Quieren gobernar y no presentan un plan país. A falta de un proyecto serio con el cual afrontar los problemas del país, se aferran a un único mantra político: “hay que ganar al MAS”. ¿Y luego? ¿Qué pasará una vez tengan en sus manos la responsabilidad de atender los problemas de los ciudadanos? Han largado, hasta ahora, frases llamativas y eslóganes impactantes. Al más puro estilo del Milei en campaña. Prometen reducir ministerios, achicar el Estado, eliminar subvenciones y liberar los mercados. ¿Son conscientes de la repercusión que este tipo de medidas tendrá en una sociedad tan golpeada por la crisis y la falta de trabajo estable como la boliviana? Y, de ser así, ¿qué tienen proyectado para sostener su gestión mientras se endereza el rumbo del país?
Piden unidad y no saben dialogar. Las primeras voces surgieron hace casi un año. Políticos en activo alimentaron la idea de un frente de unidad para contrarrestar la fuerza electoral del MAS. De inmediato, aparecieron aspirantes al espacio mediático más preocupados por aparecer en los titulares que por asentar un proyecto serio de país. Todos clamaban por la unidad en diversos encuentros y plataformas… nadie logró un mínimo consenso sobre la manera de afianzar ese anhelado frente. Nadie está dispuesto a ceder su protagonismo político si no es a cambio de un espacio privilegiado en las futuras listas electorales.
Quieren una oportunidad y nosotros una esperanza. Solo una máxima debe primar en estos momentos de incertidumbre. Todos queremos mejores días para Bolivia. El MAS ha contado con una oportunidad inigualable para sembrar la semilla del progreso. Sus disputas internas, acrecentadas con la obsesión de Evo Morales por retornar al poder absoluto y la falta de resultados en las políticas económicas de Luis Arce, provocan un escenario ideal para el cambio de rumbo. ¿Tenemos claro cuál es ese rumbo que nos ofrecerá una esperanza como país? Si es así, es momento de avanzar en esa senda por el bien de cada uno de los bolivianos; es momento de dejar de lado los apetitos personales y abrir, de verdad, el espacio para el bien común de todos. Es el momento de la esperanza.