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Mujica recibió el Patujú de Bronce en 2014 y EL DEBER lo visitó en su casa de Montevideo

Martes, 13 de mayo de 2025 a las 14:46

Un año antes de dejar el poder, José Mujica recibió el Patujú de Bronce, el reconocimiento anual que confiere EL DEBER para los personajes destacados de cada año. En ese noviembre de 2014, el líder uruguayo, además, le abrió las puertas de su casa a un equipo de esta casa periodística donde conversaron sobre su vida, la política y el mar.

José “Pepe” Mujica, expresidente de Uruguay, símbolo de la coherencia ética y la humildad en el poder, falleció este martes a los 89 años dejando tras de sí un legado de dignidad, pensamiento libre y una conexión entrañable con Bolivia. En noviembre de 2014, un año antes de dejar el poder, EL DEBER tuvo el privilegio de entregarle el Patujú de Bronce, galardón que reconoce a las personalidades más destacadas del año, y de compartir con él una conversación íntima en su casa en Montevideo.

Mujica no solo recibió la estatuilla con emoción, sino que la contempló unos segundos en silencio, como quien reconoce algo profundamente familiar. “Es hermosa”, dijo al levantarla, recordando los colores simbólicos del patujú, esa flor que crece en el oriente boliviano y que para él simbolizaba la belleza sencilla de los pueblos.

Vestido con un saco azul a cuadros y con el escudo de Uruguay en la solapa, Mujica agradeció el reconocimiento, pero fue más allá: “Para mí es un honor porque siento que viene del querido y humilde pueblo boliviano, que no solo es un pueblo hermano... América Latina es una nación todavía dividida en países. Yo considero a los bolivianos como mis compatriotas”.

El entonces presidente uruguayo se sorprendió aún más al recibir una hamaca naranja típica de Guarayos, tejida por manos indígenas. La elogió, la tocó, preguntó por su origen. Era un gesto más de su sensibilidad hacia los pueblos y sus culturas, un rasgo constante en su trayectoria.

El 27 de noviembre de 2014, el director de EL DEBER, Pedro Rivero Jordán, le entregó el premio en la Torre Ejecutiva, sede del Gobierno uruguayo. Mujica también recibió entonces una edición especial por los 60 años del diario. Lo hojeó con atención y curiosidad, comentando el contenido con genuino interés.

Ya en su casa de Rincón del Cerro, una chacra a las afueras de Montevideo donde vivía junto a su compañera Lucía Topolansky, Mujica abrió su corazón al equipo periodístico. “Nosotros hace unos 30 años vivimos acá y de momento no pensamos cambiar, más que cuando vayamos al cementerio”, dijo, mientras mostraba las flores que cultivaba y vendía en la capital.

Respondió sin filtros ni poses. Contó que se levantaba a las seis de la mañana para preparar el mate, que no tenía personal de servicio, que la verdadera libertad la encontraba en esa vida austera. “Aprendí una ley: si no vives como piensas, a la larga pensarás como vives”, afirmó con serenidad.

Recordó también los años de prisión que vivió en soledad absoluta durante la dictadura militar, y cómo eso templó su carácter. “Tuvimos siete años sin poder leer. El problema era mantenernos lo más sanos posible de la cabeza”, confesó. “Tuvimos que inventarnos disciplinas. Pero teníamos fe en que íbamos a salir y seguir militando”.

Fue también un testimonio de una vida marcada por los ideales. “El hombre aprende más de la adversidad que de la bonanza. La bonanza envanece; la adversidad templa”, dijo. Su voz, pausada y firme, cargaba la sabiduría de alguien que no solo predicó con la palabra, sino que vivió con el ejemplo.

Antes de despedirse, Mujica tomó la caja tallada en madera que contenía el Patujú de Bronce, la acomodó bajo el brazo y reiteró su gratitud. “Gracias por esta visita. Gracias por este reconocimiento. Gracias por venir desde Bolivia”.

La noche caía sobre Montevideo, pero Mujica no dejó que el cansancio venciera su cortesía. Siguió conversando, preguntando por Bolivia, recordando su visita como ministro y luego como presidente, durante la cumbre del G-77 + China en junio de 2014. Bolivia no le era ajena. La sentía suya.
 

No creo que nadie pueda vivir con 
felicidad con una pobreza lacerante


—¿Esta casa expresa su forma de pensar?

Y esta casa expresa algunos de los contenidos. Nosotros hace unos 30 años vivimos acá y de momento no pensamos cambiar, más que cuando vayamos para el cementerio, así que por lo menos esa es nuestra intención.

—¿No lo cambió ni el poder, presidente?
No, no. El poder me remacha más. Estoy en un mundo loco. Cuando usted ve casi todos los fenómenos de corrupción que se notan en los estados, la desesperación que tiene la gente por el dinero… Bueno, eso tiene mucho que ver con que despilfarramos un disparate, malgastamos en fuerza humana un disparate. Y no hago ninguna apología a la pobreza, no creo que nadie pueda vivir con felicidad con una pobreza lacerante. El problema es la otra punta: el despilfarro. Pero bueno.

—¿Usted vive como piensa?
Sí, porque aprendí una ley: si no vives como piensas, a la larga pensarás como vives.

—¿A qué hora se levanta, presidente? ¿Ahora en el campo, mañana temprano?
Más o menos alrededor de las seis de la mañana voy a preparar el mate. La liturgia de los uruguayos, ¿no? Si no tomamos un poco de mate, nos arrancamos.

—¿No tiene personal de servicio, nadie que lo ayude?
No, no, por favor. Somos mi compañera y yo en la casa.

—¿Qué le ha enseñado la vida?
El hombre aprende mucho más de la diversidad que de la bonanza. La bonanza envanece, multiplica el ego y hace perder la humildad. La diversidad, si no nos destruye, nos termina templando y haciéndonos más fuertes.

—Aquí vive usted en libertad, al aire libre. Pero estuvo durante muchos años preso. ¿Cómo fue vivir en una cárcel? ¿Cómo sobrevivió?
El bicho humano es un bicho muy duro. Y es muy fuerte, si sabe buscar reservas adentro de sí mismo. Eso depende mucho, naturalmente, del templo individual, de cada sujeto. Pero tiene que ver con la compenetración que tiene uno en relación a lo que piensa y cómo vive. Seguramente que para la gente que no tiene muchas cosas en las que aferrarse, debe ser más difícil. Pero nosotros lo que luchamos fue, en primer término, cómo enfrentar la soledad. Y tuvimos siete años sin poder leer. Tuvimos que inventarnos algunas disciplinas, porque el problema era mantenernos sanos, o lo más sanos posible, de la cabeza. Pero teníamos fe en que en algún momento íbamos a salir y íbamos a seguir militando.


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