La polémica del “50/50” no nació en una conferencia técnica ni en un debate presupuestario, sino en varias entrevistas donde a los candidatos a gobernadores y alcaldes se les preguntó cómo resolverán la crisis de salud o de infraestructura. La respuesta fue casi unánime: 50/50. Como si se tratara de una pócima mágica capaz de curar hospitales colapsados y carreteras abandonadas. La viceministra de Autonomías recordó algo elemental: el 50/50 no es un cheque en blanco; implica reparto de recursos, sí, pero también de competencias y responsabilidades.
La explicación técnica terminó convertida en munición política.Los candidatos Luis Fernando Camacho y Juan Pablo Velasco transformaron la frase en insumo electoral, presentándola como una muestra de centralismo o de condicionamiento indebido. El debate dejó de ser presupuestario para volverse narrativo. Y en política, las narrativas suelen pesar más que los números.
La viceministra también afirmó que varias gobernaciones están prácticamente en quiebra y que alcaldías como Santa Cruz y Cochabamba tienen sobredimensionadas sus planillas. ¿Mintió? No. Son datos conocidos en la gestión pública. Pero a veces, en política, la sinceridad es pecado y no virtud. Decir lo evidente puede resultar más costoso que prometer lo imposible.
La pregunta de fondo es otra: si no hay 50/50 por falta de recursos o acuerdos políticos, ¿qué harán los futuros gobernadores y alcaldes?, ¿A quién culparán cuando las promesas no se materialicen? Gobernar no es invocar fórmulas repetidas en campaña. Es administrar escasez, asumir competencias y responder por resultados. Y eso no cabe en un eslogan.