El fracaso del pretendido diálogo del sábado debe mostrar a los actores políticos la ruta correcta para buscar una salida a un conflicto que ingresa hoy en su tercer día en la región del paro indefinido, a la que se suman movilizaciones con paros de 24 horas y otras medidas en regiones del país con una demanda común: Censo el 2023.
A diferencia de 2019, es poco probable que en este caso el conflicto termine como efecto de la victoria aplastante de una de las partes, como lo fue octubre y noviembre de 2019 cuando se consiguió la renuncia y posterior huida de Evo Morales. Las condiciones son muy distintas y el tema de hoy es uno en el que todos coinciden y solo difieren en la fecha.
Por tanto, es previsible que la salida deba darse por la vía del diálogo. El paro puede durar una semana o dos o más pero el momento que concluya será porque a algún acuerdo llegaron las partes. Siendo así, es de sentido común elegir el tiempo más corto posible para que los perjuicios también sean menores y el costo. La relación tiempo/costos es aquí directamente proporcional: a más tiempo que tome encontrar la solución, más daño económico y personal se habrá producido.
El diálogo del sábado nació muerto en el momento en que pusieron a dirigir la reunión a la ministra María Nela Prada que es no solo integrante de una de las partes enfrentadas, por tanto juez y parte, sino además una persona con poco tino para manejar un encuentro delicado. Más que una reunión de partes iguales, aquello parecía una audiencia que el Gobierno concedía a los representantes del comité impulsor del censo, pese a que allí había autoridades electas directamente por el pueblo, a diferencia de los otros, que fueron elegidos solo por una persona: el presidente Luis Arce. Es llamativo que participe en las reuniones un vocero: su función, como su nombre indica, es la vocería, es decir la transmisión de la voz oficial del Gobierno delegada hacia él por alguien superior, en este caso el presidente Arce. Si el vocero participa en las reuniones, ¿a título de qué lo hace? ¿O también en su voz expresa el pensamiento del presidente Arce con quien en las reuniones él no se comunica? Solo una facultad telepática podría explicar que cumpla una virtuosa función de vocería simultánea.
El vocero es el funcionario de gobierno que más tiempo ha estado en Santa Cruz en estos meses administrando el conflicto por la fecha del censo y no le ha ido bien. Sus gestiones y su estilo profusamente verbal no condujeron a algo positivo. La prueba es que hemos llegado a la medida extrema del paro indefinido ante la falta de puntos de encuentro.
En otro ámbito, las detenciones arbitrarias de personas y las amenazas de los aliados y autoridades de Hidrocarburos de dar plazos, cercar Santa Cruz o desabastecer de combustibles no ayudan, sino que alejan aún más el posible entendimiento. Con esas amenazas, el presidente Arce corre el riesgo de parecerse a como actúa Vladimir Putin contra Ucrania.
Tampoco contribuyen las expresiones adjetivadas para referirse al otro. Es poco inteligente insultar a la persona con la que esperas volver a sentarte en la misma mesa, excepto que se dé por hecho que en el próximo diálogo no participarán algunos actores del primer ejercicio.
Un diálogo con sentido y posibilidades de éxito debe ser conducido por una parte intermedia, que fije condiciones claras y las haga cumplir. Una de ellas es que las partes se pongan en igualdad de condiciones y jerarquía y principalmente estén dispuestas a ceder algo. Sin al menos eso, no hay espacio para la esperanza.