El 6 de noviembre recuperó su libertad después de 1.701 días detenida en una cárcel de La Paz. Hoy, casi un mes después, la expresidenta Jeanine Áñez volvió a hablar y lo hizo en una emotiva entrevista con el grupo El DEBER desde Trinidad, donde intenta reconstruir su vida en libertad. Recordó entre sollozos que fue impedida de asistir al sepelio de su madre y pidió perdón a sus hijos.
La exmandataria apuntó directamente a Luis Arce y Evo Morales como responsables de haberla convertido en “presa política”; denunció una “saña sin misericordia” en su contra y afirmó que, pese a no guardar rencor, buscará justicia contra quienes —según dice— manipularon el sistema judicial para mantenerla en la cárcel. “Se fue el ogro y las cosas cambiaron”, aseguró.
—Han pasado un mes desde su salida de la cárcel y usted mantuvo un largo silencio. ¿Cómo fueron esos primeros días después de 1.701 días privada de libertad?
Inicialmente pensé darme un espacio para reflexionar, para volver a respirar en libertad, para estar con mis hijos, con mi familia, con mis amistades, estar en mi pueblo, con mi mascota que tanto extrañaba. Por eso decidí tener un tiempo de silencio.
Pero creo que ya es momento de decir mi verdad para que no sigan hablando a mi nombre. He estado en muchas actividades, pero personales, aquí. Obviamente no es fácil después de casi cinco años de estar privada de libertad, pero siempre con la conciencia tranquila.
Yo estaba consciente de que no era una presa por haber cometido un delito, sino porque representaba un contexto político en su momento. Eso tuvo sus consecuencias, donde yo era la principal protagonista y donde hubo una saña sin misericordia en mi contra. Pero decidí sobreponerme, decidí demostrar que la dignidad tiene que sobreponerse a la injusticia y, con la fe que tengo en Dios, eso lo he conseguido, lo he sabido sobrellevar.
Aquí estoy nuevamente en mi tierra, respirando libertad y con muchísima esperanza de que la justicia cambie, de que nuestra Bolivia cambie, porque eso es lo que buscamos, lo que esperamos. Estamos con mucha expectativa de lo que vaya a pasar en adelante.
— A propósito de la justicia, ¿cuál es hoy su percepción sobre la justicia boliviana?
Sin duda, en los años que estuve privada de libertad no había ninguna posibilidad de justicia. A mí me quitaron todas las condiciones de defensa. De hecho, por eso decidí no tener abogados en los nueve procesos que me abrieron, porque no había condiciones, no había ninguna posibilidad.
No era posible defenderse ante un tribunal, ante fiscales, ante el poder político que tenía enfrente. Era pelear contra el poder, y eso es prácticamente imposible cuando las garantías constitucionales no existen.
En un principio incluso pensé en defenderme, porque no correspondía tener un juicio ordinario, sino un juicio de responsabilidades. Lo pensé, solamente lo pensé. Pero, al pasar los días y las audiencias que yo tenía —unas tres por semana, hubo semanas con cuatro—, el daño emocional era impresionante.
Decidí que no era justo para mí ese desgaste. Era tremendamente inhumano. Entonces dije: que ellos hagan lo que tengan que hacer, porque en algún momento se va a restituir el Estado de derecho en nuestro país, en algún momento vamos a volver los presos políticos a confiar en la justicia. Y eso es lo que hemos empezado a ver en este tiempo.
— Fueron 1.701 días, con audiencias constantes, problemas de salud y mucha presión. ¿De dónde sacó fuerzas para enfrentar todo ese proceso?
A mí no me parecía justo que mis hijos me vieran quebrada. No se trataba solo de procesarme y terminar con una sanción, se trataba de quebrarme como ser humano.
Detrás de un preso político —y mucho peor, cuando uno es consciente de que no ha cometido un delito, sino que ha actuado de buena fe, por compromiso con el deber y con la patria— hay una familia que también sufre todas las consecuencias. No me parecía justo que mis hijos me vieran derrotada.
Con la fe que tengo en Dios, creo que de ahí saqué todas mis fuerzas. Soy una mujer muy entregada a la fe, y eso ayudó muchísimo; sin eso no hubiera podido. Había días en que yo despertaba y no sabía de dónde tenía tanta fuerza para seguir adelante; en otros simplemente existía, no sabía qué hacer, y me llenaba de rabia, de odio, de tristeza, por la incertidumbre: no saber qué iba a pasar, qué más me iban a hacer, con qué otras denuncias saldrían ese día.
La cárcel es una incertidumbre extrema. Pero en esas condiciones tan difíciles también hice cosas que siempre había querido hacer. Por ejemplo, escribir un libro. Siempre quise escribirlo y en la cárcel pude hacerlo. No tenía acceso a internet ni a computadora; escribí con lo que recordaba.
También siempre me gustaron las manualidades, la costura. Y fíjese las ironías de la vida: cumplí esos deseos privada de libertad, porque me distraían, me gustaban y los disfrutaba.
— ¿Cuál fue el episodio más duro que le tocó vivir en el penal de Miraflores? Se habló incluso de un intento de quitarse la vida.
El hecho mismo de estar en la cárcel ya es un shock impresionante cuando uno se sabe una persona de bien, cuando siempre ha respetado las leyes y es una mujer de fe. Cruzar el umbral de la cárcel es algo inimaginable para alguien como yo me considero.
Eso cambió mi vida para siempre. Marca, deja huellas. Uno tiene que luchar todos los días para no vivir recordando y guardando rencor. Tiene que limpiarse por dentro, aceptar que eso fue lo que le tocó, aunque siempre lo consideré injusto, brutal, macabro.
Siempre dije: fue lo que me tocó, y Dios sabrá por qué lo hizo. Esto no va a ser para siempre, en algún momento tiene que terminar. Pero ese acto cobarde de quienes promovieron todo —el ministro del Castillo, el general Aguilera, Iván Lima— fue trasladar la amenaza y la violencia psicológica hacia mí y hacia mi hija. Eso fue particularmente doloroso.
— Usted dice que no guarda rencor, pero reclama justicia. ¿Cómo convive con esos sentimientos?
Rencor no, pero sí quiero justicia. Dios es bueno y perdona a todos, pero las cosas se tienen que pagar.
Gracias a Dios, rencor no tengo, no estoy llena de odio. Pero sí voy a buscar justicia. La gente que se portó mal, abusiva, cobarde conmigo y con mi hija, tendrá que pagar. De eso no quepa la menor duda.
— En la cárcel habla de amistades verdaderas. ¿Recuerda a alguien en especial que siga privada de libertad?
De hecho, estoy yendo a La Paz la próxima semana y voy a visitar a una gran amiga. Hice muchas amigas, pero en especial a “el bebito”, como le decíamos en la cárcel. Fue una gran compañía, una gran amiga.
Y voy a decir algo incómodo: en la cárcel uno conoce personas que llevan la dignidad mucho más fuerte que muchas personas que están libres. Tengo amigas de verdad, leales: a Norma, a “el bebito”, a Mirna, a Viviana… Son personas a las que les tengo muchísimo cariño y quiero ir a visitarlas.
— ¿Cuándo ingresó al penal de Miraflores, sufrió maltrato de otras privadas de libertad o de las autoridades?
De las privadas de libertad, no. Nunca tuve problemas con ellas. Estuve más de un año sin poder bajar a población bajo amenaza de las directoras del penal: a ellas les prohibían lidiar conmigo y les advertían de sanciones.
Después de un año y unos tres meses me permitieron bajar a población. Entonces sí podía conversar con ellas, compartir en las clases de costura, en los talleres.
El maltrato vino de dos directoras del penal al principio. Creo que las pusieron ahí con el propósito de hostigarme. La pasé muy mal. Se comportaron muy mal con mi hija: groseras, agresivas, instruyendo a policías para que la maltraten.
En un estado de tanta vulnerabilidad, eso marca, deprime y entristece. Yo siempre decía: puedo soportarlo todo, pero verme tan impotente de no poder ayudar a mi hija, que se estaba enfrentando al poder abusivo, eso sí era terrible para mí.
— ¿La política es un capítulo cerrado o piensa seguir vinculada de algún modo?
He manifestado muchas veces que voy a servir a mi país desde donde me toque. No necesariamente como política activa o desde un cargo público.
Ahora, por ejemplo, en este momento de elecciones subnacionales, estamos tratando de organizarnos para una candidatura fuerte, de consenso. Ojalá se dé. Mi aporte es en ese sentido: colaborar, ayudar, aportar a la democracia.
Lo mío ha sido muy desafortunado en todos los sentidos. Nunca fui de victimizarme por condición de género; creo que cada persona debe ganarse los espacios por capacidad y compromiso. Pero sí he sentido discriminación por ser mujer, como política, como presa política, como expresidenta.
Por eso estoy haciendo estas entrevistas: para contar mi verdad, para que nadie siga hablando por mí ni inventando relatos. Voy a seguir haciendo política, aunque no esté en la actividad propiamente dicha. Desde donde esté, voy a intentar fortalecer la democracia.
— ¿Después de todo lo ocurrido, ¿quiénes son hoy sus verdaderos amigos?
No quisiera dar nombres, pero cuando uno está en la cárcel conoce a los verdaderos amigos. Ve quién realmente lo aprecia, y son pocos.
No es que se peleen por manifestarse a favor de un preso político. El miedo existe, la ingratitud existe, la traición existe. Pero eso también nos ayuda a ser más humanos y a saber elegir las verdaderas amistades, quién vale la pena tener o mantener en la vida. De eso estoy absolutamente clara.
— Al volver a Trinidad, ¿qué fue lo más duro y lo más reconfortante que encontró?
Lo más triste fue la pérdida de mi madre y no poder verla durante tanto tiempo, saber que se estaba apagando y no tener posibilidad de estar con ella. Tampoco pude estar en su entierro. Eso fue muy duro, muy mezquino.
También perdí a una hermana de mi madre, mi tía, y tampoco pude acompañarla. Esas fueron cosas muy tristes.
Ahora estoy sobreponiéndome, mirando la vida con optimismo y buscando cómo salir adelante con todas las malas experiencias vividas.
— ¿En qué está ocupada hoy en Trinidad? ¿Contempla ser candidata a la Gobernación o a la Alcaldía?
No está en mis planes y mucho menos en los planes de mi hija, que ha sufrido directamente todo este proceso tan ingrato.
Sí estoy tratando de que se vea la necesidad de una candidatura fuerte, de consenso. Hay varios aspirantes a la Gobernación y muchas personas me han pedido que sea candidata, pero no creo que eso sea agradable a los oídos de la clase política. Lo importante es el consenso.
En lo personal, todavía estoy organizándome, acomodándome en mi casa. No es fácil después de cinco años establecerse de nuevo. Todavía tengo secuelas: no quiero salir, me cuesta salir, aunque lo voy superando.
He estado con amigas, de invitación en invitación, disfrutando muchísimo de mi mascota. Quería estar al aire libre, correr, caminar, jugar con mi perro, y eso ya lo he hecho. Probablemente pronto me incorpore al gimnasio y a las actividades físicas que me gustan.
También estoy organizándome para ver qué voy a hacer. Creo que corresponde que sea una portavoz y defensora de la libertad y la democracia. He recibido muchas invitaciones para eventos internacionales donde pueda hablar, decir mi verdad, contar lo que sucedió en el país y lo que viví como presa política.
Por ahora tengo restricciones jurídicas: estaba arraigada, tengo que restablecer mi pasaporte. Eso no me ha permitido viajar todavía, pero sí creo que es necesario dar mi testimonio. Presos políticos hay en muchos países: en Venezuela, en Cuba… Incluso tengo una ahijada presa política en Cuba. Me parece importante participar en esos espacios por la defensa de la libertad y de los derechos humanos.
— Se difundieron imágenes del momento en que se abre la puerta de Miraflores y usted sale con una bandera tricolor. ¿Qué sintió al cruzar ese portón?
Sentí que respiraba libertad. Yo decía que se tuvo que ir “el ogro”, y eso lo tuve siempre claro, aunque me limitaba a quedarme callada y pensarlo en soledad, entre las cuatro paredes de mi celda: se va el ogro y las cosas van a cambiar. Se fue el ogro y las cosas cambiaron.
A los presos políticos nos devolvieron la esperanza de poder contar con una justicia imparcial.
Al abrir la puerta y ver a la gente que me acompañó —muchos que ni siquiera conocía, que iban todos los martes a las seis de la tarde a orar— sentí un gran compromiso. Eran mujeres y hombres que yo saludaba por la ventanita del baño y estaban ahí cada semana.
Ver gente esperanzada, que lucha por la libertad, por la democracia, por mejores días para el país, lo llena a uno de compromiso con la patria. Después de todo lo que he pasado, me siento más boliviana que nunca. Lo que hice, lo hice por amor a mi país, por compromiso y por deber.
Tengo la satisfacción de decir que evitamos una guerra civil. La ambición de don Evo Morales es ilimitada; no le importa nada con tal de recuperar el poder. Eso buscaban en 2019: cómo volver al poder, por eso tanta violencia en las calles. Todo era mandado por Evo Morales.
Cuando salgo y veo tanta gente contenta que fue a recibirme, que me expresa cariño, solo puedo decir: gracias. Gracias por acompañarme, por estar conmigo, por creer en mi verdad, por estar conmigo en momentos difíciles.
— Usted habla del “ogro” y menciona tanto al presidente Arce como a Evo Morales. ¿Cómo los califica hoy?
Cuando hablo del ogro, hablo de los dos. Descaradamente, Evo Morales manifestó que llevarme a juicio ordinario, meter presa a ‘la Áñez’, fue decisión suya. Y los otros, como borregos, obedeciendo.
Ellos manipularon la justicia, pero también hay responsabilidad de quienes se comprometieron a administrarla y no respetaron la norma. Yo viví un acoso permanente de fiscales, jueces, tribunales y de todas las carteras de Estado que se presentaban en mis juicios.
La Procuraduría, el Ministerio de Gobierno, el Ministerio de Justicia… Era pelear contra el Estado. Para eso tenían tiempo, para estar en mis procesos políticos; no lo tuvieron para gobernar y destruyeron el país.
Las acusaciones y los libretos salían del Ministerio de Justicia. Iván Manolo Lima no queda exento de ese abuso de poder. Él estaba pendiente de todas las resoluciones en mi contra, a pesar de la ley y de mi investidura. No respetaban absolutamente nada, con la anuencia del expresidente Arce.
Por lo tanto, cuando hablo del ogro, englobo a todos. Evo Morales es una persona tremendamente inconsecuente, que le debe mucho a la justicia y que en algún momento tendrá que ser apresado.
— Para cerrar, Usted ha dicho que sus hijos fueron un sostén fundamental. ¿Qué mensaje quisiera dejarles?
En el momento en que yo salí de la cárcel, lo primero que hice fue pedirles perdón, porque insisto en que ellos no tenían ninguna culpa de mis desiciones.