En una calle polvorienta del barrio Los Pinos, en el norteño municipio de Yapacaní, se registró una de esas historias que conmueven más allá del deporte: la de Leonel, un niño humilde de 9 años que, con sus chinelas amarradas con alambres, cruzó la línea de meta dejando atrás no solo a sus competidores, sino también a cualquier duda sobre el poder del esfuerzo, la esperanza y la perseverancia. Él no tenía zapatillas de marca, ni ropa deportiva especial. Sus chinelas estaban viejas, desgastadas, rotas en los bordes. Pero él no las cambió. En vez de eso, las sujetó con alambres con la misma firmeza con la que había amarrado sus sueños. Su meta no era solo ganar una carrera, sino demostrar que no importa de dónde partes, sino hacia dónde corres.
Desde la salida, el niño salió como una flecha. Su zancada no era perfecta, pero su determinación era imparable. Mientras otros tropezaban con el cansancio, él avanzaba con la fuerza de quien ha aprendido a correr sorteando carencias y obstáculos. Al cruzar la meta, el silencio se rompió en aplausos. Nadie miró ya las chinelas remendadas. Todos vieron al campeón. Un niño que, pese a todo, había llegado primero. Que no puso excusas ni pidió ayuda, solo una oportunidad. Su imagen se volvió viral: pequeño, delgado, con el rostro cubierto de sudor y una sonrisa tímida que lo decía todo.
La historia de Leonel ya es de todos. Es el reflejo de miles de niños y niñas que, día a día, enfrentan obstáculos con más coraje que recursos. Su carrera no terminó en la meta. Apenas empieza. Que su historia nos inspire, nos motive y nos despierte.