Solo han pasado 63 días del año 2026 y Bolivia llora 18 feminicidios y 11 infanticidios. La noche del primer lunes de marzo nos hemos ido a dormir con la dramática historia de Ana, que con apenas 31 años ya tenía cinco hijos, y yacía al interior de su casa muerta, en Sacaba, al igual que sus niños, aparentemente envenenados. Y al día siguiente, en La Paz, otra joven madre (37) era objeto de pericia forense por haber aparecido muerta en su habitación, dejando dos hijos en la orfandad y con un bebé en estado de gestación.
Un infanticidio múltiple y otro feminicidio con el agravante de que al segar la vida de la madre también se le quitó a un nuevo ser la oportunidad de vivir, le pone a cualquiera la piel de gallina. Y quien diga que no, debe empezar a preocuparse, porque la sociedad no puede ni debe normalizar la amenaza a la vida. No son solo números para la estadística del Ministerio Público, estamos hablando de 18 mujeres y 11 niños a los que se les cortó el derecho a soñar, a existir y a disfrutar de sus vidas.
¿Cuántos planes se truncaron? ¿Qué amenazaba su integridad física, psicológica y emocional? No lo sabemos, se lo llevaron a la tumba.
(*) La autora es editora