Alasita en la memoria. Cuenta la historia que, allá por los siglos pasados, caminaba por las calles de La Paz un hombre diminuto, cargado de cientos de artefactos: desde alimentos hasta cigarros. Vendía sus bienes a toda persona que se acercaba a su improvisado puesto. Era próspero, pero humilde; sencillo, pero generoso. Era el Ekeko, el dios de la abundancia… versión bolsillo.
Alasita cultural. El Ekeko vendía todo lo que podía y su voz, más que un ruego, sonaba a mandato: ¡Alasita!, es decir, ¡Cómprame!. Aquí la fe manda más que cualquier decreto; lo que se compra en pequeño se cumple en grande. Por eso, en la Alasita (sin “s”), uno adquiere casas, autos, títulos profesionales, dinero y futuros que en tamaño real todavía están en preventa.
Alasita política. La costumbre manda que el presidente del Estado inaugure la feria junto al alcalde de La Paz. Ambos intercambian deseos: antes pedían carreteras, hospitales y escuelas; hoy el pedido es más urgente. Me imagino que este año circularán miniaturas de dólares, muchos dólares; un poco de oro “por si acaso” y paracetamol para el vicepresidente. Porque gobernar cansa… y la política provoca migraña.
Alasita periodística. Parte esencial del ritual son los periódicos en miniatura, cargados de humor ácido, ironía sin anestesia y una saludable falta de reverencia frente al poder. Como corresponde, EL DEBER se suma a esta tradición con el Ekeko de la Integración, que mezcla fe, deseos y carcajadas entre oriente y occidente. No se pierda nuestra edición alasitera. Léala con humor, y recuerde que, en esta fiesta todo es simbólico… menos la falta de abundancia.