L a reciente participación del presidente Rodrigo Paz en la firma del acuerdo de integración entre el Mercosur y la Unión Europea marca un punto de inflexión en la política exterior boliviana. No se trata solo de una fotografía protocolar, sino de una señal política clara: Bolivia busca insertarse en los grandes procesos de integración global, con vocación productiva y sin complejos. En ese escenario, Paz afirmó que el país quiere ser parte de las soluciones y no una carga, una definición que resume el espíritu del nuevo momento diplomático.
El mensaje presidencial tuvo, además, una dimensión histórica y simbólica de alto impacto. En Asunción, Paz evocó las heridas compartidas de la Guerra del Chaco y habló de la memoria íntima que une a Bolivia y Paraguay, no desde el resentimiento, sino desde la reconciliación. Ese tono, empático y sereno, fue destacado por la prensa paraguaya y contrastó con discursos altisonantes del pasado. La diplomacia también es sensibilidad histórica y capacidad de tender puentes donde antes hubo trincheras.
Este gesto no fue aislado. Días antes, Bolivia recibió la visita del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, quien anunció un ambicioso programa de financiamiento orientado a proyectos estratégicos para la estabilidad y el crecimiento económico. En un contexto de fragilidad macroeconómica, ese respaldo no es menor: expresa confianza internacional y abre una ventana de oportunidad para ordenar prioridades, atraer inversión y recuperar previsibilidad.
Casi en paralelo, en Santiago de Chile se reunieron los cancilleres de ambos países para reactivar el diálogo bilateral. El encuentro permitió establecer una agenda de trabajo concreta y, por primera vez en muchos años, dejar abierta la posibilidad de reanudar relaciones diplomáticas plenas. Sin renunciar a las posiciones históricas, Bolivia y Chile parecen haber entendido que el diálogo es más útil que el congelamiento eterno.
A ello se suma la participación de una delegación boliviana en el Foro Económico Mundial de Davos, uno de los principales espacios de articulación entre líderes políticos, económicos y financieros del mundo. Si bien el presidente no pudo asistir, la presencia boliviana confirma la voluntad de reposicionar al país en los circuitos globales de decisión.
Este conjunto de acciones contrasta de manera nítida con la política exterior de años anteriores. Durante demasiado tiempo, Bolivia practicó una pseudo diplomacia basada en afinidades ideológicas, alineada con regímenes autoritarios.
Esa estrategia priorizó la retórica sobre los resultados. No trajo inversiones, no amplió mercados, no fortaleció la posición internacional de Bolivia. Por el contrario, contribuyó a su aislamiento y deterioró su credibilidad externa. Hoy, el viraje es evidente: se privilegia el pragmatismo, la cooperación multilateral, el respeto a la democracia y la inserción económica real. Es una diplomacia orientada a intereses nacionales, no a lealtades ideológicas.
Sin embargo, este impulso positivo enfrenta un desafío interno urgente. A más de 70 días de iniciado el nuevo gobierno, el país aún no conoce definiciones claras sobre la designación de embajadores en destinos clave. La demora es preocupante. Más aún cuando se sabe que en algunas misiones estratégicas persisten funcionarios sin idoneidad.
Recuperar la jerarquía y calidad del servicio exterior es una tarea impostergable. No se puede construir una política exterior moderna con improvisación ni con representantes que desprestigian al país en escenarios internacionales sensibles.
Ha llegado el tiempo de recomponer la diplomacia boliviana y de asumir, con seriedad, el lugar que el país puede y debe ocupar en el mundo.