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Cuando la lengua es más rápida que el cerebro

Sabado, 22 de enero de 2022 a las 19:00

Con motivo de la compra de unos respiradores, el presidente Luis Arce ha afirmado que “son de tecnología suiza, no china, porque el pueblo merece lo mejor”. La aseveración se trata sin duda de un desliz diplomático con uno de los principales socios económicos y políticos. A los chinos, la declaración presidencial, probablemente, les produzca una sonrisa condescendiente, pero no alterará ni un milímetro su política pragmática y basada en intereses nacionales de seguir haciendo negocios en y con Bolivia.

Más bien puede que, aprovechando el exceso verbal, obtengan algunas ventajas adicionales en sus contratos, aduciendo cierta molestia diplomática por el desdén con que se trataron los productos chinos. Los más antiguos de la delegación diplomática china recordarán con nostalgia que, en el pasado, el lanzamiento de un cohete chino, que llevaba el satélite Tupac Katari, llevó a las lágrimas a las principales autoridades nacionales. Gracias a la tecnología del gigante asiático, Bolivia comenzaba la era espacial. ¡Cuánta ingratitud! Felizmente, el tiempo y la supremacía de los intereses económicos lo curan todo. 

En breve, el resbalón discursivo presidencial entrará al anecdotario de la política boliviana y será un pie de página en la historia, pero revela, para decir lo menos, un desconocimiento de cómo funciona la economía mundial en la actualidad.

Nadie podría estar en desacuerdo con que los bolivianos merecemos lo mejor, añadiría, lo mejor que podemos pagar. Pero le propongo, amable lector, mirar a su alrededor, constatará que está cercado de productos chinos. Tal vez algunos privilegiados tengan acceso a productos o servicios genuinamente suizos. Es posible que esta semana comieron un chocolate Lindt, o tienen una navaja Victorinox de esas que tienen desde mondadientes hasta un práctico abridor de chelas, útil en el momento menos esperado. También es probable que los nuevos ricos del poder nacional posean un Rolex o una cuenta secreta en un banco suizo. Todos emblemas de país europeo.

El resto de mortales hoy comieron un fideo chino Maruchan, visten calzones y carteras chinas, tienen un ‘Lolex’ comprado en la Uyustus y su televisor, computador, lápiz, celular, lámpara, heladera, enchufe, zapatos, techo, vacuna y decenas de otros productos provienen del gigante asiático. ¡Ah, con calma compañero, yo tengo un iPhone gringo!, dirá un monaguillo de la revolución. Lamento descepcionarlo, pero le sugiero que le dé vuelta a su celular y lea en la parte inferior.

 Verá qué dice: Design in California. Made in China (Diseñado en California. Hecho en China). También es altamente probable que varios de los componentes electrónicos del orgullosamente presentado respirador suizo provengan de China.

La expansión de productos chinos, de todas las calidades, es una consecuencia de cómo se dio el proceso de globalización económica en los últimos 50 años. En los años 70, bajo el comando intelectual de Henry Kissinger, EEUU decidió optar por la máxima de que “los países no tienen amigos, sino intereses”, y que era ridículo no aprovechar un mercado de 1.400 millones de personas y la mano de obra barata del gigante asiático solo por razones ideológicas. Así comenzó una política exterior realista que trasladó miles de empresas gringas a China, desde McDonald’s hasta Apple. Muchos países desarrollados siguieron el mismo camino, incluyendo los suizos. A su vez los chinos, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, se dieron cuenta que el modelo socialista, que Mao había implementado, no los llevaría a buen puerto de riqueza, bienestar para su población y liderazgo mundial. Así que decidieron abrazar, también de manera muy pragmática, el modelo económico capitalista aunque en la política no abrieron mano de un Estado autoritario. “No importa si el gato es negro o blanco, mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”. Esta es la frase con que Xiaoping inició la apertura de la economía china al mundo.

Así se crearon centenas de zonas industriales, en diferentes sectores, industriales en las principales ciudades de China en base a la inversión extranjera directa. Pero los chinos no se quedaron simplemente con el capital externo y sus productos, los copiaron, mejoraron y desarrollaron una poderosa industria local y, por supuesto, avanzaron en temas de innovación y tecnología. China se convirtió en el principal proveedor de insumos y productos manufacturados en el mundo. 

Más aún comenzaron a controlar las principales cadenas de logística, comercio y producción del planeta. Muchos bienes siguieron siendo producidos en EEUU o Europa, pero ciertamente tienen componentes electrónicos chinos; por ejemplo, los automóviles. Inclusive las vacunas europeas dependen de algunos reactivos producidos en China. ¿De dónde cree que viene el barbijo que lo protege del Covid-19? En suma, muchos bienes industrializados o son producidos en el país del sol naciente o son elaborados en otros países con insumos o partes chinas.

La crisis económica provocada por el coronavirus mostró la dependencia y fragilidad de las economías del mundo frente a China. Ahora, este tipo de globalización está en jaque y, por lo tanto, ha surgido un fuerte nacionalismo económico, pero eso es harina de otro costal e insumo para una nueva columna, mientras tanto, le recomiendo que este domingo le casque un rico chanchito nacional en una caja china, el carbón está encima y el puerquito por debajo. Tecnología china en su hogar. Y de postre unos deliciosos chocolates suizos Lindt.

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