Pasa el tiempo y crece la desesperación de las familias que recorren las riberas del río Piraí, buscando entre la palizada y el barro a sus seres queridos que fueron arrastrados por la violenta crecida. A seis días de la tragedia, saben que cada minuto cuenta, pero no pierden la esperanza de que un milagro permita encontrarlos con vida.
“Necesito que me ayuden a buscar a mi padre”, suplica Pedro Luis Núñez, que desde el fin de semana no encuentra su papá Luis Núñez Rentería (63), que fue arrastrado junto a su hermano Miguel Ángel, quien logró salvar su vida de milagro, luego ser arrastrado por el turbión unos 20 kilómetros río abajo.
Ambos, dragueros de oficio, intentaban el sábado, por la madrugada, rescatar su maquinaria en el sector del canal Isuto, cuando una repentina crecida del caudal los obligó a refugiarse en una isla en el lecho del río. Resistieron ahí toda la noche, pero con el paso de las horas la tierra comenzó a ceder, hasta que fueron arrastrados por la corriente. Miguel Ángel logró salir con vida en la zona de Colpa Bélgica, con la pierna rota y múltiples golpes, pero desde entonces no supo nada más de su padre.
Desde ese día, Pedro Luis y sus tres hermanos lo buscan incansablemente. “Hemos recorrido desde Valle Sánchez hasta Colpa Bélgica, caminando de punta a punta el río, y aún no lo encontramos. En la búsqueda hemos hallado varios cuerpos. Hay muchas familias en la misma situación”, dice Pedro Luis.
La búsqueda se extiende por todo el lecho y en las orillas del río, entre el barro y las palizadas. Para organizarse, familiares de personas desaparecidas han creado grupos de WhatsApp, donde comparten ubicaciones y fotografías. Cada vez que encuentran un cuerpo, marcan los puntos con banderines y continúan avanzando. Luis Pedro asegura haber visto cinco cuerpos (tres mujeres y dos hombres), pero ninguno corresponde a su padre. “Hay cuerpos irreconocibles. Lo que hacemos es colocar una bandera, pasar la ubicación y seguir buscando”, relata. También dan aviso a las brigadas de rescate que están movilizadas en distintos puntos y acuden al levantamiento de los cuerpos. Entre la noche del martes y el miércoles hallaron al menos cinco cuerpos, uno en La Guardia, dos en Warnes y dos en El Torno.
“Es muy doloroso lo que estamos viviendo. No perdemos la esperanza de encontrar con vida a mi padre, pero, en el peor de los casos, por lo menos recuperar su cuerpo para darle cristiana sepultura”, dice Pedro Luis.
Como esta familia, otras siguen buscando a sus seres queridos. Reciben la ayuda de amigos y personas que se solidarizan con su dolor. En la zona norte, vecinos y ‘motoqueros’ apoyan dando información y ayudando en el traslado de familiares que se desplazan para ingresar por distintos sectores para hacer el rastrillaje.
Sobrevivió de milagro
En medio de la tragedia, la historia de Miguel Ángel se convierte en un rayo de esperanza. Sobrevivió tras ser arrastrado cerca de 20 kilómetros por el turbión. Luchó por su vida en medio del caudal que se elevó 15 metros, pasó la noche herido, con la pierna fracturada y caminó durante horas hasta encontrar ayuda.
Desde una cama del hospital San Juan de Dios, agradece a Dios por seguir con vida. Recuerda que dormía en el campamento, a la altura del canal Isuto, cuando cerca de las 3:00 de la madrugada sus compañeros dieron aviso de que el turbión estaba llegando.
“Me levanté de inmediato. Apenas tuve tiempo de ponerme una chamarra; salí en short y chinelas. Llamé a mi padre y juntos entramos al río a las 3:30. En ese momento el nivel del agua no había subido demasiado y estábamos en una isla grande, así que confiamos en que no habría peligro”, relató. Sin embargo, media hora después el caudal empezó a crecer. La oscuridad lo cubría todo. “Era de noche y no se distinguía dónde terminaba la arena y dónde comenzaba el río. Intentamos salir, pero ya no pudimos”.
Padre e hijo confiaban en que la isla resistiría el embate del agua, como había ocurrido en otras ocasiones. Pero al amanecer, la tierra comenzó a ceder lentamente hasta desaparecer. Entonces, el río los arrastró.
Ambos lograron sujetarse primero de un tronco grande, al que subieron mientras eran golpeados por la corriente. Avanzaron así varios tramos, hasta que una ola los impactó con violencia y los separó. Ese fue el último momento en que Miguel Ángel vio a su padre.
“Logré agarrarme de un tronco junto a él. Lo tomé de su chaleco y le pedí que no se soltara. Le repetía que íbamos a sobrevivir. Él me respondió: ‘Tranquilo, hijo, estoy agarrado’. De pronto, una ola enorme chocó contra nosotros y nos separó. En ese instante lo perdí de vista”, contó con la voz entrecortada.
Desde entonces, luchó solo. En un momento consiguió subirse a un tronco de unos quince metros y avanzó montado en él un buen trecho, pero otro palo lo golpeó con fuerza y le aplastó la pierna.
“Las olas me cubrían, las ramas me cruzaban el cuerpo. Cerraba los ojos y pensaba que quería despertar, que todo fuera una pesadilla. Pero al abrirlos seguía viendo lo mismo”, recuerda.
Le preguntaba a Dios qué iba a pasar. De pronto, el tronco tocó tierra y se clavó, pero una ola gigantesca lo obligó a soltarlo y volvió a arrastrarlo. “Quería salir a la superficie, pero no podía. El agua era espesa, llena de ramas y barro. Me aferraba a cualquier tronco que encontraba, luchando como podía, hasta que logré llegar a otra isla”.
La calma fue breve. Apenas cinco minutos después, el agua volvió a llevárselo. Otra vez quedó a la deriva. No distinguía la orilla; la lluvia y el agua lo cegaban. “Aun así, no me rendí. Iba de una orilla a otra, de tronco en tronco. Había palizadas enormes, tan grandes como una cancha de fútbol”, relata.
En un momento, tras una fuerte oleada, sintió que todo había terminado. “Pensé: esta vez es la muerte”. Bajó los brazos y se dejó llevar. Sentía golpes en la nuca y en las costillas. Curiosamente, no percibía el dolor de la pierna fracturada. Pero esa misma ola lo empujó hacia la superficie. “Nadé hasta encontrar una palizada grande. Ya sin fuerzas, me sujeté de otro tronco. El río fue calmándose poco a poco y la palizada volvió a formarse”. El agua empezó a correr más lento y quedó atrapado entre los restos de palos. Descansó un momento y luego, uno a uno, fue retirando los troncos que lo cubrían.
Cuando logró liberarse, no pudo caminar. Tenía el rostro cubierto de arena y, a cada paso, se hundía hasta la cintura. “Le pedía a Dios que me salvara, porque ya no tenía fuerzas ni siquiera para sostenerme”, dice.
Caminó todo el sábado con la pierna rota. Con frío y hambre, buscó refugio en las orilllas del río. Se hizo una cama con ramas y pasó la noche a la intemperie, en una zona alta, sin abrigo y con fuertes dolores. “Fue la noche más larga de mi vida. Llovía y tenía mucho frío”, recuerda.
La mañana del domingo logró desplazarse hasta inmediaciones del puente de La Bélgica, destruido por la fuerza del Piraí, donde pidió ayuda a varias personas, sin recibir respuesta. Finalmente, una pareja lo auxilió y lo trasladó en un vehículo para que reciba atención médica. Mientras se recupera, la búsqueda de su padre continúa.