La vida es un aprendizaje, pero cuando nos equivocamos y nos fallamos a nosotros mismos, el dolor es muy profundo. Es como un fracaso, no encontramos otro culpable que nosotros. Y el problema más grande es quedarnos dándole vuelta al error. No lo vemos como un aprendizaje, como un camino para ser más astuto y más fuerte ante el error. La tendencia es revolcarse en el barro del remordimiento. Pero lo interesante es descubrir cuáles caminos me llevaron hasta allá. Qué fue lo que me llevó a fallar.
El contexto: Conocer el contexto no es justificarse, es entender por qué tomé la ruta que me llevó a donde estaba el precipicio. Hay un famoso dicho que dice “todos los caminos conducen a Roma”, es decir, todo tiene un principio, un motivo, un ¿por qué llegó hasta allí? Y detenerse a pensar qué paso días antes de la equivocación, esclarecerá las circunstancias.
Existen objeciones de quienes no quieren ver el contexto, sino simplemente juzgar el acto. Pero juzgar el acto en sí, es olvidarse de la historia de vida, de las experiencias y de la realidad que atraviesa y vive la persona.
Por eso, mi querido lector, cuando alguien me cuenta un error, no me gusta quedarme en el error, sino que le pregunto qué pasó, por qué no fue fuerte, qué situación le hizo débil para llegar hasta allí. Las personas no son débiles justo en el error, sino vienen debilitándose desde antes.
Es decir, nadie en su juicio sentido quiere caerse y golpearse. La afectividad es algo que determina bastante el comportamiento. Si tienes un buen ambiente, si buscas espacios de armonía, si te relacionas con personas valiosas con quienes estás en sana compañía, es una ganancia. Por eso el salmista dice “¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía!”. Salmo 133. Cuando consigues amigos que te llevan a la armonía, has encontrado un hermano, alguien que te cuida y te lleva a los mejores senderos, te lleva a Dios. Esos amigos te han protegido, te han cuidado de caer, de golpearte y de entristecerte. La Palabra de Dios dice que si has encontrado un amigo, has encontrado un tesoro. Eclesiastico 6,14.
Pero si de pronto no gozas de espacios de armonía, más bien has sido humillado, golpeado emocionalmente de forma frecuente, vives tristezas solo y no descubres la mejor compañía y recibes consejos con premisas superficiales y facilistas que te desconcentran y no te llevan al bienestar, entonces muy probablemente tu mente y tus afectos se debilitan.
Es hora de detectar qué te debilita. Reconocer dónde me debilitan, es una grandeza. Es poder entenderse, es no quedarse solo en el error sino manejar la situación. Porque uno de los grandes sufrimientos del ser humano, es el pos error. La recriminación, el no querer continuar, el alejarse, el no perdonarse. La irritabilidad constante debido al bucle de remordimiento que tal vez lastima más que el error en sí.
Una vez encontrado el lugar o las personas que me debilitan, es momento de ponerse en marcha. Ahora ya sabes que tienes una piedrita en el zapato que te hace doler el pie y te genera unas fuertes ampollas. Es hora de limpiar el calzado y deshacerse de lo que te hiere. Necesitas caminar en paz.
Una de las formas bonitas de recuperarse y de perdonarse, es volviendo a los lugares donde hay armonía. Donde estás amado y querido. Donde nadie te toca o te pone piedras para que sufras, sino donde por el contrario, te cuidan y te valoran. Y aquí vale la pena recordar al hijo pródigo que malgasta todo y cuando ya regresa a casa de su padre con toda la vergüenza y sintiéndose mal por todo lo que había hecho, su padre lo recibe con un abrazo y un beso. Porque las personas que nos quieren, con su cercanía, con su abrazo y con el beso de la fraternidad, nos pueden sanar y ayudar a recuperar la armonía.
Que nuestra oración sea el texto del regreso del hijo prodigo a casa de su padre:
“Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.” Lucas 15, 20-24
Mis hermanos: si nos hemos equivocado es hora de volver a la casa donde nos aman y nos ayudan a recobrar la armonía. Que Dios Padre que es amor te bendiga.
Su amigo.