Las urnas definirán, en un mes, a las nuevas autoridades autonómicas. Las listas son abultadas, las propuestas repetidas y los candidatos, en muchos casos, aún desconocidos. Será un mes intenso, de mucha propaganda electoral, de mucha guerra sucia, de muchos ataques que, a la larga, refuerzan las posiciones victimistas de los candidatos. Una historia repetida; una historia que cansa.
Los votantes quieren propuestas reales, no promesas digitales. En una campaña que abusa de la inteligencia artificial para mostrar los imposibles proyectos de los postulantes, el día a día de la gente queda postergado. Necesitan mejorar sus calles, con asfalto, con sistema de alcantarillado, con luz accesible y con agua constante. Demandan una gestión que atienda, de manera prioritaria, el factor humano: salud, educación, seguridad y esparcimiento (cultura). En definitiva, exigen que se cambie esa historia y se cuente con políticos dispuestos a servir, a escuchar y resolver los problemas de la gente.
Los candidatos y, sobre todo, sus estrategas de campaña están aislados. Envueltos en el mundo de las redes sociales, buscan (o compran) likes y reacciones como bandera electoral. Todo por mostrar a su postulante un pico de popularidad muy distante del sentido de la calle. Como dijo un analista, si fuera por las redes sociales, cada elección tendría cinco o seis ganadores. Pero, de vuelta a la realidad, las redes no pasan de ser una herramienta para acercarse a la población, una más como las caminatas, las reuniones con los vecinos o los encuentros con los sectores. Queda un mes para las elecciones, tiempo suficiente para que las campañas conecten de verdad con la gente.