Carla Ortiz regresa al cine boliviano con 'Un Milagro en Navidad', una producción que busca reconectar al público con la esperanza, la familia y la esencia más luminosa del espíritu navideño.
Después de años dedicada a proyectos intensos y documentales de guerra, la actriz, productora y directora apuesta por una historia profundamente humana, rodada en escenarios emblemáticos de La Paz y marcada por la magia, la fe y las tradiciones bolivianas.
Ortiz comparte los desafíos, emociones y motivaciones detrás de una película que promete tocar el corazón del público.
—¿Cómo nació la idea de “Un Milagro en Navidad” y qué te inspiró a producirla?
La idea nació de un impulso profundamente humano. Después de años trabajando en historias muy duras, documentales de guerra, dramas intensos, sentí una necesidad casi espiritual de volver a contar una historia que cure, que abrace.
Quería hacer una película que celebrara lo mejor de nosotros: nuestra manera de amar, de reunirnos, de resistir, de creer. Una Navidad boliviana, auténtica, llena de luz y de alma.
Y sentí que era el momento perfecto para recordarnos que, incluso en tiempos complejos, siempre hay un motivo para reencontrarnos desde lo que nos une: la familia, la fe, la risa, el amor.
—¿Qué mensaje principal buscas transmitir esta historia al público?
Que el amor en todas sus formas es la fuerza que sostiene la vida.
El amor por nuestra familia, por nuestra tierra, por nuestras raíces, por nuestros sueños… incluso por quienes ya no están.
—¿Cómo fue el proceso de rodaje? ¿Dónde se filmó y cuánto tiempo tomó la producción?
Filmamos durante seis semanas en el departamento de La Paz, recorriendo algunos de sus lugares más emblemáticos y visualmente espectaculares: Río Abajo, la ciudad, la zona Sur, Bacha, El Alto, el Valle de las Ánimas, Chalma y barrios que representan la esencia paceña.
Fue desafiante y hermoso.
Teníamos días de madrugadas congeladas, noches larguísimas, largos desplazamientos en caravanas enormes con camiones de luz, arte, cámaras y aun así el equipo no perdió nunca el humor ni la entrega.
Queríamos que cualquier persona, boliviana o extranjera, pudiera ver la película y sentir la magia, la energía, la altura, la luz y la poesía de La Paz. Y creo que lo logramos.
—¿Qué desafíos enfrentaron durante la filmación, especialmente tratándose de una película con espíritu navideño?
La altura, el frío y el tiempo. Siempre el tiempo.
La Paz tiene un clima impredecible y eso, aunque parezca difícil, terminó jugando a favor de la película: teníamos sol, luego neblina, después lluvia y, de pronto, ese viento helado que le daba textura a cada escena.
—¿Qué diferencia a “Un Milagro en Navidad” de otras producciones navideñas?
Que es profundamente nuestra. Nuestra música, nuestros villancicos, nuestras novenas, nuestras comidas, los buñuelos, el chocolate caliente, la tradición de visitar a la familia, todo eso hace que esta Navidad sea 100 % boliviana.
—¿Qué fue lo más desafiante y lo más gratificante de estar frente y detrás de cámaras?
Lo más desafiante fue el tiempo. Cuando produces, no duermes. Estás pendiente de todo: permisos, logística, equipo, actores, clima, horarios. Y cuando actúas, necesitás concentración, descanso, sensibilidad.
—La película habla de milagros y esperanza. ¿Creés que hoy, más que nunca, necesitamos historias así?
La gente está cansada, angustiada, saturada de malas noticias. Y el cine tiene un poder único: sanar.
Las películas pueden recordarnos que la bondad existe, que el amor rescata, que la esperanza, aunque parezca dormida, siempre vuelve. El cine tiene el poder de inmortalizar lo más luminoso del ser humano.
—¿Qué esperás que el público sienta al ver la película?
Quiero que se rían, que se emocionen, que se abracen y disfruten.
Quiero que, por un rato, se olviden de sus problemas y se permitan sentir liviano el corazón.
Que al salir del cine busquen esos puentes que reconectan: con la familia, con los amigos, con el amor, con la vida misma.
—¿A quién te gustaría dedicarle esta película?
A mi madre, Julieta Oporto Ardaya. A su fuerza, su magia, su fe gigantesca y su amor, que sigue guiando mi vida. Y a Bolivia, a este país bendito que a veces duele, pero siempre abraza. A su gente maravillosa, que sigue creyendo incluso en los momentos más difíciles.