Antonio Soruco Villanueva
Y no porque lo digan los cruceños, sino porque cada paceño, tarijeño, potosino, sucrense, cochabambino o beniano, así lo percibe y lo siente, razón que explica, el porqué del flujo migratorio a las tierras del Oriente, en busca de mayores oportunidades de desarrollo y bienestar. El Occidente, con excepción del salvaje cooperativismo minero, que no respeta limites ambientales ni impositivos y que en el pasado constituía la fuente del poder económico y político de la burguesía paceña, ha quedado rezagado con respecto al desarrollo del Oriente, así lo demuestran los millones de bolivianos, que en los últimos treinta años han dejado atrás el ancla del pasado y abierto velas, para beneficiarse de los vientos de progreso y de libertad a la iniciativa privada, que caracterizan el Oriente boliviano. Y así, como no existen barreras contra el viento, ni muros que lo detengan, el desarrollo cruceño, pese a quien le pese, seguirá arrastrando y seduciendo a otros miles de bolivianos, que con su empuje, coraje y dinamismo, contribuirán a incrementar el peso específico de Santa Cruz en el contexto nacional y por ende, su poder y representación política. En otras palabras, la mejor política cruceña es seguir creciendo, contra viento y marea, demostrando, que más temprano que tarde, el poder gravitacional que tendrá el Oriente será determinante para la elección de los futuros gobernantes, le pasó a Potosí, luego a Sucre, La Paz y ahora a Santa Cruz, el péndulo del poder económico y político, se moverá indefectiblemente hacia el Oriente boliviano. Pueden ponerle toda suerte de zancadillas y desplantes al impulso cruceño y a su derecho de tener una representación, acorde con su población y poder económico, pero la inercia de su desarrollo, ya es imparable, imán que continuará atrayendo a miles de simpatizantes, convencidos, que más allá de las secantes ideologías, que ofuscan la razón y azuzan rencores regionalistas y étnicos, en el Oriente boliviano, se respira un aire de energía y positivismo, donde las discusiones políticas o ideológicas y los patriotas de escritorio, es en lo último que se piensa, ocupados en arar la tierra, levantar empresas, reproducir ganado, vivir en pocas palabras del esfuerzo propio, a espaldas del poder centralista y asfixiante. Las diatribas que les indilgan, ante su indomabilidad y el justo derecho de manejar su destino, no hacen más que desvelar, una oculta admiración y envidia, generada por el éxito y la prosperidad. El centralismo, es como una hidra que crece constantemente, hipertrofiándose a medida que engulle mayor burocracia e ineptitud, alentando el trabajo parasitario estatal y una informalidad creciente como respuesta a la soberbia política de tratar de controlar la iniciativa privada y libre albeldrío. Su hipertrofia, no hace necesario que aparezca Heracles de la mitología griega para cortarle todas las cabezas, puesto que su propio crecimiento, inorgánico e ineficaz, acabara finalmente con ella, como le sucedió al gran aparato público de la ex Unión Soviética, que queriendo administrar el imperio que poseía, acabo desintegrándose, perdiendo el 50% de su población. La verdadera unión o cohesión, comenzando por el matrimonio y terminando en los países, se origina, en el acto libre y voluntario de unir destinos, para hacer algo hacia adelante. Tener los mismos sueños, vivir para hacer algo juntos, vivir unidos acicateados por un proyecto común, puesto que como bien afirma el filósofo Ortega y Gasset, no basta vivir de la resonancia del pasado. La convivencia y unión nacional, se debe interpretar dinámicamente, comprendiendo que la ilusión de realizar grandes obras y proyectos, son los resortes que aglutinan el cuerpo colectivo. El pasado no garantiza la unidad nacional, son los anhelos, los sueños compartidos los que engendran el deseo de permanecer juntos. No se convive para estar juntos, sino para hacer juntos algo. El poder político, tiende siempre a no reconocer límites que escapen de su secante autoridad. Las antiguas democracias de Grecia y Roma eran poderes absolutos, más absolutos que los monarcas de la época absolutista. La idea de que el individuo, una región o un gremio se opongan al poder del Estado, o quede fuera de su jurisdicción, no cabía en las mentes clásicas. La democracia no esquiva al absolutismo, es indiferente que se halle en una mano o en la de todos, por ello el verdadero demócrata se limita a sí mismo. Somos un país que expulsó a millones de sus habitantes, alentados por un mejor destino. Santa Cruz es un departamento receptor, aglutinador de collas, chapacos, benianos y pandinos que sufren una metamorfosis de optimismo, un sentimiento esperanzador de progreso cuando migran a estas tierras bravías e indomables, abiertas a la imaginación y la creatividad, así lo demuestran sus índices de crecimiento poblacional y económico. Tratemos de imitar la raíz de su energía y optimismo, o por lo menos, respetemos sus usos y costumbres, que hoy constituyen el refugio de la esperanza nacional.