Cuando asumí la dirección de la Unidad Educativa “Santa Fe de Amboró” hace ocho años, firmé un memorándum de designación que nadie me mostró: el de la geografía y el trajín de la Unidad Educativa al distrito. La Unidad Educativa queda a 65 kilómetros aproximadamente de la sede del distrito educativo Ayacucho Porongo, pero la distancia se mide mejor en horas de sol y en veces que el motor de la moto se ahoga al cruzar el río Seco. Aquí, la frase “entregar la documentación a tiempo” no es una meta; es una odisea que empieza al momento del llamado de las autoridades superiores y que puede terminar con los pies empapados y un sobre de actas custodiado dentro de una mochila envuelta con bolsas plástica para que no se moje.
La comunidad “Santa Fe”, como la llaman los lugareños, está en el límite entre la selva y el llano, donde el asfalto se convierte en terracería y ésta se convierte en barrizal o polvareda, según la estación. No hay señal de datos estables, ni bancos, ni transporte público fluido. Lo que sí hay es un cartel desvencijado que indica “Bienvenidos” y que cada octubre debe ser repintado porque la lluvia lo despinta. Mi oficina de la dirección de Unidad Educativa tiene dimensiones pequeñas, con una ventana que da al patio de honor, una cancha de tierra donde los saques de esquina se hacen entre piedras, y un archivero que guarda más historias que documentos.
Cada mes debo presentar al distrito los informes de asistencia, los partes mensuales del plantel docente y administrativo, los documentos de acompañamiento al trabajo docente y otros documentos y reportes solicitados por autoridades superiores. El plazo legal es de cinco días hábiles, pero el calendario de la selva no entiende de días hábiles. Si llueve, el río crece y arrastra el puente de troncos; si no llueve, la subida es tan resbaladiza que ni las movilidades dobles del lugar se arriesgan. Por eso, mi herramienta de gestión más valiosa es una motocicleta, apodada “La Acuática”, que adquirí a crédito debido al gasto que me ocasionaba contratar motocicletas que me trasladen hasta el distrito y me hagan retornan a la comunidad y que desde entonces ha cambiado más veces de aceite que yo de zapatos.
El viaje de entrega comienza con la revisión del “kit de supervivencia administrativa”: actas selladas dentro de una funda de plástico con cierre hermético, copias en papel bond duplicadas, un GPS portátil con las coordenadas del distrito grabadas, repuestos de bujía, cuerda para remolcar y, sobre todo, la esperanza de que la lluvia espere a la tarde. Salgo antes de que llueva para aprovechar las aguas bajas del río. La moto se mete al agua hasta el medio motor; yo llevo el pantalón enrollado y los documentos en la espalda, como un mensajero de guerra. En la mitad del cruce, el motor se cala y allí, entre el ruido del agua y el miedo de quedarme varado, repaso mentalmente cada número de cada acta: si se me moja el original, perderíamos un mes de trámites y los docentes y la Unidad Educativa se verían perjudicados.
Cuando consigo salir, falta aún la subida de “La Colorada”, un tramo de piedra suelta y la tierra color rojo que al estar mojada parece como si se volviera jaboncillo por lo resbaloso donde la moto patina hacia atrás si no le das el acelerador justo. Llego al distrito con el barro hasta las cejas, pero el sobre intacto. La secretaria me mira y, sin palabras, me entrega un café instantáneo que sabe a victoria. En ese momento sé que no solo he traído papeles; he traído la certeza de que mis estudiantes y docentes seguirán teniendo clases el mes próximo, porque sin esos informes no se libera la partida de funcionamiento.
La gestión, sin embargo, no termina en la entrega. Volver es otro capítulo: si el río creció de pronto, me toca esperar en la orilla hasta que el agua baje, compartiendo conversaciones con pobladores que me cuentan cómo sus hijos sueñan con ser “como el director que cruza el agua para cumplir con sus deberes”. Escucho sus historias y anoto en una libreta mojada las necesidades que después convertiré en proyectos: un comedor, porque muchos chicos vienen sin desayuno; un aula de informática, porque la única computadora que tenemos se dañó con una tormenta eléctrica; un seguro para la moto, porque sin ella la escuela queda incomunicada.
Una vez, el motor de “La Acuática” se fundió a mitad del año escolar. Fueron 17 días en los que tuve que caminar horas ida y vuelta para llevar los papeles en persona. El día que volví a arrancar la moto, los estudiantes hacían correr el rumor: “Nuestro director cruza ríos para que nosotros crucemos fronteras”.
Dirigir la Unidad Educativa “Santa Fe de Amboró” es, en el fondo, un acto de fe contable: fe de que el próximo puente no se romperá, fe de que el Ministerio entenderá que “zona rural” no es sinónimo de “zona de segunda”, fe de que algún día podré entregar los informes por una aplicación móvil en lugar de arriesgar el pellejo. Mientras tanto, cada vez que cruzo el río y el motor zafa del agua, siento que la función pública cobra su sentido más puro: garantizar que la distancia geográfica no se transforme en distancia de oportunidades.
Cuando la tarde cae y vuelvo a la Unidad Educativa, los estudiantes me esperan con el mismo saludo: “Buenas tardes, señor director”. Les respondo de una manera amable, aunque a veces miento para no preocuparlos. Pero la verdad más grande es que, mientras exista una moto, un río que pueda ser cruzado y un sobre que proteger, la escuela Santa Fe de Amboró seguirá siendo un farol en las faldas del parque Amboró, recordándonos que la gestión educativa no se mide en metros cuadrados de oficina, sino en kilómetros de voluntad.
(*) El autor es licenciado en Educación y director de U.E.