Voy a empezar con una idea simple; la basura no existe en la naturaleza. Un bosque no tiene un camión recolector pasando los martes. No lo necesita porque nada desperdicia. Lo que cae vuelve. Lo que parece el final es el principio. Es un sistema tan eficiente y para imitar, que resulta irónico que nosotros hayamos desarrollado como humanidad lo contrario. El modelo de economía lineal produce, usa, desecha. Pero al contrario de la naturaleza nada desaparece. Lo que “botamos” no se evapora por arte de magia, se queda en las calles, baja a los ríos, se acumula en rellenos, y luego vuelve sin pedir permiso, con daños a la salud, al medio ambiente y a la economía.
La pregunta ya no es si hay que promover economía circular. Las preguntas incómodas son otras: ¿Cuánto nos cuesta seguir siendo lineales? ¿Cuánto pagamos por gestionar residuos que pudieron ser insumos? ¿Cuánta agua y energía gastamos para fabricar algo que durará nada? ¿Cuánto empleo perdemos por no reparar, no reusar, no rediseñar?
Aquí es donde la educación superior entra, como esa persona sensata que apaga la música y dice, “basta, pensemos”. La transición circular no empieza en el contenedor; empieza en la cabeza de quien diseña, produce, compra, regula y emprende. Una universidad, un centro, que enseña a “hacer más” sin enseñar a “hacer mejor” está graduando especialistas en repetir el mismo error, pero con diploma.
Circularidad significa rediseñar productos reparables, materiales recuperables, empaques funcionales y logística inversa, modelos basados en retorno y reuso, y decisiones tomadas con datos, no con culpa por quedar bien.
Y si queremos agilizar esa transición, conviene empezar por donde más se mueve la economía real: los emprendimientos. Incubar negocios con ADN circular, acelerar negocios, convertir residuos en insumos, alquilar en vez de vender, reparar en vez de reemplazar, diseñar para durar, medir impactos y costos desde el primer día.
Para eso la formación y el acompañamiento con expertas y expertos, tiene herramientas concretas, retos de innovación con empresas y municipios, laboratorios de prototipado, compras con criterios circulares, investigación aplicada, mentorías y acceso a redes.
Nada de esto debe venir solo. Si no invitamos a la perspectiva de género a sumarse, la transición será parcial y, peor, injusta. En nuestra región, gran parte de las PyMES están lideradas por mujeres, muchas veces con menos acceso a financiamiento, tecnología y conexiones, y con más carga de cuidados. Al mismo tiempo, la mayoría de quienes acopian y recuperan materiales son mujeres recicladoras, sostienen una circularidad que ya existe, pero casi siempre sin reconocimiento, sin seguridad, sin precio justo y sin voz en las decisiones.
Economía circular con enfoque de género en la educación superior significa formar e incluir a esas mujeres como protagonistas, certificar competencias, abrir rutas de financiamiento, diseñar programas flexibles, garantizar salud y seguridad ocupacional, y construir alianzas que dignifiquen el reciclaje y potencien emprendimientos liderados por mujeres. Significa investigar con ellas y no “sobre” ellas.
La buena noticia es que podemos desaprender el modelo lineal. La mejor noticia es que las universidades, los centros de formación, pueden liderar esa reeducación con innovación y justicia. Porque cuando una persona se forma en el tema, ve la circularidad con otros ojos, descubre que reduce costos, crea empleo, fortalece territorios y mejora vidas. Deja de ser “tema verde de unos cuantos” y pasa a ser estrategia nacional.
Si la economía circular es el “cómo” de un futuro posible, la educación es el “desde dónde” se vuelve inevitable. No podemos seguir graduando profesionales para administrar el problema; necesitamos formar líderes para rediseñar el sistema. Y si además lo hacemos con enfoque de género, no solo cerramos ciclos de materiales, abrimos ciclos de oportunidades. Que nadie quede fuera de la transición. Que las mujeres que ya sostienen la circularidad con sus manos también la sostengan con decisiones, ingresos, liderazgo y reconocimiento. Eso es crecer, mejorar. Hagámoslo circular.
(*) La autora es directora del IME