La Asamblea Legislativa saliente celebra hoy su última sesión, poniendo fin a una de las gestiones más decepcionantes de la actual era democrática. Cuando comenzó hace cinco años, todo hacía prever que habría gobernabilidad en Bolivia, dada la abrumadora mayoría oficialista. Sin embargo, la fractura interna del MAS convirtió a ambas cámaras en irreconciliables torres de Babel. En medio de discusiones irrespetuosas, insultos y hasta peleas, los asambleístas dejaron sin tratar decenas de proyectos de ley de alta relevancia —incluyendo la aprobación de créditos internacionales— y con su inoperancia contribuyeron a agravar la profunda crisis socioeconómica que golpea al país.
Ahora, los nuevos asambleístas se aprestan a asumir funciones. Puede decirse, con cierta ironía, que su gestión difícilmente será peor que el descalabro que está por concluir. Deberán estar a la altura del voto ciudadano, que mayoritariamente decidió dar un golpe de timón en la conducción del Estado. El país es consciente de que se deberán tomar medidas difíciles para superar la crisis, las cuales podrían tener un impacto negativo en el corto y mediano plazo. En este contexto, la búsqueda de consensos en la Asamblea será crucial para generar confianza, estabilidad y gobernabilidad, así como para tender puentes con la sociedad civil antes de que la protesta ciudadana vuelva a las calles y ponga en riesgo la delicada gestión del presidente Rodrigo Paz.
La renovación de nombres y partidos en el Legislativo no es garantía de que la nueva gestión marchará sobre rieles. Aunque la mayoría oficialista del PDC ya consiguió la adhesión de la Alianza Unidad y posteriormente de Alianza Libre —asegurando así los dos tercios—, la experiencia reciente demuestra que las coaliciones suelen tropezar con desencuentros internos. La debilidad partidaria, los intereses sectoriales, los liderazgos difusos y la persistente polarización política son factores que suelen entorpecer las funciones legislativas.
No está de más recordar que los partidos y alianzas que participaron en las últimas elecciones enfrentaron grandes dificultades para completar sus listas de candidatos. Las siglas alquiladas y las nominaciones de último momento reflejan la precariedad institucional de las organizaciones políticas en el país.
Ya se observan, además, algunos roces en la bancada de Libre, luego de la designación de la senadora Tomasa Yarhui y del diputado Rafael López como jefes de bancada. Las críticas provinieron del senador por Santa Cruz, Branko Marinkovic, quien denunció una designación “a dedo” por parte de Tuto Quiroga. Este respondió asegurando que todas las regiones del país están representadas, aunque no deja de ser llamativo que Santa Cruz —el departamento más poblado y el que más votos aportó a Libre— no tenga un rol protagónico en esta naciente estructura parlamentaria.
Otro factor clave para la cohesión legislativa será la figura del vicepresidente Edman Lara, quien deberá presidir la ALP. El polémico personaje tendrá que moderar su carácter impulsivo para cumplir con sus nuevas funciones: dirigir las sesiones del Parlamento, garantizar el orden y actuar como puente institucional entre el Ejecutivo y el Legislativo.
Ese es el punto de partida de una nueva etapa legislativa que despierta esperanza y escepticismo a partes iguales. El país entero deposita sus expectativas en estos nuevos “padres de la patria” y en el liderazgo de Paz Pereira, para que encaren con decisión los problemas que golpean a todos los ámbitos de la vida nacional. Los ciudadanos han demostrado, una vez más, su madurez democrática en tiempos difíciles; ahora les corresponde a sus representantes estar a la altura de ese ejemplo, por el bien de Bolivia.