Abrir una bolsa de papas fritas y no poder dejar de comer responde a mecanismos científicos. Estos productos están formulados para estimular de manera intensa los centros de placer del cerebro, gracias a una combinación específica de grasa, sal y carbohidratos refinados.
El crujido, el aroma y la rápida disolución en la boca generan una experiencia sensorial de alto impacto, que dificulta resistirse. Especialistas explican que no se trata de falta de voluntad, sino de una estrategia de formulación destinada a impulsar el consumo más allá del hambre real.
El médico y divulgador español Manuel Viso sostiene que este comportamiento responde a un diseño intencionado de estos alimentos, orientado a estimular de manera intensa los centros cerebrales del placer. “No es tu culpa. Están diseñadas para que no puedas parar”, explicó Viso a Infobae.
Las papas fritas logran un efecto gratificante particular al combinar grasa, sal y carbohidratos refinados. Además, la textura crujiente, el aroma tostado y la rápida disolución en la boca intensifican el placer percibido. Viso indica que el crujido característico activa la liberación de dopamina, neurotransmisor clave en el sistema de recompensa cerebral, lo que incentiva el deseo de seguir comiendo.
La mezcla de sal y grasa potencia el sabor, incrementando el placer y el impulso de continuar. Al deshacerse rápidamente en la boca, el cerebro subestima el aporte calórico: una bolsa de 150 gramos puede alcanzar hasta 800 kilocalorías, similar a una comida completa.