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Cara a Cara

Lunes, 23 de febrero de 2026 a las 04:00

Mientras el vicepresidente Edmand Lara estaba en la India, en un encuentro sobre inteligencia artificial —siempre acompañado por su leal asesor Freddy Vidovic—, en Bolivia la política aplicaba su propio ajuste automatizado. El presidente Rodrigo Paz, con decreto en mano, redujo aún más las funciones y el personal de la Vicepresidencia. El vice viral se quedó con su despacho convertido en versión “light”: general sin tropas, mando sin estructura, oficina con eco.

No es el único frente abierto. Lara, poco amigo de las críticas, activó una acción de protección de privacidad contra su exabogado Jaime Soliz, quien insiste en recomendarle asistencia psicológica. El debate ya no es jurídico sino emocional. Si el fallo le es adverso, habrá que estar atentos al siguiente episodio en TikTok. La política boliviana ha descubierto que los tribunales y las redes sociales pueden compartir escenario.

Pero más allá de la anécdota y la ironía digital, el fondo preocupa. Un vicepresidente opositor, con funciones reducidas casi a la nada y un abismo evidente con el presidente, no fortalece la institucionalidad; todo lo contrario. Tampoco ayuda que el Ejecutivo gobierne a punta de decretos. La democracia necesita equilibrios, no pulsos personales.

Porque mientras el binomio que ganó hace menos de seis meses ajusta cuentas internas, el país enfrenta desafíos económicos y sociales que no admiten distracciones. Los desencuentros personales pueden ser noticia; el rumbo nacional, en cambio, es responsabilidad.

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