Nuestra Santa Cruz de la Sierra, otrora una aldea empolvada en medio de las ardientes llanuras orientales y que posteriormente, durante décadas, fue sinónimo de empuje, crecimiento y modernidad, hoy proyecta una imagen ensombrecida, deteriorada y preocupante que refleja, en cierto modo, la desidia de sus administradores y la calidad de vida de sus ciudadanos.
La basura acumulada por doquier se ha convertido en parte del paisaje. No se trata de episodios aislados, sino de un problema persistente que evidencia fallas en el servicio de limpieza, falta de control y, también, ausencia de una política clara de educación ciudadana. A esto se suma el abandono de las áreas verdes, que lejos de ser espacios de encuentro y descanso vecinal, lucen descuidadas, con sus bancas dañadas, el pasto crecido y sin mantenimiento básico.
El deterioro urbano es aún más visible en edificios emblemáticos como los del ex–banco Fassil que, en estado de un completo abandono suman más de ochenta en la ciudad y comunidades vecinas, sin que sus actuales administradores y/o detentadores de la ASFI muevan un dedo ni les importe un bledo el atentado flagrante contra el ornato de la urbe que nada ni nadie hace respetar. Hoy se muestran rodeados de maleza y desidia, señales incómodas de una ciudad que no logra cerrar capítulos ni recuperar espacios estratégicos.
Parques y plazas permanecen a oscuras porque numerosas luminarias están quemadas y sin reemplazar, alimentando una sensación de abandono y riesgo.
Aceras tomadas, áreas comunes invadidas por el comercio informal y un uso discrecional de lo que debería pertenecer a todos se intensifican en épocas festivas, como las celebraciones navideñas y de fin de año, cuando el abuso se normaliza ante la ausencia de control efectivo. El resultado es una ciudad donde el derecho de unos se impone sobre el de muchos.
En paralelo, la inseguridad ciudadana se percibe en aumento. Más allá de las cifras oficiales, la sensación de vulnerabilidad crece entre los vecinos, alimentada por noticias constantes de robos y hechos delictivos, y por la falta de una presencia preventiva que devuelva confianza en los espacios públicos. La presencia de las fuerzas del orden pasa prácticamente inadvertida porque es insuficiente el número de sus efectivos.
El transporte público, lejos de ser una solución, se ha convertido en parte medular del problema. Un servicio deficiente, desordenado y poco digno para los usuarios convive con un caos vehicular crónico, sin planificación ni soluciones estructurales a la vista.
Todo esto configura un panorama desolador y muestra el rostro oscuro de la ciudad capital más grande y poblada del país. Santa Cruz de la Sierra no merece acostumbrarse al desorden ni al abandono. Recuperar la ciudad exige liderazgo, planificación, control y una corresponsabilidad real entre autoridades y ciudadanía. En este acápite, el vecindario no puede ignorar ni desentenderse de su cuota parte de responsabilidad para contribuir al orden y la limpieza respetando y haciendo respetar las normas del buen vivir. Seguir normalizando una evidente decadencia urbana es resignarse a perder todo aquello que transformó a la capital cruceña en metrópolis referente nacional e incluso la hizo reconocer como tal más allá de sus fronteras. Es de esperar que con el advenimiento de un nuevo año, cambie o mejore, cuando menos, la suerte del viejo y entrañable campanario.