Pésima gestión. La Asamblea Legislativa Plurinacional atraviesa una alarmante crisis de desempeño y legitimidad, reflejada en escándalos reiterados, ausencia de quórum y un desprecio evidente por la institucionalidad democrática. Cuando un puñado de hombres y mujeres, elegidos para legislar y fiscalizar, optan por los golpes y los insultos en lugar de defender principios e ideas, merecen ser llamados bárbaros, no parlamentarios, y mucho menos padres de la patria.
Agua, basura y papel. La sesión del 5 de julio, marcada por agresiones físicas, interrupciones grotescas y legisladores dormidos, simboliza el colapso ético y operativo del órgano legislativo. La masiva solicitud de licencias por parte de 24 diputados no solo paralizó el funcionamiento del hemiciclo, sino que expuso una cultura política irresponsable y oportunista. A ello se suman las convocatorias irregulares a sesiones, que debilitan la seguridad jurídica y agravan la desconfianza ciudadana.
Llamado al exorcismo. El hecho de que sectores religiosos hayan tenido que intervenir simbólicamente para “exorcizar” la corrupción dentro del Parlamento es la expresión más clara del hartazgo social frente a una clase política que, lejos de resolver los problemas del país, convierte al Legislativo en un escenario de bochorno, improvisación y descrédito. Pero, lamentablemente, el agua bendita no surtió el efecto esperado. ¿Y ahora, quién podrá ayudarnos? Ni siquiera el Chapulín Colorado, con su chipote chillón.