‘Qué Buena Galleta’ es un emprendimiento de repostería creado por Franchesca Medinaceli y Fabiana Ayala. Lo que empezó como un emprendimiento personal de Franchesca, con el tiempo y la complicidad de su mejor amiga, se convirtió en ‘Qué Buena Galleta’, una marca cruceña que hoy llega a distintos puntos de venta en la ciudad. Franchesca hornea, Fabiana administra, y juntas demuestran que una buena receta y una gran amistad pueden abrirse paso incluso en tiempos difíciles.
El proyecto empezó en una clase universitaria, cuando Francesca, estudiante de Administración de Empresas, llevó sus galletas caseras para compartir. Lo que no imaginaba era que sus compañeros —y hasta su profesora— quedarían tan encantados que la animarían a venderlas.
Fabiana, su mejor amiga y estudiante de Ingeniería Comercial, fue su apoyo en este camino. Cada vez que Franchesca enfrentaba un problema, acudía a ella, y Fabiana siempre estaba dispuesta a ayudar. Esa complicidad terminó convirtiéndose en una sociedad que hoy las une como emprendedoras. “Estoy viviendo el sueño de trabajar con mi mejor amiga y, encima, estamos construyendo algo propio y de largo plazo”, compartió Ayala.
Sobre la distribución de tareas, ambas jóvenes se organizan para que el emprendimiento siga creciendo. “Yo estoy en el área de producción, y Fabiana es quien administra. Ella se encarga de hacer las cuentas, del marketing y las publicaciones. Ambas hacemos la toma de decisiones”, explicó Franchesca.
Hoy, a casi dos años de su lanzamiento, Qué Buena Galleta está presente en cerca de 20 puntos físicos en Santa Cruz, con mayor presencia en snacks universitarios y zonas escolares. Gracias a una identidad fresca, juvenil y cercana construida en redes sociales, la marca ha logrado conectar con su público —principalmente estudiantes—, quienes se sienten identificados con su estilo y propuesta.
Detrás del éxito hay largas jornadas de producción, sacrificios compartidos y una organización meticulosa para equilibrar clases y negocio. “Hemos tenido que aprender a organizarnos muy bien, incluso ajustando nuestros horarios académicos para no descuidar ni el negocio ni la universidad”, contó Medinaceli.
Complicidad y resiliencia
Trabajar desde casa ha sido una experiencia que combina ventajas y desafíos. Franchesca comentó que, aunque valora la posibilidad de producir en su propio hogar, las limitaciones de espacio y tiempo generan algunas limitaciones. “Mi mamá solo me permite hacer masas hasta las 11:00 a.m., porque después ella necesita usar la cocina”, explicó la emprendedora. Además, Medinaceli explicó que, el uso compartido del horno y la heladera dificulta la expansión del negocio o la incorporación de nuevos equipos momentáneamente.
A pesar de esas dificultades, ambas reconocen el valor del apoyo familiar. Fabiana destacó, por ejemplo, el rol del padre de Franchesca durante los primeros meses: “La primera persona que empezó a repartir las galletas fue su papá. Estuvo con nosotras casi medio año, hacía las entregas, hablaba con las señoras de los colegios, resolvía problemas. Se puso la camiseta”.
Incluso en los días más ocupados, cuando Franchesca debía asistir a clases, su padre asumía tareas de horneado. “Le enseñé a hornear y él me mandaba fotos de todo”, compartió Medinaceli. Añadió que, si bien es limitado el espacio y el tiempo de preparación de las galletas, sus padres apoyan en todo lo que pueden.
Emprender en ‘tiempos difíciles’
Las emprendedoras han sentido el impacto de la crisis económica y la subida de precios. “Es difícil, hay días en que nos preguntamos si podremos seguir sosteniendo esto. Pero lo bueno es que cuando una se desanima, la otra motiva”, compartió Fabiana. “Las dos creemos que, a pesar de la crisis, la clave es adaptarse y siempre ver la oportunidad”, añadió.
También brindan palabras de aliento para quienes desean emprender. Franchesca, por ejemplo, destacó que lo importante es comenzar, ya que el proceso permite mejorar con el tiempo. “Al final terminamos con un producto bien presentado, con un empaque bonito, construimos una marca... pero no nos desmotivamos en el camino”, expresó.
Por su parte, Fabiana recalcó que no hay que desanimarse si al principio no se tiene el “producto final”, pues es justamente durante el proceso que este evoluciona. “En ese momento uno puede pensar ‘no sé hacerlo’ o ‘me cuesta’, pero todas esas inseguridades hay que superarlas. Hay que seguir adelante y apostar por el producto que uno quiere ofrecer”, concluyó, resaltando la importancia de creer en uno mismo y defender las propias ideas.