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Mendicidad: Cuando las calles hablan

Domingo, 07 de diciembre de 2025 a las 04:00

    

La mendicidad creciente en Santa Cruz de la Sierra se ha convertido en el síntoma visible de un entramado social que se deteriora en silencio. Las esquinas de calles y avenidas, los semáforos, las plazas y otras áreas verdes del centro urbano ya no solo exhiben a personas en situación de calle ocasional, sino que revelan escenas persistentes como las que ofrecen adultos y jóvenes con miradas perdidas por el consumo de sustancias alucinógenas, familias enteras durmiendo en aceras y, quizá lo más doloroso, niños que acompañan -a veces por obligación, a veces por falta absoluta de alternativas- las desventuras de sus progenitores. Este fenómeno, lejos de ser aislado, evidencia unas causas estructurales que la ciudad parece ignorar, acaso confiando en que el brillo económico del oriente boliviano y de su principal urbe capitalina opacaría sus sombras. Y con motivo de las ya inminentes festividades navideñas y de fin de año, la correntada mendicante se incrementa y desborda con la llegada desde otras latitudes del país, de gente menesterosa en procura de la caridad del prójimo en el vecindario cruceño.
Las raíces del problema son múltiples. En primer lugar, la migración interna continúa ejerciendo presión sobre una ciudad que ofrece oportunidades, pero no al mismo ritmo que recibe nuevas familias. Muchos llegan sin redes de apoyo, con empleos precarios o la esperanza difusa de “empezar de cero”, y terminan enfrentando una realidad más dura de lo previsto. A esto se suma el debilitamiento de los programas sociales locales, cuya cobertura es insuficiente para responder al aumento de la vulnerabilidad urbana. Y no se puede obviar la influencia del consumo de sustancias -especialmente inhalantes y drogas de bajo costo- que afecta a jóvenes, incluso menores de edad, que encuentran en la calle no solo un refugio, sino un círculo difícil de romper.
La presencia de menores en estas dinámicas de supervivencia es una señal de alarma ética y social. Son niños expuestos a la intemperie, al riesgo, a la desescolarización y, en muchos casos, a la normalización de la mendicidad como forma de vida. Esta situación, además de violar sus derechos fundamentales, perpetúa ciclos de pobreza que serán más costosos de revertir en el futuro.
Los efectos para la ciudad también son innegables. Santa Cruz de la Sierra, en plena disputa entre su identidad moderna y sus desafíos estructurales, enfrenta tensiones en la percepción de seguridad, en la convivencia urbana y en la confianza comunitaria. La presencia de personas en situación de calle no es un problema “estético”, como algunos pretenden reducirlo; es un indicador directo del nivel de cohesión social y de la capacidad institucional para responder a las necesidades básicas de la población.
La solución no pasa por operativos de “limpieza” improvisados ni por desplazar a estas personas caídas en desventuras, de un punto a otro. Se requiere una política integral que incluya refugios dignos, atención psicológica y de adicciones, programas de reinserción laboral y, sobre todo, una estrategia clara de protección a la niñez. También es imprescindible que la ciudadanía abandone la indiferencia y exija a las autoridades e instituciones competentes respuestas coherentes, sostenidas y humanas.
Santa Cruz ha demostrado en distintas etapas de su historia que es capaz de crecer, adaptarse y reinventarse. Hoy, el desafío es moral tanto como práctico: reconocer que las calles hablan, y que lo que dicen sobre el abandono, la adicción y la pobreza no puede seguir siendo ignorado. La mendicidad creciente no es solo un problema de quienes la padecen; es un espejo de la ciudad entera.

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