El pasado te acompaña, pero no lo determina. Todos cargamos con una historia, y lo interesante siempre será asumirla y no pelear con ella.
Sin embargo, no es un trabajo fácil. Aceptar la historia como ha sido, se convierte para muchos en una batalla constante, donde la mente sugiere cómo pudo haber sido, y la recreación constante de intentar cambiar la historia, es muy agotador. Por tanto hoy te invito a que pienses en el título del artículo, que si bien todos los días sale un nuevo sol, hay quienes no ven la vida con novedad, ya que el dolor constante del pensamiento histórico de su propia vida, les hace pensar los días sin novedad. Sí, aunque los días sean diferentes, aunque vivas experiencias nuevas, el lastre de la historia y las culpas no le dejan disfrutar.
Pero existe una solución, se necesita tranquilizar la cabeza, y no es precisamente con medicamentos u otros escapes externos. Se necesita conectar con la verdad del corazón, asumir realmente como fue la historia sin querer cambiarla, y en palabras de san Pablo de la Cruz sería: “abandonarse en el mar inmenso del amor de Dios” o “recostarse sobre el pecho del padre amoroso”.
Cuando el niño dice llorando a su madre la verdad de lo ocurrido, ella lo consuela y lo asiste. No importa si fue error de él, la madre ve en su hijo la sinceridad y el corazón lleno de ilusión por vivir bien y lo apoyará.
Creo que estamos llegando al punto más serio de la historia, y no es precisamente los errores cometidos o los fracasos vividos, sino la verdad de nuestra vida. El proceso más doloroso y el más sanador es la aceptación, por eso Pablo de la Cruz dice: abandónese en el mar inmenso del amor de Dios. Cuando tú te lanzas al mar, tu cuerpo no tiene otra opción que nadar, sumergirte en las aguas y dejarte refrescar. Hay un gozo en el agua, una relajación mientras nadas, y empiezas a coordinar tu nado, pero a la vez disfrutas. Es mágico nadar en el mar.
La imagen del mar, según San Pablo de la cruz, es más profunda aún, y se refiere a una gota que cae en el mar, y la gota se hace mar. Y nosotros al descender al mar de Dios, abandonarnos en la anchura de las aguas, es sumergirnos en el amor de Dios. Pero el requisito para entrar al mar es llevar nuestra verdad y quedarnos allí disfrutando de la inmensidad del cariño de Dios.
Nuestra experiencia personal no nos deja ver la verdad, porque nos da miedo reconocerla, y nos herimos recordando la historia para sentirnos mal nuevamente, reviviendo el momento doloroso, perjudicando nuestro presente y nuestra alegría actual. Pero al recordar el dolor, no estamos asumiendo la verdad sino solo la culpa. Y la verdad es más grande. Es decir, bordeamos la verdad recordando el dolor, pero no llegamos a la veracidad de la historia.
Cuando somos capaces de reconocer todo lo sucedido, entendemos nuestra propia vida, nos aceptamos y también tomamos decisiones. Se aprende a caminar con la historia sin pelear con ella, pero sí más atentos al presente para no repetir lo que no queremos. Así se desarrolla habilidad para estar más sereno, más seguro y más fuerte.
Cuando logramos ver nuestra vida con tranquilidad, reconocer la verdad del corazón, podemos vivir más seguros y más libres.
El discernimiento para conocernos es el proceso a seguir; si no existe esa lucidez dentro de las acciones libres que escogemos, podemos equivocarnos, ya que pueden despistarnos al elegir justo lo que no queremos hacer.
Hoy se escucha como en la medicina y en los tratamientos para disminuir de peso, se tiene claro que no es una dieta la que lleva a bajar de peso, sino que los médicos hacen terapias mentales para ayudar a qué el paciente descubra dónde están sus ansiedades que lo hacen consumir alimentos sin hambre y sin orden. En ese sentido, los médicos no quieren una estrategia fallida, quieren el beneficio integral de la persona.
Los libros de organización hablan de la necesidad de poner todo en su lugar para mantener armonía. Pero no es solo un beneficio físico, ya que cuando un lugar se ve ordenado, sobra todo lo que no se ve en orden. Y esto contribuye a la armonía mental de quien habita el lugar.
La verdad puede poner en orden todo en la vida. Es el gran beneficio mental. Puede ayudar a bajar de peso, a ordenar los ambientes donde se vive, a reírse y disfrutar más el nuevo sol que recibimos cada mañana. Jesús nos dijo: “La verdad los hará libres”. Juan 8,32.
Su amigo.