La violencia digital ya no es un problema lejano ni abstracto, atraviesa la vida cotidiana de millones de personas, impacta en su salud mental, en su autoestima y en su derecho a habitar internet de forma segura. Frente a este fenómeno creciente, la educación digital, el uso responsable de la tecnología, la conciencia social y las políticas públicas se convierten en pilares fundamentales para prevenir, sancionar y erradicar estas prácticas.
Para Marcelo Pacheco, director de la carrera de Ingeniería de Sistemas en la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), el desafío es integral y requiere una respuesta comunitaria que ponga a las personas en el centro.
“La violencia digital se manifiesta de muchas maneras y varias se han vuelto tristemente frecuentes en la vida en línea cotidiana”, explica Pacheco. Entre ellas menciona el troleo, el ciberacoso, el doxing, los deepfakes y el grooming.
El doxing, por ejemplo, ocurre cuando se expone información personal con mala intención, poniendo en riesgo la seguridad de la persona. Y el grooming, donde un adulto manipula a un menor, es una de las amenazas más alarmantes del mundo digital, advierte el experto.
La violencia que no se ve, pero se siente
En septiembre de 2025, una joven universitaria dejó de conectarse a sus redes sociales tras ser blanco de burlas y mensajes humillantes por una foto que se viralizó sin su consentimiento. Lo que empezó como un comentario ofensivo terminó en una avalancha de ataques que afectaron su rendimiento universitario y su salud emocional.
Casos como este, cada vez más frecuentes, muestran que la violencia digital no se queda en la pantalla: traspasa al mundo real y deja huellas profundas, muchas veces irreparables, en las víctimas.
Para Pacheco, estas experiencias evidencian la urgencia de una alfabetización digital temprana, porque mantenerse seguro en el entorno digital requiere tanto sentido común como herramientas concretas.
“Es esencial proteger nuestra información personal, configurar adecuadamente la privacidad en redes sociales y pensar dos veces antes de compartir contenido, porque una vez que algo está en internet, es difícil borrarlo completamente”, señala.
Mujeres y niños: los más vulnerables
La violencia digital no impacta por igual a todas las personas. Las mujeres y los niños figuran entre las principales víctimas. En el caso de las mujeres, según Pacheco, esto se debe a estructuras sociales que reproducen desigualdades de género incluso en el espacio digital. Muchas enfrentan insultos basados en estereotipos, campañas de desprestigio y difusión de imágenes íntimas sin consentimiento.
Los niños, por su parte, son especialmente vulnerables. “Pueden ser más confiados, menos preparados para identificar peligros y blanco del grooming o de personas que buscan manipularlos emocionalmente”, explica.
Esta doble vulnerabilidad —por género y por edad— convierte a estos grupos en blancos frecuentes de violencia digital y refuerza la necesidad de una educación con enfoque de derechos.
Inteligencia artificial y nuevos riesgos
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha ampliado las posibilidades de creación, pero también las de abuso. Con la IA es cada vez más fácil generar deepfakes que parecen reales, lo que facilita la suplantación de identidad y la difusión de desinformación. Estas tecnologías, antes reservadas a expertos, hoy están al alcance de cualquier persona con conexión a internet.
“El daño ya no se queda en lo virtual. Afecta relaciones personales, reputaciones e incluso la seguridad física”, agrega. Por eso, insiste en que el avance tecnológico debe ir acompañado de responsabilidad, educación digital y marcos legales que protejan a quienes más lo necesitan.
Políticas públicas y regulación responsable
Para el director de Ingeniería de Sistemas de Unifranz, la regulación estatal es una pieza clave, porque no se trata de censurar la libertad de expresión, sino de establecer marcos legales que obliguen a las plataformas a proteger a sus usuarios, prevenir abusos y ofrecer mecanismos claros de denuncia y respuesta.
La ausencia de regulación deja un vacío que las personas más vulnerables terminan pagando con su bienestar emocional y su seguridad. “Países de todo el mundo ya están discutiendo cómo exigir mayor transparencia a las redes sociales y responsabilizarlas cuando no protegen a las personas”, añade.
Más allá de las leyes y la tecnología, Pacheco subraya el rol de la conciencia social en una era donde la vida personal, profesional y emocional está cada vez más entrelazada con lo digital, que si bien ofrece oportunidades extraordinarias, también plantea desafíos reales que no deben ser ignorados.
Combatir la violencia digital requiere una acción conjunta. Pacheco reflexiona que la violencia digital no es una cuestión abstracta, ya que afecta la salud mental, la autoestima y la libertad de las personas para expresarse o simplemente existir en línea de forma segura.
“Enfrentarla exige educación, tecnología, conciencia social y políticas públicas que pongan a las personas, especialmente a las más vulnerables, en el centro de las soluciones”, concluye el director de la carrera de Ingeniería de Sistemas en Unifranz.
Finalmente, la construcción de espacios digitales seguros depende de decisiones responsables, formación continua y un compromiso colectivo para que la red deje de doler y vuelva a ser un lugar de encuentro, aprendizaje y respeto.