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Cuando la gestión vale más que el discurso electoral

Jueves, 08 de enero de 2026 a las 04:00

Hablar de prosperidad urbana en Bolivia exige sinceridad, conocimiento técnico y memoria. No basta con repetir que una ciudad es “próspera” porque crece en población o economía, o porque inaugura obras visibles, mientras se descuidan los aspectos estructurales que sostienen su funcionamiento. La prosperidad real se mide por la capacidad de planificar, ejecutar y sostener políticas públicas que respondan a necesidades concretas del ciudadano y no a intereses políticos definidos por el voto coyuntural.

Haber vivido en las dos ciudades que definen buena parte del ritmo del país; La Paz y Santa Cruz de la Sierra, me permite afirmar que, la prosperidad no nace de discursos, ni de la propaganda, sino de una adecuada capacidad de gestión.

Tuve el honor de servir durante cinco años como Oficial Mayor Técnico del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz; cargo que hoy se denomina secretario. Llegué por invitación y desde el sector privado, donde la ejecución eficiente, la calidad y la responsabilidad no son consignas, sino exigencias diarias. El primer choque fue cultural: descubrir una cultura marcada por el “noimportismo”, por la burocracia innecesaria y por esos “reyes chiquitos” que abundan en la administración pública que frenan decisiones y soluciones.

Pero también entendí que una ciudad; como La Paz, asentada sobre más de 286 ríos y riachuelos; en su mayoría subterráneos, no puede darse el lujo de la improvisación. Requiere técnica, método y equipos integrales que trabajen libres de presión política. Esta realidad no es exclusiva de una ciudad: se replica en muchas urbes del país que hoy padecen, por decir lo menos, las consecuencias de autoridades elegidas al ritmo de la coyuntura y la prebenda política.

Lo primero que debe comprender un candidato a alcalde es que la prosperidad comienza con el reconocimiento honesto de la realidad territorial. Las necesidades de una ciudad no son homogéneas. Conviven emergencias, prioridades, problemas estructurales de larga data, y también demandas barriales que requieren atención inmediata. Identificarlas exige un proceso que involucramiento real con quienes viven esas necesidades: los vecinos. Trabajar con ellos, orientarlos y acompañarlos en la toma de decisiones ha sido, en mi experiencia, uno de los procesos más productivos de la gestión pública.

Nada funcionará mientras el ciudadano no conozca su ciudad: sus riesgos, sus deficiencias y, sobre todo, los recursos que administra su gobierno municipal. Los vecinos deben saber cuánto se recauda, cuánto se invierte, qué se prioriza y por qué. La prosperidad no impone desde arriba; se construye desde la información, la transparencia y la equidad.

La participación ciudadana no puede reducirse a actos ceremoniales ni a firmas simbólicas en talleres o recepciones de obra. Debe convertirse en un proceso permanente que permita a cada barrio comprender su realidad, ordenar urgencias, y planificar su desarrollo. Cuando un vecino entiende por qué una obra se prioriza y cómo beneficia a su entorno, la gestión avanza con legitimidad. Y cuando la Alcaldía respeta esas prioridades, los vecinos se convierten en aliados, no en opositores.

La verdadera prosperidad exige continuidad y coherencia. No sirve de nada que una gestión planifique técnicamente si la siguiente desecha los estudios y destruye lo avanzado por simple cálculo político. La ciudad no es propiedad del alcalde; ni de su partido, es un organismo vivo que exige compromiso, visión de largo plazo y políticas públicas centradas en el ciudadano como eje de la planificación y el desarrollo urbanos.

Una ciudad próspera tampoco se mide solo por lo construido, sino por la capacidad de mantener lo construido. Drenajes, pavimento o áreas de equipamiento abandonados no solo se deterioran: encarecen el futuro. Lo que no se mantiene se pierde, y lo perdido le cuesta el doble a la Alcaldía.

Finalmente, la prosperidad requiere humildad institucional. El funcionario público debe entender que su rol no es demostrar poder, sino servir. Y el político debe comprender que los técnicos no son sus adversarios, sino su principal soporte. Una ciudad sin técnicos honestos, probos y comprometidos es una ciudad sin futuro.

Las ciudades no fracasan por falta de discursos ni de promesas; fracasan por falta de gestión. La prosperidad urbana no se construye en campañas ni en redes sociales, sino en la capacidad de unir técnica, ciudadanía y transparencia. Eso, precisamente, es lo que define a una ciudad con futuro.

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