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La salud mental ya no es optativa: universidades integran la psicología preventiva en la formación profesional

Lunes, 09 de febrero de 2026 a las 09:19

Por Redacción

Frente a este escenario, las universidades comienzan a asumir que formar profesionales ya no puede limitarse a transmitir conocimientos técnicos: el bienestar emocional es una condición indispensable para el aprendizaje y el desarrollo integral

La salud mental se ha convertido en uno de los principales desafíos de la educación superior a nivel global. Ansiedad, depresión, burnout y abandono académico son hoy fenómenos cada vez más frecuentes entre estudiantes universitarios, impulsados por la presión académica, la incertidumbre laboral y la sobreexposición a entornos digitales. Frente a este escenario, las universidades comienzan a asumir que formar profesionales ya no puede limitarse a transmitir conocimientos técnicos: el bienestar emocional es una condición indispensable para el aprendizaje y el desarrollo integral.

“Trabajar el tema de la salud mental en los colegios, la universidad o en la comunidad es importante para prevenir desenlaces fatales. Ayuda también a que la persona tenga una mejor calidad de vida”, sostiene Ronald Tapia, coinvestigador del Centro Instituto Nacional de Investigación de Salud y Atención LATAM Bolivia. Su advertencia resume un consenso creciente entre especialistas: la psicología preventiva debe ocupar un lugar central en los modelos educativos actuales.

Tras la pandemia de COVID-19, organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertaron sobre una “segunda pandemia”, caracterizada por un aumento sostenido de los trastornos afectivos.

Tapia lo describe sin rodeos: “Estamos viviendo una pandemia de depresión y ansiedad. Estas enfermedades se encuentran entre las más prevalentes a nivel mundial”. Incluso, señala que su impacto ya se equipara al de las enfermedades cardiovasculares, desmontando la idea de que los problemas emocionales son secundarios o menos graves.

El desafío es aún más complejo si se considera que la edad de inicio de estos trastornos se ha reducido drásticamente. “En este momento tengo internados pacientes que han intentado suicidarse a los diez años”, advierte Tapia, al subrayar que los problemas emocionales aparecen cada vez más temprano y exigen respuestas preventivas desde el sistema educativo.

En este contexto, las universidades comienzan a incorporar programas de psicología preventiva que incluyen acompañamiento emocional, tutorías personalizadas, talleres de manejo del estrés, mindfulness y educación socioemocional. La evidencia muestra que estas estrategias no solo mejoran la convivencia y reducen conflictos, sino que también inciden positivamente en el rendimiento académico y la permanencia estudiantil.

Diversos estudios respaldan esta relación. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), a través de las evaluaciones PISA, identificó que los estudiantes con mayor bienestar emocional obtienen mejores resultados académicos. La OMS, por su parte, estima que uno de cada siete jóvenes entre 10 y 19 años padece problemas de salud mental, muchos de ellos no diagnosticados ni tratados.

James Robles, director de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), coincide en que el impacto va más allá del aula.

“Los problemas de salud mental no solo afectan el bienestar emocional, sino que también pueden afectar significativamente la calidad de vida de las personas, interfiriendo en sus relaciones, trabajo y estudios”, explica. Para Robles, ignorar esta dimensión es comprometer la formación profesional en su conjunto.

El tránsito de la etapa escolar a la universitaria suele intensificar estas dificultades. Cambios de dinámica, mayores exigencias académicas, presiones sociales y factores socioeconómicos generan un entorno de alta vulnerabilidad emocional.

“Al inicio de la carrera, las emociones pueden jugar en contra de la confianza y la capacidad del estudiante”, señala Robles, al referirse a un fenómeno recurrente en jóvenes universitarios.

Frente a este panorama, la psicología preventiva emerge como una herramienta estratégica. No se trata únicamente de atender crisis, sino de crear condiciones favorables: entornos libres de violencia, hábitos de sueño saludables, redes de apoyo y espacios que normalicen hablar de emociones y pedir ayuda. Tapia insiste en que este trabajo debe articularse entre familia, escuela, universidad y comunidad, rompiendo el estigma histórico que aún rodea a la salud mental.

En Bolivia, algunas universidades ya avanzan en este camino. Unifranz, por ejemplo, integra la psicología preventiva tanto en sus servicios de apoyo estudiantil como en la formación de sus carreras, particularmente en el área de Psicología. Además, impulsa iniciativas que vinculan a estudiantes con centros de salud de primer nivel, fortaleciendo la detección temprana y la atención de trastornos mentales.

La transformación del sistema educativo pasa, entonces, por reconocer una premisa clave: no hay aprendizaje sostenible sin bienestar emocional. Como resume Tapia, educar emocionalmente a un estudiante es prepararlo no solo para aprobar exámenes, sino para desenvolverse como persona y profesional en una sociedad cada vez más compleja.

 

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