aún con el malicioso cambio de reglamento aprobado por la Cámara de Diputados que devuelve los 2/3 obligatorios para la aprobación de ciertas leyes estratégicas. Lo hicieron no por reponer el valor del consenso necesario propio de las democracias; sino por entorpecer cualquier medida legislativa de urgencia que pretenda asumir el próximo gobierno para sacar el país de la crisis económica que ahoga a miles y miles de bolivianos.