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Clasificados

Lucharon por sus vidas y arriesgaron todo para salvar a otros del turbión

Domingo, 04 de enero de 2026 a las 07:00
Santos Flores se recupera de la picadura de la serpiente

La riada del 13 de diciembre dejó muerte, viviendas destruidas y familias enteras marcadas por el dolor en comunidades de El Torno. Damnificados relatan cómo el agua llegó de golpe, arrasó con todo y los obligó a luchar por sus vidas

“Resistí al turbión y a la picadura de una víbora. No dejo de agradecer a Dios por tener a mi familia con vida y a salvo”, dice Santos Flores (35) que, junto a su esposa, luchó con todas sus fuerzas contra la corriente para que no falte ningún miembro de su familia.

Como ellos, muchos cerraron un año marcado por el luto y el dolor. Perdieron sus casas, sus animales y todo lo que construyeron durante años de esfuerzo, pero no pierden la esperanza de volver a empezar, convencidos de que el solo hecho de estar con vida ya es un milagro.

El 13 de diciembre de 2025 quedó marcado como un día negro para los damnificados. Había llovido durante toda la noche, pero nadie imaginó que sería la última vez que verían a varios de sus seres queridos. La tragedia llegó de madrugada, sin dar tiempo a reaccionar.

Santos, su esposa Valeria Manrique (29) y sus cinco hijos ahora se refugian en el albergue municipal habilitado en El Torno, desde donde intentan reconstruir sus vidas. Aún no saben dónde vivirán, pero tienen claro que no quieren regresar a su comunidad, Surutú, porque ese lugar les recuerda la tragedia que estuvo a punto de separar a su familia.

Los siete fueron arrastrados por el turbión, pero lograron salvarse aferrándose como pudieron a árboles y vigas. Dormían cuando, en el silencio de la madrugada, un golpe estremeció la vivienda: era la fuerza del agua que, en cuestión de minutos, derribó las paredes. El estruendo del turbión y la palizada se mezclaba con los gritos desesperados de los niños. “Mamá, mamá”, clamaban mientras la corriente los arrastraba.

En medio de la oscuridad, Valeria logró abrazar a sus dos hijos menores, de 4 y 3 años, y juntos se sujetaron a una viga, hasta que la fuerza del agua le arrebató al más pequeño. “Lo dimos por perdido, pero gracias a Dios lo encontramos 200 metros más abajo”, recuerda entre lágrimas.

Santos consiguió sujetar a los otros dos niños, de 10 y 8 años, mientras el mayor luchaba por su vida abrazado a un árbol. Entre la confusión y los destellos de los relámpagos, lograron subirse a un árbol, pero al darse cuenta de que faltaba el menor, Santos no dudó en lanzarse nuevamente a las grandes olas de lodo y palizada. Así logró rescatarlo, pero en ese intento una víbora lo mordió en el pie. 

Con un pedazo de tela se amarró por encima de la herida para contener el veneno, hasta que los rescatistas llegaron para auxiliarlos. “Nos quedamos sin nada, pero tenemos a nuestra familia completa. Vamos a empezar de cero. No tenemos documentos ni ropa”, repite Santos, que ahora espera la ayuda de las autoridades, ya que incluso perdieron sus documentos de identidad.

Salvó a una niña  

A sus 32 años y en medio de las carencias del albergue, Paulino Martínez siente que Dios le concedió el milagro de seguir con vida y de salvar a una niña que había quedado atrapada entre la palizada, en Quebrada León. 

“Es muy triste lo que pasó, porque nunca pensamos que algo así podía ocurrir. Yo vivía en ese lugar desde los siete años y jamás habíamos vivido algo similar”, relata. Todo sucedió entre las 3:30 y las 4:00 de la madrugada. “Entre sueños escuché la voz de mi abuelo. Gritaba que el agua estaba llegando. Quise salir, pero el camino ya estaba tapado. El turbión nos arrastró y no logramos salvarnos todos”.

En medio del caos, varios intentaron aferrarse a lo que encontraban. “Nos subimos a un tronco, como montados a caballo, pero a los adultos mayores ya no los volvimos a ver”, recuerda.

La corriente lo arrastró unos 500 metros, hasta que quedó atascado en una rama. Fue allí donde escuchó el llanto de una niña que pedía auxilio. “Avancé como pude hasta llegar a ella. Estaba atrapada de la cintura para abajo. La ayudé con lo poco de fuerza que me quedaba, porque ya me dolía mucho el pecho”, cuenta.

Logró liberarla, pero la niña, de apenas ocho años, no dejaba de preguntar por su familia. “Me preguntaba si había visto a su abuelito, a su mamá. Yo trataba de calmarla, le decía que a su mamá la íbamos a encontrar más abajo, pero hasta ahora sigue preguntando por ella”, asegura.

A pocos metros de ese lugar, otro vecino también logró sobrevivir. De ese grupo de al menos 24 personas, solo tres se salvaron. Permanecieron allí hasta el amanecer, cuando el nivel del agua bajó de golpe y pudieron alcanzar tierra firme.

Con el paso de los días, la tragedia se fue confirmando. “Ya encontraron los cuerpos de mi abuelo, mi abuela y mi padre, pero mi hermano sigue desaparecido”, dice Paulino. Su madre se salvó porque había viajado a El Torno, y una de sus hermanas tampoco estaba esa noche, ya que había llegado desde Chile para asistir a la promoción de uno de sus hermanos. “Es un milagro de Dios estar con vida, haberme salvado y haber podido salvar a la niña”, repite Paulino.

La misma desesperación vivió Sergio Severiche (18) en la misma comunidad, donde la furia del  turbión se llevó todo a su paso.  Ese día perdió  a sus padres y a su hermana.

Recuerda que estaba durmiendo cuando escuchó a su hermana alertar que el agua estaba llegando y que todos debían levantarse porque corrían peligro, ya que su vivienda estaba ubicada en la parte baja, cerca del río.  “Corrimos hacia la casa del vecino e intentamos escapar, pero el agua nos alcanzó porque llegó de golpe. El nivel subió hasta el techo. Mi papá y otros familiares se subieron a las plantas de mandarina, pero yo me subí al techo”, dice.

Todos lucharon por sus vidas, pero algunos no lo lograron.  “Nos arrastró a todos; primero se llevó a mi papá, a mi mamá y a mi hermana. Desde ese momento no los volví a ver. Ahora ya recuperaron los cuerpos y les hemos dado cristiana sepultura”, agrega.

Él tuvo que desafiar a la corriente a como dé lugar. Recuerda que primero se desplomó el techo de la cocina de su vecino y después se derrumbó la casa donde él estaba protegido. “Por suerte, antes de que se derrumbe logré pasarme a la planta de palta, que después también fue arrastrada. 
Tuve que nadar y nadar. Por rato me subía a los troncos que arrastraba el agua, pero lo único quedaba era rezar”, señala.

De su casa no queda ni rastros. El agua se llevó todo, heladera, cama, ropa, documentos y todo cuanto acumularon durante años. Ahora no sabe dónde volver a empezar, pero aguarda la esperanza de que las autoridades le tiendan la mano para reconstruir su hogar. 

Mercedes Huallpa, de 62 años,  también salvó su vida, pero llora porque perdió a su esposo. Cuenta que el día de la tragedia, se levantó para ir al baño a eso de las 3:00 y, al regresar, dobló las rodillas para orar. Temía que algo pasara porque llovía a cántaros, con tormentas eléctricas. Una hora más tarde se dio cuenta que el agua comenzó a ingresar a su casa, porque su perro subió a la cama y no quería bajar. El agua comenzó a llenar la vivienda y su esposo intentó cavar una cuneta para desviar la corriente, pero el agua subió con fuerza.  Ese fue el último momento en que Mercedes lo vio con vida; su cuerpo fue recuperado posteriormente.

En medio de turbión, Mercedes logró subirse al techo de un gallinero mientras la corriente la golpeaba con troncos. Fue arrastrada junto con la palizada por unos 140 metros hasta que finalmente quedó atrapada, donde  permaneció hasta el amanecer. Mercedes está sola y solo cuenta con la ayuda de su hermana y familiares.

Isabel Cuéllar (50) relata que se encontraba junto a su hijo y su nieto cuando el  ruido del turbión los despertó en la zona del Jardín de las Delicias. La fuerza del agua cerró la puerta de su vivienda y, en medio de la desesperación, tuvo que abrir un hueco a golpes con una picota para poder escapar, junto a los suyos. 

Pese al dolor, Isabel intenta mantenerse en pie. Antes del desastre, se dedicaba a preparar comida para los turistas que visitaban la zona, donde ahora solo queda destrucción.

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