Comprender cómo aprende el cerebro de niños y adolescentes desde las primeras semanas de clases es clave para mejorar el rendimiento escolar. La duración limitada de la atención, la influencia de las emociones, el descanso, el estrés y el uso de pantallas forman parte de un conjunto de factores que inciden directamente en el proceso de aprendizaje y en la manera en que se adquieren y retienen los conocimientos.
La neuroeducación, disciplina que integra aportes de la neurociencia, la pedagogía y la psicología cognitiva, ofrece respuestas prácticas para abordar estos desafíos tanto en el aula como en el hogar. James Robles, director de la carrera de Psicología en la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), detalla cómo aplicar estos principios para potenciar el desempeño académico y favorecer experiencias de aprendizaje más efectivas.
“La neuroeducación combina la parte cognitiva de cómo el cerebro procesa la información, la pedagogía que es el arte de enseñar y la neurociencia que estudia cómo funciona el cerebro, tanto en su estructura como en su química. Esta integración nos da pautas muy claras para enseñar y aprender mejor”, explica Robles.
El académico agrega que muchos estudiantes regresan a clases con dificultades para concentrarse, ansiedad frente a las evaluaciones y hábitos poco saludables que interfieren en su proceso de aprendizaje.
En ese contexto, la neuroeducación permite entender por qué algunos alumnos se desconectan con facilidad, por qué otros se bloquean durante los exámenes y qué condiciones favorecen un aprendizaje significativo desde las primeras clases.
“La clave está en comprender cómo funciona el cerebro cuando aprende”, puntualiza Robles, experto en neuroeducación.
Curiosidad y utilidad: el punto de partida del aprendizaje
Uno de los primeros procesos que debe activarse en el aula es la curiosidad. Sin interés, no hay conexión cerebral. Según Robles, el docente tiene que despertar la curiosidad del estudiante. Si no hay curiosidad, el estudiante no se conecta con el contenido.
“Cuando el estudiante sabe la aplicabilidad del contenido, su cerebro libera dopamina, serotonina y endorfinas. Esa emoción es la que impulsa el aprendizaje”, añade. Cuando el contenido tiene sentido práctico, el cerebro entra en un estado químico favorable para aprender.
La atención tiene tiempo límite
Uno de los errores más frecuentes en la enseñanza es mantener la misma dinámica durante toda la clase. El cerebro no funciona así.
“La atención en los niños puede durar entre 5 y 10 minutos. A medida que crecen puede extenderse a 15 minutos. Por eso el docente debe cambiar la actividad constantemente”, explica.
Cambiar de dinámica, incorporar videos, ejercicios, debates o retos permite que el cerebro vuelva a activarse y mantenga el foco. “El cerebro focaliza, se apaga, y cuando cambia el escenario se vuelve a prender”, resume.
Estrés y ansiedad: enemigos silenciosos del aprendizaje
La presión académica y la ansiedad ante los exámenes generan una reacción química que bloquea la parte racional del cerebro.
“Cuando el estudiante siente ansiedad, libera cortisol y adrenalina. Estos químicos bloquean la parte frontal del cerebro que es la lógica racional”, señala Robles.
Esta es la razón por la que muchos estudiantes sienten que saben la respuesta durante el examen, pero no logran recordarla y recién cuando salen del aula se desbloquea el cerebro y recuerdan todo.
El aula debe convertirse en un espacio de bienestar y no de tensión constante.
Enseñar y aprender: dos responsabilidades complementarias
Robles diferencia claramente la enseñanza del aprendizaje. El docente debe aplicar estrategias variadas y el estudiante debe reforzar en casa siguiendo esa misma lógica.
“Si el estudiante no ve la utilidad de las tareas, se desmotiva. Pero si complementa en casa lo que aprendió en clase con la misma metodología, el aprendizaje se vuelve agradable”, explica.
Asimismo, señala que el descanso cumple un rol decisivo en el rendimiento escolar. “El cerebro es como la batería del celular. Se carga en ocho horas de sueño. Si no se descansa, se agota la dopamina y el rendimiento baja”, afirma.
Las primeras horas del día suelen ser las más productivas porque la energía cerebral está en su punto más alto.
La importancia del reconocimiento y la vida social
El cerebro también aprende en interacción con otros. El reconocimiento positivo estimula la liberación de químicos que favorecen la motivación.
“Es un disparo de energía para el cerebro. Motiva al estudiante a seguir avanzando”, explica Robles. El elogio oportuno y el acompañamiento emocional fortalecen la disposición para aprender.
Las pantallas, según el psicólogo, no deben estar presentes mientras se realiza una actividad de aprendizaje. Las pausas no significan revisar el celular, sino pausar la mente. Estas pausas deben servir para reconectar con la actividad siguiente, incluso mediante técnicas de respiración o mindfulness.
“Es como poner un cable a tierra para oxigenar el cerebro y volver a concentrarse”, añade. El objetivo final es que el estudiante desarrolle la capacidad de reflexionar sobre su propio pensamiento. “La inteligencia no solo es comprender, sino entender cómo pensamos para mejorar lo que hacemos. Eso es metacognición”, concluye.
Cuando un niño o adolescente alcanza este nivel, logra gestionar mejor su atención, sus emociones y su aprendizaje.
Aplicar los principios de la neuroeducación desde el inicio del año escolar puede marcar una diferencia significativa en el rendimiento académico. Despertar la curiosidad, explicar la utilidad del contenido, cambiar las dinámicas, reducir el estrés, dormir bien y gestionar el uso de pantallas son acciones concretas que impactan directamente en el cerebro.
Comprender cómo aprende el cerebro no es solo tarea de especialistas. Es una herramienta clave para docentes, padres y estudiantes que buscan que el aprendizaje sea más efectivo, saludable y significativo desde las primeras clases.