La violencia se está volviendo cotidiana en Bolivia. Desde las manifestaciones agresivas para imponer la habilitación de Evo Morales como candidato a la Presidencia, aunque no tenga partido o aunque no esté habilitado. O la violencia que se está ejerciendo en los mercados, a título de luchar contra la especulación, cuando decomisan productos porque no son capaces de generar políticas que devuelvan el abastecimiento y los precios racionales para alimentos básicos y productos de la canasta familiar.
En el primer caso, la violencia política ha escalado a extremos intolerables. No es solo el enfrentamiento de los manifestantes evistas con los policías, sino también la amenaza frontal a los vocales del Órgano Electoral, al proceso mismo de las elecciones, así como el explosivo activado cerca de la casa de un vocal cochabambino. Los miembros de la sala plena del Tribunal Supremo Electoral pidieron medidas cautelares a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH); es decir tocan puertas de organismos internacionales, porque penosamente no se sienten garantizados por la Policía Nacional.
El vocal Tahuichi Tahuichi confiesa que hay temor, aunque dice que no se doblegarán. No obstante, también llegó a comparar a Bolivia con México, donde en elecciones se asesinó a decenas de actores políticos e institucionales. Él piensa que, si no hay una reacción oportuna, Bolivia puede transitar el mismo camino.
Dejando a un lado las elecciones, en el día a día hay una escalada de violencia. Así es como se define que los ciudadanos deban invertir horas de su valioso tiempo en largas filas por combustible en las ciudades. O que en las provincias se tenga que pagar tres veces más por cada litro de diésel. El Gobierno que dejó pasar el contrabando que atentaba contra la industria nacional durante muchos años, ahora pretende frenarlo también con violencia, tanto en las fronteras como en los mercados, mediante decomisos y abusos.
El expresidente de la Confederación de Empresarios Privados, Ronald Nostas, advierte que ante los constantes fracasos de sus políticas económicas, el Gobierno avanza hacia el racionamiento y el control de compras de alimentos, mientras sigue limitando la producción con las restricciones a las exportaciones; no hace nada frente a los avasallamientos de tierras ni se reúne con los empresarios privados para actuar conforme a lo que se necesita, en lugar de seguir una agenda ideológica y desesperada que ya no conduce a ningún lado.
El resultado de las políticas fallidas es la caída de la producción y la paralización de la economía. Los indicadores actuales y las previsiones son muy pesimistas. Eso significa que las cosas pueden ponerse peor.
Bolivia navega en un mar muy turbulento. La percepción de que la economía y la política van por mal camino es casi generalizada, como se refleja en diversas encuestas. El futuro, por ahora, se ve con mayor esperanza porque debe haber elecciones el 17 de agosto y se espera que haya un golpe de timón en la conducción del país. Pero mientras tanto se está bombardeando el camino hacia la emisión del voto. Las elecciones nacionales aún son inciertas.
La ciudadanía tiene puesta su esperanza en las elecciones. Hay 10 candidaturas inscritas, aunque una de ellas aún es incierta. Por ahora hay una gran fragmentación entre los candidatos liberales y los que apuestan a mantener la política económica actual. Las propuestas están enfocadas en salir de la crisis económica cuanto antes, pero nadie le dice al ciudadano que esta tarea demorará años, no meses, no 100 días. Se está vendiendo humo sin calcular la profunda decepción que habrá cuando el elector vea que las promesas no se pueden cumplir. Y esto genera un gran riesgo hacia adelante.
La primera interrogante entonces es: ¿Habrá elecciones el 17 de agosto? La segunda es más profunda: ¿Podrá terminar su mandato el próximo gobierno? Porque quien tome el mando del país tendrá que sincerar la economía con medidas drásticas y dolorosas para la población; además tendrá una oposición muy agresiva que no dudará en tumbar presidentes a cambio de arrancar sus demandas. El escenario es complejo y necesita un plan estratégico muy claro.
El ciudadano tiene también una gran responsabilidad. Sometido a las redes sociales como está, es preso de los algoritmos y las granjas de trolls que generan mensajes destructivos, noticias falsas y posverdades. Esa es la herramienta que hace volátil el escenario. Paradójicamente, quienes mueven el avispero son los mismos grupos políticos que después serán víctimas del mismo sistema.
Entonces es preciso que el futuro sea asumido con responsabilidad desde todos los flancos. Los intereses sectarios (que hoy prevalecen) deberían pasar a un segundo plano. De lo contrario, el barco se hundirá y llevará a todos hasta el fondo del mar.