Las personas que comen a horas tardías podrían tener más hambre que las que lo hacen temprano, además, también quemarían menos calorías y tenderían acumular más grasa, lo que promueve el desarrollo de obesidad.
No solo el qué comemos sino cuándo lo comemos. Así lo ha revelado un estudio realizado por miembros del Brigham and Women’s Hospital, en el que ha participado la española Marta Garaulet, que pretendía conocer los efectos que tiene la ingesta de comida pronto o más tarde en factores como el hambre, la quema de calorías y los cambios en el tejido adiposo del cuerpo.
La investigación, en la revista Cell Metabolism, se ha llevado a cabo gracias a un grupo de 16 personas con un índice de masa corporal (IMC) que entraban dentro del rango de sobrepeso u obesidad.
Cada uno de los pacientes realizó dos protocolos, uno en el que debían comer temprano de manera estricta y otro con las mismas comidas, pero cuatro horas más tarde.
Para intentar variar lo menos posible los resultados, durante dos o tres semanas antes de comenzar cada uno de los protocolos, los participantes siguieron unas rutinas fijas de sueño y vigilia, y, además, en los tres días antes de ir al laboratorio siguieron estrictas dietas y los mismos horarios de comidas. Después, rellenaron cuestionarios sobre sus niveles de hambre, se les tomó varias muestras de sangre al día, se les midió la temperatura corporal y el gasto de energía.
“La insulina le dice a los músculos que sean una esponja y absorban la glucosa en la sangre”, dijo Steven Malin, de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey.
“Piensa en ello como en el agua de un grifo: abres el agua y una gota toca la esponja y se absorbe inmediatamente”, dijo Malin. “Pero si no se hace ejercicio, si no se involucran los músculos, es como si esa esponja se quedara seca durante un par de días. Una gota no va a hacer que se ablande de nuevo”.
Podría aumentar la acumulación de grasa
Los resultados que los investigadores se encontraron indicaron que cuando se comía más tarde se tenía más hambre, pues los niveles de dos hormonas reguladoras del apetito, la leptina y grelina, estaban alteradas. Concretamente observaron que la leptina, que es la que se encarga de informar de la saciedad al cerebro, se redujo durante el periodo en el que las comidas se hacían más tarde, en comparación con cuando se hacían más pronto.
Además, cuando los participantes hacían sus ingestas con retraso, mostraban una quema de calorías más lenta y una expresión del gen del tejido adiposo orientado a un aumento de la adipogénesis y una reducción de la lipólisis, promoviendo la acumulación de grasa, que podría conducir al desarrollo o empeoramiento de la obesidad.
Este descubrimiento ha permitido aclarar un poco más los mecanismos fisiológicos y moleculares convergentes que subyacen a la correlación entre comer tarde y el aumento en el riesgo de desarrollar obesidad.
Aun así, los investigadores quieren seguir estudiándolo, especialmente en grupos más grandes y que incluyan más mujeres, pues en este trabajo solo había cinco féminas.
“En este estudio, preguntamos: ¿Importa el tiempo que comemos cuando todo lo demás se mantiene constante? Y descubrimos que comer cuatro horas más tarde hace una diferencia significativa para nuestros niveles de hambre, la forma en que quemamos calorías después de comer y la forma en que almacenamos grasa”, ha explicado la principal autora Nina Vujovic.
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